Ariadna se deslizó fuera de la mansión de Elena Rostova justo cuando el amanecer pintaba el cielo de un gris enfermizo, el aire frío le quemaba los pulmones, pero era la adrenalina lo que la mantenía en pie, no había dormido, ni comido, y en su mente se libraba una batalla más feroz que la confrontación en la sala de juntas.
Tenía pruebas: las fotos del contrato de seguro de vida de Ethan, la carpeta que detallaba los planes de asesinato de Rostova, y, lo más doloroso, la certeza de que Marcus