El Palacio de Justicia de La Haya se alzaba como un bloque de granito y cristal, un símbolo de la voluntad humana de imponer orden sobre el caos. Tras el colapso de Thorne Corp y el fin del Ojo de Dios, el edificio se había convertido en el epicentro de la purga legal más grande del siglo, pero hoy, el juicio no era contra un sistema, sino contra un hombre.
Marcus Thorne caminaba hacia el centro de la sala, no vestía los trajes a medida que definían su silueta en las portadas de Forbes, sino el mono naranja de las detenciones internacionales de alta seguridad, sus manos estaban esposadas al frente, y aunque sus hombros permanecían erguidos, su mirada ya no buscaba dominar el mundo. Buscaba, entre la multitud de periodistas y observadores, un solo rostro.
Ariadna estaba sentada en la primera fila, a su lado, Ethan mantenía una expresión neutra, mientras que Mudo vigilaba las salidas con su habitual discreción. Ariadna no sentía odio, pero tampoco la calidez de lo que una vez fue su mat