Mundo ficciónIniciar sesiónEsta es una historia sobre una mujer a quien le enseñaron toda la vida a hacerse pequeña, a esconder su apellido, a no hacer preguntas... hasta que la humillación pública la obliga a convertirse en la peor pesadilla de quienes la subestimaron. No es una historia de rescate. Es una historia de venganza calculada.
Leer másLa última vez que vi a Diego Larraín, estaba parado bajo un reflector tan brillante que hería las pupilas. Pronunció mi nombre con un tono aséptico, como si estuviera desinfectando una enfermedad contagiosa.
—Mi propia prometida traicionó nuestra confianza.
El estallido de los flashes fue como una tormenta de granizo. Las cabezas de quinientos poderosos giraron al unísono, como una jauría de hienas atraídas por el olor a sangre, clavando sus ojos en mi rostro. Entre el veneno de los murmullos, Isabel Larraín —la madre de Diego— se llevó la mano al pecho con elegancia, luciendo una expresión de devastación digna de un Óscar.
Qué bien actuado. Qué bien ensayado.
Y yo, con el vestido champán de treinta mil pesos que ella misma había elegido, estaba sentada en primera fila como un maniquí articulado. En ese instante, una verdad sangrienta me atravesó la columna vertebral:
Nunca fui su mujer. Solo fui el chivo expiatorio que los Larraín necesitaban para salvar su apellido.
Tres semanas antes. Martes, 15:47.
Diego Larraín me robó el cerebro por decimoquinta vez.
Sé la hora exacta porque miraba el reloj cuando llegó su mensaje, interrumpiendo las dieciocho horas consecutivas que llevaba analizando el "Proyecto Helios" sin pegar un ojo.
Diego: Amor, necesito tu análisis para la presentación de mañana. Ya sabes que estos números aburridos solo cobran vida en tus manos. 😅
Quince millones de dólares de riesgo. Diecinueve páginas de un informe técnico impecable. Era la salida que yo misma había tallado en un laberinto lógico a base de café y noches de desvelo.
Sin embargo, en la conferencia de mañana, él aparecerá con su peinado perfecto frente a los tiburones de Valverde Capital, colgándose la medalla mientras charla con una sonrisa ensayada.
—Abril.
La voz de Ricardo, mi jefe, destilaba una arrogancia nauseabunda. Estaba de pie junto a mi cubículo, con esa sonrisa que nunca le llegaba a los ojos.
—Diego me pidió los resultados preliminares. ¿Tienes algo "presentable"?
Presentable. Esa palabra fue como una bofetada. Como si mis dieciocho horas de agonía fueran solo un borrador sucio que necesitaba el toque mágico del apellido Larraín para convertirse en oro.
—Sí —respondí, bajando la mirada para ocultar el brillo de mis ojos, manteniendo una voz sumisa, inofensiva y pequeña.
Le resumí el error del 15% que podría ser fatal. Ricardo arqueó una ceja; no era admiración, era la frialdad de quien acaba de quitarse un problema de encima.
—Envíale tus notas a Diego. Él se encargará de "pulirlas".
Otro plagio perfecto. Diego usaría la costosa plantilla corporativa del Grupo Larraín, añadiría tres animaciones llamativas y recibiría todos los aplausos.
Y yo... yo solo sería el fantasma detrás del código.
Mis dedos golpearon el teclado mecánicamente. Enviar. Confirmar. Cada clic se sentía como una flagelación a mi propia alma.
"Hazte pequeña", susurraba la voz aterrada de mi madre en mi cabeza. "No hagas ruido, no te resistas, que nadie te vea".
Mi teléfono vibró. El mensaje de Sara era mi único tanque de oxígeno:
Sara: ¿Sigues siendo el bocadillo de esos tiburones sedientos de sangre? A las siete en el lugar de siempre. Necesitamos alcohol de alta graduación y una crítica feroz a este mundo de m****a.
Esbocé una sonrisa amarga y cerré las ventanas llenas de cifras. Pero esta vez, un impulso reprimido por demasiado tiempo guio mis dedos hacia la barra de búsqueda.
Tecleé las palabras malditas: Villalba Construcciones.
El legado de mi padre. Mi apellido robado. El incendio de mi infancia. La pantalla se llenó de titulares viejos y amarillentos, como un cementerio abandonado.
Hasta que llegué a la última página y un titular inquietante me golpeó la vista: “Villalba: ¿Accidente o consecuencia de un movimiento de capital?”
Me temblaron los dedos al hacer clic. Error 404. Página no encontrada.
Alguien había limpiado la escena. Alguien había echado sal sobre los restos de mi padre y ácido sobre la memoria de internet.
Diego: ¡El informe está perfecto! Eres mi genio. 😘 Te veo esta noche en casa de mis padres, no llegues tarde; mamá odia la impuntualidad.
Miré el emoji del beso y sentí náuseas. Ya no era amor; era el gesto de un cazador acariciando a su sabueso.
Esta noche volvería a ponerme uno de esos vestidos caros y asfixiantes para sentarme como un mueble más en la fría mesa de mármol de los Larraín, bajo la mirada inquisidora de Isabel.
Pero no cerré la pestaña de la página caída.
En ese momento, una gélida determinación se cristalizó en mi sangre. Si estoy destinada a ser una pieza en su tablero, seré el engranaje oxidado que detenga toda la maquinaria. Si el apellido Larraín significa saqueo, les enseñaré lo que significa la venganza de los muertos.
En tres semanas, me empujarán al abismo. Es cierto. Pero me aseguraré de arrastrarlos a todos conmigo.
Viernes. Me quedaba una semana exacta en Valverde.Daniela apareció en mi oficina a las 4 PM con expresión conspiradora.—Esta noche. Cena. Tú, yo, Javier. No aceptamos no como respuesta.—Tengo que terminar de transferir proyectos...—Los proyectos pueden esperar hasta el lunes. Esta es nuestra última semana juntos aquí. Necesitamos despedirnos apropiadamente.—¿Despedirnos? Vamos a trabajar juntos en Santiago Capital.—No es lo mismo. Esto es cerrar un capítulo. Valverde fue donde nos conocimos. Donde nos convertimos en equipo. Merece despedida propia.Tenía razón, aunque no quisiera admitirlo.—¿A qué hora?—Siete. Restaurante peruano en Lastarria. El que te gusta.—¿Cómo sabes cuál me gusta?—Porque mencionaste tres veces que extrañabas su ceviche. Presto atención.Sonreí a pesar de todo.—Está bien. Ahí estaré.Llegué al restaurante a las 7:15. Tarde como siempre.Daniela y Javier ya estaban en mesa esquinera, con Pisco sours esperando.—Llegas tarde —dijo Javier.—Tráfico.—Ment
Jueves, me quedaban once días restantes en Valverde.Llegué a casa a las siete de la tarde después de otro día horrible transfiriendo proyectos. León tenía cena con inversionistas hasta tarde.Me cambié, me puse pants y una camiseta vieja. Me recogí el cabello sin cuidado y me quedé sin maquillaje.Versión de mí que nadie en Valverde vería jamás.Bajé a buscar comida. Héctor había dejado algo preparado con instrucciones detalladas.Estaba sacando el plato cuando sonó el teléfono de la casa. El fijo que básicamente nadie usaba.Decía número desconocido, pensé que sería probablemente spam. Contesté de todas formas.—¿Hola?Silencio. Pero no línea muerta. Alguien había alguien ahí sin hablar.—¿Hola? —repetí.—¿Abril? —Contestó un voz femenina, joven. Familiar.—¿Inés?—Sí. Yo... pensé que contestaría mi papá.—Está en una cena de negocios. ¿Quieres que le diga que te llame?—No. Es decir... no sé.Un silencio incómodo se apoderó de la llamada.—¿Estás bien?—Sí. Solo... ¿todavía viv
Segunda semana. Martes.Mi trabajo ahora consistía en transferir todo lo que había construido a gente que apenas me hablaba.Mauricio me asignó la tarea el lunes por la mañana.—Necesitas documentar cada proyecto activo. Crear manuales de transición. Entrenar a quien sea que tome tu lugar.—¿Ya sabemos quién toma mi lugar?—Ricardo está entrevistando. Pero mientras tanto, tus proyectos se distribuyen entre el equipo existente.—¿El mismo equipo que me evita en los pasillos?—El mismo. Lo siento. Pero es protocolo.Así que pasé los siguientes días en salas de conferencias explicando mi trabajo a gente que claramente no quería estar ahí.El proyecto Henderson. Análisis de riesgo para adquisición de empresa textil en Perú.Me senté con Rodrigo, analista senior que había estado en Valverde seis años. Pelo gris. Expresión permanentemente aburrida.—Okay, el análisis tiene cuatro fases principales...—Ya sé cómo hacer análisis de riesgo. Llevo seis años aquí.—Lo sé. Pero este proyecto tien
Primera semana después de presentar mi renuncia.El ambiente en Valverde Capital cambió de la noche a la mañana.No de forma obvia. No con confrontaciones directas. Sino con algo peor: indiferencia calculada.Llegué el lunes a las 8 AM como siempre. Pasé por recepción. La chica que normalmente me saludaba con "Buenos días, señora Valverde" apenas levantó la vista."Buenos días."Sin nombre. Sin título. Solo reconocimiento mínimo.Subí al piso de análisis. La sala común donde todos tomábamos café en las mañanas estaba llena. Conversaciones. Risas.Entré.El silencio fue instantáneo.Como si hubiera interrumpido algo. Como si mi presencia fuera problema.—Buenos días —dije a nadie en particular.Murmullos vagos. Un par de "holas" sin mirarme. Luego todos encontraron razones urgentes para irse.En treinta segundos la sala estaba vacía.Me quedé sola con mi café preguntándome qué mierda acababa de pasar.Daniela apareció en la puerta.—¿Viste eso?—Difícil no verlo.—Llevan así desde el v
Daniela entró a mi oficina el lunes por la mañana con ojos rojos.—¿Es verdad? ¿Tú y Mauricio se van?—Sí.—¿Y nos dejan aquí? ¿Con Ricardo?Se sentó en la silla de visitas como si las piernas no la sostuvieran.—Mauricio era nuestro escudo. Tú también. Y ahora ambos se van. ¿Sabes lo que va a pasar? Ricardo va a destruir este departamento. Va a traer a su gente. A los que le dicen que sí a todo. Y los que quedamos vamos a ser prescindibles.—Daniela...—No. Es verdad. Javier y yo somos tu equipo. Trabajamos contigo. Ricardo ya nos tiene marcados. En cuanto ustedes salgan por esa puerta, él va a buscar forma de echarnos.—León no va a permitir eso.—León tiene empresa entera que manejar. No puede proteger analistas juniors de las venganzas de Ricardo.Se limpió los ojos bruscamente.—Lo siento. No debería descargar esto en ti. Es solo que tengo un hijo. No puedo perder este trabajo. Y al mismo tiempo odio este trabajo porque me lo pierdo a él. Es círculo vicioso horrible.—¿Y si no tu
Viernes por la tarde. Una semana desde la oferta de Mauricio.Llamé a Sara desde mi oficina con puerta cerrada.—Necesito tu cerebro lógico. El mío está roto.—¿Qué pasó?—León me llevó a cenar el miércoles. Me dijo que siente algo pero que no debería por la diferencia de edad. Que tome la oferta de Santiago Capital. Que me aleje de él.—Espera. ¿Te dijo que siente algo?—Con muchas palabras cuidadosas. Básicamente admitió que le importo más de lo profesionalmente apropiado. Y luego enlistó todas las razones por las que eso es problema.—¿La edad?—Diecisiete años. Su hija de veinte. El poder que tiene sobre mí. Todo.—¿Y tú qué dijiste?—Nada útil. Me quedé congelada procesando que León Valverde—el Tiburón de Hierro—admitió sentir algo por alguien.—¿Y ahora?—Ahora tengo que decidir sobre Santiago Capital. Mauricio necesita respuesta el lunes.—¿Qué quieres hacer?—Profesionalmente, irme es obvio. Mejor posición, más dinero, sin Ricardo, sin política.—Pero...—Pero León me dijo que
Último capítulo