Mundo ficciónIniciar sesiónLa reina en Jake Tras sobrevivir a un “accidente” planeado por el despiadado capo Giulio Romano y despertar siete años después, la última descendiente de los Mancini renace con un nuevo rostro y un nombre nuevo: Rebeca D’Amato. Con su identidad transformada y un plan de venganza meticulosamente elaborado, se infiltra en el mundo del hombre que borró a su familia de un solo golpe. Pero su objetivo no se limita a matarlo: Rebeca busca destruirlo desde dentro, manipularlo, hacer que pierda todo lo que considera suyo y, finalmente, despojarlo de su imperio y su poder.
Leer másLa noticia se propagó como fuego entre los clanes.El cuerpo de **Franco Romano** había sido hallado en una bodega del puerto, con un solo disparo en la cabeza.La policía, por supuesto, no tardó en archivar el caso como un “ajuste interno”, pero en el bajo mundo nadie se engañó.El mensaje era claro, brutal y perfectamente calculado.La heredera perdida de los Mancini había vuelto.Durante años, los rumores sobre la supervivencia de Isabella Mancini se habían considerado leyendas. Algunos la llamaban la sombra blanca, otros aseguraban que había muerto junto a su familia en el ataque que destruyó el imperio Mancini.Pero ahora, con el cadáver de Franco expuesto como advertencia, todos entendieron que el linaje Mancini no solo seguía vivo, sino que había reclamado venganza.En las reuniones de los clanes, los nombres Isabella Mancini y Giulio Romano comenzaron a pronunciarse con cautela.Nadie comprendía del todo qué tipo de relación los unía: unos hablaban de un pacto de poder, otros
El viento del puerto soplaba cargado de sal y humedad, trayendo consigo el eco lejano de las olas rompiendo contra los muelles. Entre la neblina espesa, un auto negro se detuvo frente a una de las bodegas abandonadas del clan Romano. Nadie se atrevía a acercarse. Los hombres apostados en los alrededores sabían que aquel lugar no era escenario de negocios, sino de juicios.Giulio descendió primero. Su figura imponente, vestida con el clásico traje oscuro, se recortó contra el gris del amanecer. Detrás de él, Isabella emergió del vehículo. Vestía de negro, sin adornos, sin joyas. Solo un abrigo que se movía con el viento y una mirada que helaba hasta el acero. Había insistido en venir. No porque quisiera ver sufrir a Franco, sino porque necesitaba cerrar un ciclo.Giulio lo había entendido, aunque no lo dijera. Era su manera de devolverle el alma que él mismo le había enseñado a endurecer.Caminaron en silencio por el muelle hasta llegar a la entrada.
El club ardía como si el infierno hubiera decidido abrir sus puertas esa madrugada. El fuego se extendía sin control, devorando lo que quedaba del imperio de Franco. Los gritos se mezclaban con el chisporroteo de las llamas, y el aire olía a metal, pólvora y venganza. Giulio salió de entre el humo con el paso lento, el cuerpo cubierto de sudor y sangre, la camisa destrozada y la mirada fija en ningún punto. A su alrededor, los hombres de su guardia despejaban la zona, apagando los últimos focos de fuego mientras el sonido de los disparos se apagaba en la distancia. No dijo una palabra. Solo respiraba hondo, conteniendo el temblor que le recorría los brazos. El peso de lo que había hecho —y de lo que había perdido— lo golpeaba con más fuerza que las heridas. Había enfrentado a su hermano. Había puesto fin a algo que llevaba años pudriéndose dentro de él. Y aun así, no sentía alivio. Solo vacío. Giró el rostro hacia el muelle, buscando el aire frío del amanecer.
Las explosiones comenzaron antes de que el sol terminara de alzarse.Las llamas se alzaban desde los depósitos del muelle, tiñendo de rojo el amanecer. Los disparos resonaban como tambores de guerra mientras los hombres de Giulio avanzaban entre el humo, cubriéndose tras los restos de los contenedores calcinados.Giulio caminaba entre ellos con paso firme, la mirada fija, el rostro endurecido por la rabia.Sabía que Franco estaba allí.Sabía que lo esperaba.Desde el primer disparo, entendió que su hermano había planeado esa trampa con la precisión de un relojero… pero esta vez, él no sería la presa.Franco conocía cada movimiento de Giulio… pero Giulio también conocía cada pensamiento de Franco.Eran gemelos. Dos caras del mismo pecado.La diferencia era que uno todavía recordaba lo que era tener alma.Isabella casi había muerto dos veces por culpa de Franco, y eso había sido suficiente para despertar algo que Giulio había jurado enterrar: su demonio.Organizó a sus hombres con frial
Último capítulo