Mundo ficciónIniciar sesiónAmar a Fausto de Villanueva fue mi peor error... y mi adicción más letal. Entre lujos, poder y violencia, me vi atrapada en una relación tan peligrosa como irresistible. Creí que ya había tocado fondo, pero entonces llegó Dante... y todo se volvió aún más oscuro. Ahora, no se trata solo de sobrevivir a un corazón roto, sino a un mundo donde la traición es ley, el amor hiere más que las balas y cada decisión puede costarnos la vida. ¿Hasta dónde puedes caer cuando el amor se convierte en prisión? En esta historia de adicción emocional, crimen y pasiones prohibidas, descubrirás que la libertad no siempre es una opción... A veces, solo puedes elegir qué tipo de cadenas estás dispuesta a llevar.
Leer másIndra. Me fue imposible entender cómo mis ojos aún producían lágrimas después del eterno tiempo que sentí haber pasado.El helicóptero literalmente se había detenido en medio del mar, sobre un enorme barco de cuatro plantas modernas, llenas de lujo. Y armas.Luka me ayudó a quitarme los arneses en medio de la ventisca que aún sacudía las alas del helicóptero.Solté un chillido al ver de nuevo mis muñecas en carne viva por culpa de esas estúpidas esposas que iba a odiar el resto de lo que me quedaba de vida.Lula tiró el metal ensangrentado por la borda del barco, en medio de la noche, las esposas se hundieron como lo había hecho mi esperanza y mi futuro. "Y aquí vamos de nuevo", pensé, patéticamente.Pero muy dentro de mí no quise aceptar la idea de que esta vez ya no habría retorno.No habría un Fausto moviendo cielo, mar y tierra por mí... Porque yo lo quise así.Porque así tenía que ser.Solo esperaba que mi bello hombre pudiera perdonarme algún día. Tal vez éramos almas gemelas,
Fausto.Vi a mi histérica hermana ser cargada por Vladimir hacia una ambulancia. Ulises me incorporó del suelo cuando yo no fui capaz de hacerlo por voluntad propia; me sentía más aturdido que nunca en mi vida.El dolor punzante en mi recién curado brazo era abrasador, pero ni siquiera se acercaba al tormento que sentía por dentro.Los gritos de Ulises parecían no tener sentido para mí.Inútilmente busqué con la mirada al hermano de Indra. Los doctores le estaban colocando una venda en la frente, justo donde alguno de los sicarios de Dante le había reventado la ceja en medio del caos de unos minutos atrás.En mis oídos seguía escuchando el eco de las hélices del helicóptero donde había visto colgada a Indra.—Puedo alcanzarlos... puedo hacerlo —me dirigí a Ulises casi ausente de ese momento.El colombiano me miró con asombro y preocupación. Sus ojos azules parecieron brillar de más hacia mi. —Hermano... se acabó. Esto se acabó —intentó sonar amable, pero no entendí a qué se refería.
Indra.Seguí a Dante hacia el interior de la casa, repleta de portarretratos extremadamente en las paredes.La bella adolescente de coletas rubias me regresaba la sonrisa en cada papel que adornaba el frío pasillo. En la sala compartida con el comedor, Sofía me miró aterrada, dejando de acomodar los manteles para la comida. Su rostro bondadoso y simétrico se torció como si hubiese visto a la mismísima muerte.Emiliano se metió a la cocina, ajeno a todo para poder dejar las cosas, y yo me llevé las manos al cabello, intentando calmarme.—¿Qué está pasando Dante? —Sofía me robó las palabras de la boca. Su sonido fue agitado y aterrado. —Vamos a seguir jugando, Sof. Pon una pieza más en el tablero. ¿Por qué no le explicas a Indra cómo jugamos mientras tomo refresco? —dijo Dante con tono burlón—. Parece que tuve la carrera de mi vida yendo a recoger la pizza—. Su tono no fue nada comparado con el horror que sentí al verlo caminar hacia la misma cocina donde mi hermano estaba.Regresé
Indra.La luna llena iluminaba perfectamente el interior desde la ventana de la oficina de Fausto.Terminé de sellar la última carta que había escrito y finalmente solté un profundo suspiro, sintiendo que ya no tenía más espacio donde desahogarme.La madrugada era muy tranquila... si ignoraba las decenas de personas armadas de pies a cabeza que custodiaban esta casa.Metí las cartas en el portafolios de piel café de Fausto y, al cerrarlo, sentí cómo mis emociones quedaban atrapadas ahí dentro.Estaba mentalmente cansada. Luego me llevé las manos al cabello rizado por las trenzas que había tenido antes.La camisa de pijama de Fausto me calmaba al olerla. Lo quería. Lo necesitaba una vez más.Pero pasadas las dos de la mañana, cuando salí aturdida del antro fingiendo una indigestión para regresar a casa, no lo encontré.Ahora eran las 5:20 a.m.Me limpié las comisuras de los ojos, intentando no pensar demasiado en lo que estaba a punto de hacer.Claro que daría la vida por mi hermano. P
Último capítulo