Amar a Fausto de Villanueva fue mi peor error... y mi adicción más letal. Entre lujos, poder y violencia, me vi atrapada en una relación tan peligrosa como irresistible. Creí que ya había tocado fondo, pero entonces llegó Dante... y todo se volvió aún más oscuro. Ahora, no se trata solo de sobrevivir a un corazón roto, sino a un mundo donde la traición es ley, el amor hiere más que las balas y cada decisión puede costarnos la vida. ¿Hasta dónde puedes caer cuando el amor se convierte en prisión? En esta historia de adicción emocional, crimen y pasiones prohibidas, descubrirás que la libertad no siempre es una opción... A veces, solo puedes elegir qué tipo de cadenas estás dispuesta a llevar.
Leer másIndra.
Abrí el ojo izquierdo de golpe. Cada músculo ardió con punzadas de dolor. Patalee en medio del aire por instinto, lo poco que pude notar fueron las tenues luces amarillas. La bolsa de tela sobre mi cabeza hizo todo aún más difícil de distinguir. Se me aceleró la respiración y pronto sentí que me faltó el aire cuando comencé a sollozar. Estaba colgada como si fuera un animal en una carnicería. Un sollozo se convirtió en un chillido de horror que intenté apaciguar mordiéndome los labios. Mi cuerpo tembló sin que pudiera controlarlo en lo absoluto. Volví a intentar mover los engarrotados brazos y los calambres sobre las axilas fueron el peor dolor que había sentido hasta este momento. ¿Qué día era hoy? ¿Donde estaba? ¿Mi familia me estaba buscando? Dios mío... mi papá. ¿Qué le habrían dicho a mi padre? Fausto... Fausto de Villanueva ¿El me secuestro para deshacerse de mi? Los flashbacks llegaron como latigazos. Me iban a torturar. A matar. El dolor ascendió a una migraña tan insoportable que lo único que deseé fue poder volver a desmayarme. Jamás en toda mi vida me hubiese involucrado de manera voluntaria con alguien como Fausto de Villanueva. Me mintieron a la cara, fui manipulada, usada y desechada como una muñeca más. Un crujido detuvo mi histérico llanto. Una puerta chilló cuando se abrió o se cerró. Pasos suaves, respiraciones ligeras. El ruido de cadenas me hizo temblar aún más. De golpe caí brutalmente al suelo encharcado, la respiración y mi alma parecieron huir por unos segundos de aquel lugar. Alguien me arranco la bolsa de la cabeza, tuve que entrecerrar el único ojo bueno para ver un poco del sucio cuarto donde yacían más cuerpos colgados en la misma posición que yo había estado. La sangre había caído de ellos como ríos. Solloce más alto cuando noté que el destrozado vestido se volvió a empapar de carmín. ¿Que clase de infierno era este? La ansiedad en mi interior me quiso desgarrar el corazón. Las cadenas siguieron en mis sucias manos. Y ahí en medio de las muñecas cortándome la circulación estaba la Pandora que me había regalado Fausto. Nadie me la había quitado. Fijé la mirada en unas botas negras de hule, incapaz de levantar la cabeza. El terror de alzar la vista y descubrir que mi asesino sería Fausto caló dentro todas las memorias que había obtenido de él. Desorientada, maltratada, confundida, aterrada y sobre todo dolida. Eran las emociones primarias que sentía querían salir por medio de gritos y espasmos de mi cuerpo. Escuché más pisadas y Dios... porfavor solo hagan lo que vayan a hacer rápido. Ya no quería sentir más dolor. Por favor...solo pedía eso. Mantenme ya. Todas las imágenes que alguna vez papá me había obligado a ver en sus reportes acerca del narcotrafico aparecieron en mi cabeza. ¿Yo iba a ser una foto más? ¿Una estadística más? —Les dije que tuvieran decencia idiotas— la suave voz del hombre al cual le miraba aun los zapatos no me tranquilizó al no reconocerla. ¿Por qué el karma decidió hacerme esto? —¿La querías viva no? Esta bien vivita— abrí el ojo bueno realmente asustada cuando reconocí la voz de Kai lejos de mi. El había sido el sujeto que me había ahorcado hasta dejarme inconsciente. Inmediatamente alce la mirada hacia el hombre frente a mí que vestía ropa deportiva negra, los ojos azules claros fueron lo único que visualicé a través de su máscara de Annonymus. Por favor. Por favor no me dejes con Kai. Supliqué mentalmente con lágrimas bajando del rostro. Kai era un psicópata. Me torturaría lentamente sin nunca saciar su sed de sangre. Los ojos azules del hombre se cerraron un segundo, y luego se escuchó su profundo suspiro. Lo mire sacarse la máscara dejando ver a un muchacho de cabellos castaños claros ondulados y cara cuadrada perfectamente marcada. Se veía demasiado joven. Igual que Kai, ambos parecían no pasar de mi edad. La misma edad y estaban en mundo tan diferente al mío. En una desagradable realidad a la que había sido orillada a entrar. —Cuando te de una orden Kai, espero que la sigas al pie de la letra. Se supone que tienes un cerebro funcional, el cual debería ser capaz de seguir órdenes— el rubio habló en un gruñido que marcó su manzana de edén. Escuché cortas risas de un tercero y un alto bufido. No me atreví a mirar a la terrorífica persona que había sido parte de mi secuestro. —Di lo que quieras pero cumplí mi misión—No se quien era el líder de esta situación pero Kai sonó tan seguro. Tan soberbio y orgulloso. Cómo el. —Pues era parte de tus obligaciones imbecil, ahora regresen a la base. Y consigue unos pantalones decentes— finalizó duramente el joven de ojos azules. Las carcajadas fueron más altas cuando las puertas volvieron a ser azotadas dando paso a la salida de gente como Kai. El muchacho y yo nos quedamos en un silencio que solo era cortado por mis ahogados sollozos. El cuarto de color rojo ahora vacío de vida humana parecía una película de horror con todos los cuerpos que olían a podrido. Estaba rodeada de cadaveres. —¿Puedes pararte?— me dijo el hombre. No deje de llorar mientras intentaba impulsarme con los brazos. No tenía fuerza. Mis piernas ni siquiera reaccionaron an mis comandos. ¿Como sabía que este hombre no era peor que los demás? Un mounstro a puerta cerrada como él. —No es mi voluntad herirte Indra, pero tengo una agenda que me gusta seguir al pie de la letra— cuando dijo mi nombre el muchacho me quedé fría. Como si el hielo hubiese echo su paso a través de mis venas. Estas personas habían estado detrás de mi. Yo había sido el objetivo. ¿Por qué? ¿Por quién? El hombre me cargo en brazos y mi cuerpo quiso gritar de dolor. Apenas y logré hacer una mueca al salir al iluminado pasillo. Lo cual me obligó a esconder mi único ojo bueno contra su pecho. Las paredes metálicas reflejaban luces frías. El aire olía a desinfectante... y a muerte. Había otro hombre de piel morena recostado en el pasillo frente a nosotros, tenía una capucha negra sobre sus ya de por si grandes ropas. Las pobladas cejas se alzaron al ver al joven que me tenía en brazos. Su recuerdo llegó a mi como un piquete más de dolor. Ese hombre había estado con Vladimir el día del antro de Playa del Carmen. Lo sabía. Todo esto fue idea del hombre que dijo amarme. La cena de alianzas, ese día a pesar de todo lo que le dije a Fausto, el nunca pareció preocupado por el hombre. Después de todo Vladimir trabajaba para el. Me mintió a la cara. Y yo fui tan ilusa para nunca sospechar nada. Tal vez este teatro continuaría hasta que mi cuerpo estuviera bajo tierra para que así Fausto tuviese la consciencia tranquila de saber que el no me había matado. Después de todo se supone que yo nunca en mi vida había tenido conocimiento de la existencia de estas personas. Yo no debería de reconocer a este hombre. Ni siquiera debería de estar aquí. —Me voy a las Bahamas en lo que resuelves este asunto, ya tengo listo el helicóptero— la voz del moreno hombre salió con un fuerte acento en las letras R. —Está bien, de todos modos no tengo planeado tardar, ya sabes como es Dante— la voz del joven rubio siguió calmada mientras ambos caminaron por aquel laberinto subterráneo al parecer. Perdimos en silencio al moreno por unas escaleras de metal en forma de caracol. Nosotros anduvimos por otro pasillo a la izquierda hasta que finalmente el hombre abrió con su espalda la puerta de un helado cuarto. Una enfermería. Una mujer de cabellos tan rojos y largos como los de Valentina alzó la vista de su libro. Su piel blanca y su cara simétrica la hacían ver más bonita aun. Ella frunció el ceño y luego cerró el libro de tapa dura. El hombre me recostó en una fría camilla; en ese instante la mujer comenzó a hablar rápidamente en un idioma totalmente desconocido para mi. La pesadez que ahora sentía y los escalofríos del frío y terror me hicieron tartamudear palabras sin sentido entre más lágrimas. ¿Me iban a torturar aquí? ¿Me abrirían en dos el abdomen y me sacarían los intestinos como en los reportajes que había llegado a ver con Emiliano? El hombre contestó perfectamente en el mismo lenguaje. Sus siseos trataban evitar subir de tono, pero el muchacho se vió notablemente cansado. La mujer de cabello rojo se acercó a mi y me limpio una lagrima. ¿Por qué hacían esto? ¿Por qué jugaban a las buenas personas si iban a ser unos demonios dentro de poco? Ahora Kai no me parecía tan enfermo después de todo. Mire sus frías y delgadas manos dirigirse a unas tijeras y yo sollocé audiblemente. –Solo cortare, solo cortare—ella intentó hablar mi idioma para calmarme. Con un acento incluso más marcado que el del hombre moreno. Las tijeras se deshicieron de todo lo que no fui nunca. Una princesa.Indra. Me fue imposible entender cómo mis ojos aún producían lágrimas después del eterno tiempo que sentí haber pasado.El helicóptero literalmente se había detenido en medio del mar, sobre un enorme barco de cuatro plantas modernas, llenas de lujo. Y armas.Luka me ayudó a quitarme los arneses en medio de la ventisca que aún sacudía las alas del helicóptero.Solté un chillido al ver de nuevo mis muñecas en carne viva por culpa de esas estúpidas esposas que iba a odiar el resto de lo que me quedaba de vida.Lula tiró el metal ensangrentado por la borda del barco, en medio de la noche, las esposas se hundieron como lo había hecho mi esperanza y mi futuro. "Y aquí vamos de nuevo", pensé, patéticamente.Pero muy dentro de mí no quise aceptar la idea de que esta vez ya no habría retorno.No habría un Fausto moviendo cielo, mar y tierra por mí... Porque yo lo quise así.Porque así tenía que ser.Solo esperaba que mi bello hombre pudiera perdonarme algún día. Tal vez éramos almas gemelas,
Fausto.Vi a mi histérica hermana ser cargada por Vladimir hacia una ambulancia. Ulises me incorporó del suelo cuando yo no fui capaz de hacerlo por voluntad propia; me sentía más aturdido que nunca en mi vida.El dolor punzante en mi recién curado brazo era abrasador, pero ni siquiera se acercaba al tormento que sentía por dentro.Los gritos de Ulises parecían no tener sentido para mí.Inútilmente busqué con la mirada al hermano de Indra. Los doctores le estaban colocando una venda en la frente, justo donde alguno de los sicarios de Dante le había reventado la ceja en medio del caos de unos minutos atrás.En mis oídos seguía escuchando el eco de las hélices del helicóptero donde había visto colgada a Indra.—Puedo alcanzarlos... puedo hacerlo —me dirigí a Ulises casi ausente de ese momento.El colombiano me miró con asombro y preocupación. Sus ojos azules parecieron brillar de más hacia mi. —Hermano... se acabó. Esto se acabó —intentó sonar amable, pero no entendí a qué se refería.
Indra.Seguí a Dante hacia el interior de la casa, repleta de portarretratos extremadamente en las paredes.La bella adolescente de coletas rubias me regresaba la sonrisa en cada papel que adornaba el frío pasillo. En la sala compartida con el comedor, Sofía me miró aterrada, dejando de acomodar los manteles para la comida. Su rostro bondadoso y simétrico se torció como si hubiese visto a la mismísima muerte.Emiliano se metió a la cocina, ajeno a todo para poder dejar las cosas, y yo me llevé las manos al cabello, intentando calmarme.—¿Qué está pasando Dante? —Sofía me robó las palabras de la boca. Su sonido fue agitado y aterrado. —Vamos a seguir jugando, Sof. Pon una pieza más en el tablero. ¿Por qué no le explicas a Indra cómo jugamos mientras tomo refresco? —dijo Dante con tono burlón—. Parece que tuve la carrera de mi vida yendo a recoger la pizza—. Su tono no fue nada comparado con el horror que sentí al verlo caminar hacia la misma cocina donde mi hermano estaba.Regresé
Indra.La luna llena iluminaba perfectamente el interior desde la ventana de la oficina de Fausto.Terminé de sellar la última carta que había escrito y finalmente solté un profundo suspiro, sintiendo que ya no tenía más espacio donde desahogarme.La madrugada era muy tranquila... si ignoraba las decenas de personas armadas de pies a cabeza que custodiaban esta casa.Metí las cartas en el portafolios de piel café de Fausto y, al cerrarlo, sentí cómo mis emociones quedaban atrapadas ahí dentro.Estaba mentalmente cansada. Luego me llevé las manos al cabello rizado por las trenzas que había tenido antes.La camisa de pijama de Fausto me calmaba al olerla. Lo quería. Lo necesitaba una vez más.Pero pasadas las dos de la mañana, cuando salí aturdida del antro fingiendo una indigestión para regresar a casa, no lo encontré.Ahora eran las 5:20 a.m.Me limpié las comisuras de los ojos, intentando no pensar demasiado en lo que estaba a punto de hacer.Claro que daría la vida por mi hermano. P
Indra. En la entrada del lugar, ninguno de nuestros invitados fue revisado, aun cuando yo sabía que todos debían estar armados de sobra.Entre las luces rojas hipnóticas y las calaveras de plástico colgadas del techo —que bien podrían recordarme a un ejecutado— vi aparecer a mi mejor amiga, vestida de Gatúbela.Las personas con las que venía ya tenían sus exclusivas mesas, y casualmente estas estaban justo arriba de la mía, en el segundo piso del cerrado lugar estilo domo.Vladimir me dejó ir con mi grupo social y, aunque no me lo dijo directamente, ya sabía que no me quitaría la vista de encima en toda la noche.Vi a mi hermano y a Sofía acoplarse perfectamente al grupo, donde Julieta ya había comenzado a repartir shots a diestra y siniestra desde la botella.Valentina y Julieta que iba vestida como la Mujer Invisible de los Cuatro Fantásticos parecían exaltadas en medio de aquella noche repleta de alcohol. Ajenas a todo. Perdidas en un mundo de ignorancia al que que ya nunca más po
Indra. —Bueno, siempre supimos que Pablo no quería estar en México —la garganta se me cerró cuando escuché a Valentina hablar, en medio del desayuno que teníamos en el gran patio de Fausto.El cóctel de frutas con yogurt griego me supo a lodo en ese momento. —Pero de todo corazón espero que esto lo haga feliz, aun después de toda la mierda que hizo. Puras buenas vibras para ese tonto, ojalá nos mande una postal algún día—añadió como si nada, mientras se servía un poco de té. Asentí con la cabeza, sintiendo cómo mis rodillas comenzaban a temblar involuntariamente debajo de la mesa de cristal. Di gracias al mantel color carmesí que evitaba se descubriera la mentira. —Solo que sí se me hizo un poco infantil que no le haya dicho nada a Juan. Ni siquiera le contestó los mensajes... esperaba que Pablo fuera más maduro —tragué saliva acumulada y, gracias a Dios, en ese instante apareció Fausto, recién bañado y cambiado, con un guardaespaldas cerca de él, a pesar de estar dentro de su pro
Último capítulo