El pasillo del hotel parecía interminable. Apenas iluminado por lámparas de pared, sus paredes blancas y alfombra oscura absorbían el eco de los pasos de Enzo y Rebeca. Él avanzaba con la espalda erguida, la mirada fija al frente y las manos cruzadas detrás. Ella, a su lado, caminaba despacio, con el saco de Giulio aún colgado sobre los hombros, ocultando el rasgado en su vestido.
Llegaron frente a la puerta de la habitación asignada a Rebeca. Ella se detuvo, giró con calma y lo miró con una so