Mundo ficciónIniciar sesiónElla fué secuestrada para salvar de la muerte al Capo de la Mafia italiana, pero sin saberlo, terminará cumpliendo sus más oscuras fantasías y convirtiéndose en su oscura obsesión. (...) Poderoso, controlador y frívolo, ese es Salvatore Rasso; Capo de la mafia italiana. Su vida colgará de un hilo luego de un enfrentamiento con sus eternos rivales, los líderes de La Bratva; Mafia Rusa. Obsesionado con el poder y control absoluto, exige que sus hombres secuestren al personal de salud de la mejor clínica de la ciudad para que lo puedan atender y salvar de los múltiples impactos de bala que lo tienen entre la vida y la muerte. Sin saber qué, entre el personal médico que salvaría su vida, estaría Fiorella Valenti; la mujer capaz de despertar sus demonios como nunca nadie lo ha hecho, pero sobre todo, su instinto protector y controlador. “—Por más que lo intentes, jamás podrás escapar de mí, el infierno me pertenece y ahí te buscaré si intentas huir”
Leer más*Salvatore Rasso*
—¡Pisa el maldito acelerador, Julián! —grito con furia al sentir como las fuerzas comienzan a abandonar mi cuerpo. Comienzo a sudar frío mientras dos de mis hombres colocan trapos en la herida para evitar que la hemorragia siga empeorando, el dolor es insoportable, pero nada que no pueda resistir. Aún así, sé que cada minuto cuenta y no precisamente a mi favor. Malditos rusos. Los encontraría y mataría con mis propias manos. Entraron a mi territorio buscando una falsa tregua, lo que querían era matarme para quedar al mando de mis negocios en Italia y celebrar con mi cabeza en bandeja de plata. Pero no les daría el maldito gusto. El enfrentamiento en el que me traicionaron como los viles cobardes que son, solo habían incrementado mi furia y deseos de matarlos con mis propias manos. Gusto que me daría una vez lograra salir del apuro en el que me encontraba. Porque lo haría. De esta saldría vivo y a cobrar venganza. El sonido de las llantas rechinar con fuerza en el pavimento al estacionar el auto me sacan de mis pensamientos y vuelvo a ver a Julián, el responsable del volante con ganas de estrangularlo por detenerse casi a mitad de la cuadra donde se encuentra el hospital. —¡¿Por qué carajo te detienes?! —grito con fuerza y él voltea a verme rápidamente. —Todo está fuertemente custodiado por la policía, jefe —aclara rápidamente y, como alma que lleva el diablo, me levanto del asiento y miro por la ventana confirmando sus palabras. A escasos metros de nosotros se encuentran varios autos de la policía estacionados. Algunos de ellos fuera de los mismos en posición de ataque y esperando cualquier movimiento en falso, lo que me hace rápidamente click en la cabeza e inmediatamente confirmo mis sospechas. El líder de la Bratva mató a mi médico de confianza por situaciones como estas para que yo me viera obligado a asistir a un maldito hospital, pero al llegar, ser interceptado por los policías. Y, en caso de no llegar al hospital, morir como un maldito perdedor. Porque claro, ellos sí contaban con su médico de confianza, tenían esa carta a su favor asegurada y se habían encargado de agotar todos mis recursos para llevarme al jodido límite. Sin imaginar que eso solo me estaba volviendo aún más fuerte. —¡Malditos rusos de m****a! —grito con fuerza desatando toda mi furia contra los asientos del auto e ignorando el dolor que me genera el golpear todo a mi alrededor con fuerza. Fuerza. La que estoy perdiendo al caer en cuenta de que mordí el jodido anzuelo de esos malnacidos. Sin decir nada más, Julián da la vuelta al coche y toma rumbo desconocido mientras la herida en mi estómago sigue palpitando por el dolor y sangrando como agua en un manantial. Comienzo a pensar que puedo hacer para resolver la situación en la que me encuentro, pero las palabras de Julián solo logran que la sangre en mi sistema hierva a más no poder. Sobornar a un médico a estas alturas es casi imposible, ninguno aceptaría atenderme y menos sabiendo quién soy, además, necesitaría un equipo completo para poder llevar a cabo una cirugía de emergencia. Si de por si era difícil sobornar a uno, a un equipo era ya avaricia. —Me están informando que todos los hospitales de la ciudad se encuentran custodiados por policías, los rusos se encargaron de hacerles saber que estarías en apuros y que necesitas ayuda médica —respiro hondo tratando de calmarme y no meterle una bala en medio de la frente porque no tiene la culpa de absolutamente nada de lo que está ocurriendo. Es uno de mis hombres más fieles y está dando todo de sí para ayudarme a salir de esta. Ignoro la mirada de los hombres a mis costados tratando de decidir si continúan apretando los trapos en mi herida para evitar la hemorragia o se mantienen al margen para evitar salir salpicados por mi furia. —¿Cuáles son las probabilidades de entrar al hospital sin ser vistos? —pregunto tratando de ganar tiempo para pensar en una idea que pueda ayudarme a salir de la situación. —Son muy bajas, hacerlo sería poner en riesgo a todo el equipo, pero sobre todo a la pieza más importante del juego, que es usted —me mira a través del retrovisor y guardo silencio al comprender sus palabras. Mi siguiente paso debe ser exacto y perfecto. Un solo error y todo se va al carajo. Es por ello que me toma varios minutos idear un plan en mi mente tratando de no dejar ningún cabo suelto. —En la próxima avenida gira a la izquierda —comienzo a dar órdenes y lo miro por el retrovisor —. No sé cómo, pero en tiempo récord me secuestras a todo el maldito hospital y lo traes conmigo hasta la guarida de emergencia. —Eso es casi imposible, señor —refuta rápidamente y volteo a verlo enseguida. —¿Te queda grande la misión, Julián? —preguntó con voz dura y firme. —Porque justo ahora no necesito en mi ejército a un maldito cobarde —No, señor. Solo estoy… —Eso pensé —lo corto rápidamente sin importarme lo que tenga que decir y su pregunta me saca de mis pensamientos. —¿Cree que pueda resistir mientras los muchachos y yo hacemos todo? —Me asegurare de no morir hasta primero matar con mis propias manos a Pavel Slovak —escupo con rabia y él asiente. Fija su mirada en el camino y sigue mis órdenes al pie de la letra. En cuestión de segundos me trasladan como pueden a una Van que, no sé como carajos ni en qué tiempo, equiparon como cual ambulancia y me recuestan en la camilla. Cierro los ojos tratando de concentrarme y no perder la razón, no aún, pero una voz entre las tantas que se comienzan a oír en el vehículo, me hacen hacer a un lado mis pensamientos y escuchar con atención. —No nos hagan daño, por favor. Les juro que si nos dejan ir no diremos nada —el miedo que transmite esa voz se siente a kilómetros de donde estoy, pero eso no es algo que me importe ahora, necesito salvar mi vida y al carajo lo demás. Evito abrir los ojos durante un rato e ignorar el llanto y súplicas de los médicos que están a mi alrededor siendo apuntados con nuestras armas y recibiendo órdenes de qué hacer, pero la curiosidad me mata al sentir como una suave mano se posa encima de mi brazo y lo levanta con suavidad. Abro los ojos rápidamente y me encuentro con unos ojos cafés llenos de miedo, pero sobre todo, algo de inocencia. —Y-yo —tartamudea al sentirse observada por mi y guardo silencio. Hago un repaso por el pequeño espacio en el que nos encontramos y miro a varias personas con el característico uniforme del hospital, incluyéndola a ella, quien aún sostiene mi brazo entre sus manos —. Le tomaré una vía para mantenerlo hidratado mientras llegamos a nuestro destino —explica rápidamente y asiento. Continúa llorando en silencio al escuchar como mis hombres le quitan el seguro a las armas y siguen apuntandolos mientras el auto sigue en marcha. No hago nada por evitar que mis hombres sigan apuntandola, está muerta de miedo al igual que sus compañeros, pero algo dentro de mí se enorgullece al ver los pequeños monstruos en los que he convertido a mis hombres. Ver el miedo en aquellos médicos hace que mi pecho se infle de orgullo al notar como mi trabajo como capo de la mafia italiana ha dado sus frutos. Tiembla al tomarme la vía en el brazo, pero aún así lo hace bien y finge una sonrisa que parece más una mueca para luego sentarse en el piso del auto y apretar los dedos de sus manos contra sus muslos por los nervios. Sin poder evitarlo, las fuerzas abandonan mi sistema y mis párpados se cierran con lentitud, regalándome por última vez la mirada de ojos cafés que no se aparta de mí. Llena de miedo pero, a su vez, de curiosidad.Fiorella Valenti —¡Alessandro! —el grito proveniente de uno de los hombres armados frente a nosotros me trae un poco de esperanza de ser rescatada de las garras del tipo que me tiene acorralada contra una esquina de la Van. —¿Qué le hiciste para que perdiera la conciencia? Él estaba bien hasta que le tomaste la maldita via —continuó apretando mi cuello con fuerza y con mis manos intenté zafarme de su agarre, pero se me hizo completamente imposible tomando en cuenta que es mil veces más grande y fuerte que yo. Maldita sea. —Sueltala ahora mismo, Alessandro —la amenaza proveniente de aquel hombre frente a nosotros me hizo llorar con fuerza al sentir como mi cuerpo se comenzaba a dejar ir y mi visión se volvía borrosa. ¿Es que acaso iba a morir de esa manera? ¿Tan joven y sin cumplir la mitad de mis sueños y aspiraciones? Vamos, no estaba feliz con la vida que tenía, pero tampoco esperaba morir en manos de unos matones por no salvarle la vida a su líder. Para mi sorpresa, sus mano
*Fiorella Valenti*El corazón quiere salirse de mi pecho en cuanto siento el cañón frío de la pistola apuntar directamente en mi frente. El auto va en marcha a quien sabe donde, un hombre se encuentra acostado en una camilla con una herida abierta en su estómago que no pinta nada bien y parece estar inconsciente, o eso creo. Alrededor de tres hombres más se encuentran frente a nosotros apuntandonos con sus armas como si sus vidas dependieran de ello y en completo silencio, como cual psicópata cazando a su presa. Mis manos tiemblan sin que pueda evitarlo y las lágrimas empapan mi rostro mientras suplico en silencio por mi vida y la de mis compañeros quienes se encuentran a mi lado llorando. Aún no me han amarrado al igual que ellos, algo que agradezco profundamente, pero aún así las amenazas no han cesado y eso solo logra alterarme más de lo que me gustaría admitir. Ellos no parecían ser de los que amenazaban solo por asustar, en sus miradas podía notar como disfrutaban tenernos e
*FIORELLA VALENTI*El temblor en mis manos me impiden sostener la pequeña prueba de embarazo entre mis dedos para que la misma no caiga al suelo. Aún no refleja ningún resultado, pero mis nervios y ansiedad me impiden esperar el tiempo necesario para saber si hay una vida que crece dentro de mis entrañas o aún tengo que seguir intentándolo.Cierro los ojos y respiro hondo, necesito relajarme porque de esa manera no voy a lograr nada. Sea cual sea el resultado, me tengo que enfrentar a las consecuencias y mi cruel realidad; estar casada con uno de los abogados más importantes del país.En mi vida lo que había comenzado como un hermoso cuento de hadas, terminó convirtiéndose en la pesadilla que me tenía encerrada en el baño del hospital donde estaba de guardia, haciéndome una prueba de embarazo y rogando que la misma saliera positiva.Porque sí, el resultado debía ser positivo si no quería nuevamente enfrentarme a la furia de mi esposo y su familia. Ellos anhelaban un nieto, pero más q
*Salvatore Rasso*—¡Pisa el maldito acelerador, Julián! —grito con furia al sentir como las fuerzas comienzan a abandonar mi cuerpo. Comienzo a sudar frío mientras dos de mis hombres colocan trapos en la herida para evitar que la hemorragia siga empeorando, el dolor es insoportable, pero nada que no pueda resistir. Aún así, sé que cada minuto cuenta y no precisamente a mi favor. Malditos rusos. Los encontraría y mataría con mis propias manos. Entraron a mi territorio buscando una falsa tregua, lo que querían era matarme para quedar al mando de mis negocios en Italia y celebrar con mi cabeza en bandeja de plata. Pero no les daría el maldito gusto. El enfrentamiento en el que me traicionaron como los viles cobardes que son, solo habían incrementado mi furia y deseos de matarlos con mis propias manos. Gusto que me daría una vez lograra salir del apuro en el que me encontraba. Porque lo haría. De esta saldría vivo y a cobrar venganza. El sonido de las llantas rechinar con fuerza e
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