El viento del puerto soplaba cargado de sal y humedad, trayendo consigo el eco lejano de las olas rompiendo contra los muelles. Entre la neblina espesa, un auto negro se detuvo frente a una de las bodegas abandonadas del clan Romano. Nadie se atrevía a acercarse. Los hombres apostados en los alrededores sabían que aquel lugar no era escenario de negocios, sino de juicios.
Giulio descendió primero. Su figura imponente, vestida con el clásico traje oscuro, se recortó contra