El club ardía como si el infierno hubiera decidido abrir sus puertas esa madrugada.
El fuego se extendía sin control, devorando lo que quedaba del imperio de Franco.
Los gritos se mezclaban con el chisporroteo de las llamas, y el aire olía a metal, pólvora y venganza.
Giulio salió de entre el humo con el paso lento, el cuerpo cubierto de sudor y sangre, la camisa destrozada y la mirada fija en ningún punto.
A su alrededor, los hombres de su guardia despejaban la zona, apagando los último