Mundo ficciónIniciar sesión"Firmaste el contrato con el nombre de tu hermana, pero es a tu cuerpo al que reclamaré esta noche". Clara siempre fue la sombra de su familia, la hija invisible destinada a limpiar los desastres de su hermana mayor Isabella, pero cuando Isabella huye con su amante horas antes de su boda con el temido y poderoso Sebastián Cavalli, el plan de su padre es tan cruel como desesperado, Clara debe cubrirse con el velo de encaje, caminar hacia el altar y casarse con el magnate que quedó ciego tras un brutal atentado. Para el mundo, Sebastián es un monstruo herido, un hombre cuya fortuna solo es superada por su amargura, para Clara, es una sentencia de muerte, ella espera pasar desapercibida, ser una esposa fantasma en una mansión de cristal, pero en la noche de bodas, la fría mano de Sebastián atrapa su cuello con una fuerza posesiva. —¿Creías que mi ceguera me impedía oler tu miedo, pequeña impostora? -susurra él contra sus labios— tu hermana me traicionó, y ahora tú pagarás su deuda, atrapada en un matrimonio basado en el engaño y bajo el control de un hombre que parece leerle el alma sin usar los ojos, Clara descubrirá que Sebastián tiene un secreto mucho más oscuro que su pérdida de visión, el no busca una esposa, busca un arma para su venganza, y ella es el sacrificio perfecto. En un juego de poder donde el deseo es el castigo, Clara deberá decidir si escapar de su captor o rendirse ante el hombre que, incluso en la oscuridad, la ve como nadie nunca lo hizo.
Leer másEl estruendo de la bofetada resonó en las paredes de mármol del despacho de los Miller como un disparo, Clara sintió el calor punzante en su mejilla izquierda y el sabor metálico de la sangre en el labio, pero no se movió, no lloró, había aprendido hacía mucho tiempo que las lágrimas en esa casa solo servían como combustible para el fuego de su padre.
—No te estoy preguntando, Clara —siseó Ricardo Miller, su voz era un susurro cargado de veneno—. Te estoy diciendo lo que vas a hacer, te pondrás ese vestido, te cubrirás con el velo y caminarás hacia ese altar. Clara levantó la vista, encontrando los ojos gélidos de su padre a sus veintidós años, siempre había sido la "otra" Miller, la hija que no era lo suficientemente hermosa como Isabella, la que no era lo suficientemente astuta, la que siempre estaba en la sombra, pero ahora, la sombra era la única que podía salvar el imperio de papel de su padre. —Isabella es la que estaba comprometida con él, papá —logró decir Clara, su voz temblando apenas un hilo—. Ella se fue con ese hombre... nos dejó, no puedes pedirme que finja ser ella Sebastián Cavalli no es un tonto, es un hombre peligroso, Ricardo se acercó, invadiendo su espacio personal con una presencia opresiva, Sebastián Cavalli está ciego, idiota escupió él accidente de hace seis meses no solo le quitó la vista, le quitó la razón, no distingue una voz de otra si se le habla con el tono adecuado, si no te casas con él hoy, Cavalli ejecutará los pagarés de nuestra empresa mañana por la mañana estaremos en la calle tu, tu madre enferma y yo. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ver a tu madre sin sus medicinas porque eres demasiado orgullosa para salvar a tu familia? El nombre de su madre fue el golpe final, Clara cerró los ojos, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros, su madre, la única persona que la había amado con ternura, estaba confinada a una cama de hospital en la planta alta, dependiendo enteramente de los recursos de un hombre que no dudaba en usar a su propia hija como moneda de cambio. —¿Y qué pasará cuando se dé cuenta? preguntó Clara en un susurro. ¿Qué hará cuando descubra que la mujer en su cama no es la que él eligió? Ricardo sonrió, una expresión carente de cualquier rastro de afecto, para entonces, el contrato de fusión estará firmado y el dinero estará en nuestras cuentas, lo que ese monstruo te haga después de que se cierre el trato, ya no será mi problema, Ahora, vete, la modista espera, e vestido de novia era una obra maestra de encaje francés y seda, pero para Clara, se sentía como una mortaja, mientras las manos de las criadas ajustaban el corsé hasta quitarle el aliento, ella miraba su reflejo en el espejo, Isabella era exuberante, rubia y siempre llevaba una sonrisa, Clara era más delgada, con una belleza etérea y melancólica, y unos ojos gritaban auxilio. —El velo, señorita —dijo una de las empleadas, evitando su mirada, era un velo de tres capas, pesado y opaco, Ricardo Miller se había asegurado de que ni siquiera el sacerdote pudiera ver el rostro de la novia con claridad. Al bajar la tela sobre sus ojos, el mundo de Clara se volvió borroso, una neblina blanca que simbolizaba el fin de su libertad, el trayecto hacia la mansión de los Cavalli fue un borrón de ansiedad, su padre no dejó de darle instrucciones en el auto, no hables a menos que sea necesario, mantén la voz alta y clara si él te pregunta algo, trata de imitar el tono caprichoso de tu hermana. Y sobre todo, no dejes que te toque más de lo necesario hasta que la puerta del dormitorio cierre. Clara no respondió, se limitó a apretar el ramo de calas blancas entre sus manos hasta que los tallos crujieron, cuando llegaron, la mansión Cavalli se alzaba como un mausoleo de piedra negra bajo el cielo gris, no había flores alegres, no había música festiva, solo una procesión de guardias de seguridad y un silencio sepulcral que envolvía la propiedad, Sebastián Cavalli, el "Halcón de las Finanzas", se había convertido en un ermitaño desde el atentado que lo dejó en la oscuridad, caminó por el pasillo de la capilla privada de la mansión del brazo de su padre, cada paso se sentía como una marcha hacia el patíbulo, al final del pasillo, una figura alta y de hombros anchos la esperaba, Sebastián Cavalli estaba de pie, impecable en un traje negro que parecía absorber la luz a su alrededor, llevaba unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos, pero su mandíbula cuadrada y tensa gritaba una furia contenida, no parecía un novio esperando a su amada; parecía un juez esperando para dictar sentencia, Ricardo Miller entregó la mano de su hija a Sebastián, Clara sintió el primer contacto físico: los dedos de Sebastián eran largos y calientes, pero su agarre no fue tierno, sus dedos se cerraron sobre la mano de ella con una presión que rozaba el dolor, como si estuviera tratando de descifrar algo a través de su piel, Clara contuvo el aliento, el lo sabe, pensó con pánico, sabe que no soy ella, el sacerdote comenzó la ceremonia con voz monótona, las palabras sobre amor, respeto y fidelidad sonaban como una burla cruel en ese recinto gélido, Clara sentía la mirada oculta de Sebastián sobre ella, una presión invisible que la hacía querer salir corriendo. —Sebastián Cavalli, ¿aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? —preguntó el sacerdote, hubo un silencio prolongado, tan largo que Ricardo Miller comenzó a aclararse la garganta, nervioso, Sebastián inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera escuchando algo que nadie más podía oír sus fosas nasales se dilataron levemente, inhalando el aire que los rodeaba, acepto dijo finalmente, su voz era un barítono profundo, rico y aterciopelado, pero con un filo de acero que cortaba el aire. —¿Y tú, Isabella Miller, aceptas? Clara sintió un nudo en la garganta, sentir ante Dios, ante la ley, ante el hombre que ahora sostenía su destin, miró de reojo a su padre, quien apretaba el puño en una amenaza silenciosa, Pensó en su madre, sola en esa cama de hospital. —Acepto —susurró, su voz sonó más suave de lo que pretendía, una nota de vulnerabilidad que no pertenecía al repertorio de Isabella. —Los declaro marido y mujer, puede besar a la novia, Clara quedó paralizada, Sebastián no esperó, con un movimiento rápido y dominante, la atrajo hacia él, sus manos no fueron a su cintura, sino que una de ellas subió hasta su nuca, sujetándola con una firmeza absoluta, mientras la otra mano se posiciona cerca de su mandíbula, el no levantó el velo, simplemente se inclinó y presionó sus labios contra los de ella a través de la fina tela, no fue un beso de amor, fue una invasión, el calor de su aliento y la fuerza de su boca le enviaron una descarga eléctrica que la hizo temblar, pero no fue el beso lo que más la asustó, sino lo que él susurró contra sus labios, tan bajo que solo ella pudo escucharlo por debajo del murmullo del sacerdote: —Tiemblas demasiado para ser la mujer descarada que conocí, Isabella, Clara sintió que el corazón se le detenía, antes de que pudiera reaccionar, él la soltó y se giró hacia su asistente, llévala a la habitación ordenó Sebastián, sin dirigirse a ella directamente, tengo negocios que cerrar con mi nuevo suegro, Ricardo Miller se acercó a Clara, dándole un apretón rápido en el hombro, una señal de victoria antes de seguir a Sebastián hacia el despacho, Clara fue escoltada por un ama de llaves de rostro severo hacia el ala este de la mansión, cada paso por los pasillos oscuros de la casa Cavalli aumentaba su sensación de fatalidad, al llegar a la suite principal, las puertas dobles de roble se cerraron tras ella con un chasquido definitivo, Clara se quitó el velo con manos temblorosas y lo arrojó sobre un diván de terciopelo, caminó hacia ventanal que daba a los jardines marchitos, ya no era Clara Miller, la hija invisible, ahora era la esposa de un hombre que la odiaba, el reemplazo de una hermana que la despreciaba y el peón de un padre que la había vendido, aun sentía el calor del agarre de Sebastián el sospechaba, ella lo sabía, la forma en que la había olido, la forma en que había reaccionado a su voz, pero lo peor de todo era la sensación de que, a partir de ese momento, su vida ya no le pertenecía.La mañana en la mansión Cavalli comenzó con una actividad inusual y frenética, Clara se despertó en el diván, con los músculos entumecidos por la rigidez de la noche, ante el sonido de pasos apresurados y el choque metálico de carritos de limpieza en el pasillo, Sebastián ya no estaba en la cama; la habitación se sentía vacía de su presencia física, pero saturada de su influencia. Al entrar al cuarto de baño para refrescarse, Clara se detuvo en seco, el estante donde reposaban los lujosos jabones de importación, las sales de baño y las lociones de Isabella —aquellas fragancias pesadas a orquídeas y ámbar que ella misma había colocado allí para mantener la farsa— estaba vacío, en su lugar, hileras de frascos de cristal transparente contenían un líquido incoloro y neutro. Confundida, abrió uno de los recipientes, no olía a nada, absolutamente nada, era una ausencia de aroma tan artificial que resultaba inquietante. —He ordenado una purificación de la casa —la voz de Sebastián resonó
La suite nupcial estaba sumergida en una penumbra que solo la luna se atrevía a desafiar, filtrando hilos de plata a través de los pesados cortinajes, Clara, ovillada en el diván de terciopelo, sentía que cada crujido de la mansión era un aviso, no había dormido, el silencio de Sebastián desde la inmensa cama de dosel era más ruidoso que cualquier grito; era la calma que precede a la tormenta en alta mar. De repente, el sonido de las sábanas de seda al desplazarse hizo que el corazón de Clara diera un vuelco, escuchó los pasos de Sebastián, firmes y rítmicos, moviéndose sin vacilación a pesar de la oscuridad total, no usaba el bastón, e esa habitación, él era el dueño absoluto de las sombras. —Isabella —su voz, un barítono profundo y cargado de una sospecha punzante, cortó el aire—Sé que no estás dormida, tu respiración es demasiado consciente. Clara se incorporó lentamente, envolviéndose en la manta como si fuera una armadura. —No puedo conciliar el sueño en un lugar extraño —min
El sonido del cierre de las puertas dobles de la suite nupcial retumbó en los oídos de Clara como el golpe de una losa de mármol sellando una tumba, se quedó de pie, inmóvil, justo al borde de la alfombra de seda, sintiendo cómo el temblor de sus rodillas amenazaba con hacerla colapsar, la habitación era inmensa, un santuario de lujo frío decorado en tonos carbón, gris y ébano, diseñado para un hombre que no necesitaba luz, pero que exigía orden, frente a ella, de espaldas, Sebastián Cavalli se despojaba de su corbata con movimientos lentos y precisos, cada gesto suyo emanaba una autoridad natural que reducía el espacio a su alrededor, Clara lo observaba, aterrada, aceptando finalmente que el sacrificio había sido consumado, ya no había vuelta atrás; el contrato estaba firmado, la amenaza sobre Barnaby era real y ella era, a todos los efectos legales y físicos, la posesión de este hombre.—¿Vas a quedarte ahí toda la noche, Isabella? —La voz de Sebastián, profunda y cargada de una
La mansión Cavalli no estaba celebrando una boda; estaba presenciando un funeral de seda y encaje, a pesar de que Sebastián había ordenado cancelar cualquier recepción pública, Ricardo Miller, con la audacia que solo tienen los hombres desesperados por aparentar, había logrado convencer al asistente de Sebastián para permitir un "brindis íntimo" en el gran salón de mármol antes de que la pareja se retirara,Clara caminaba por el salón como una autómata, el vestido de novia, que horas antes le parecía pesado, ahora se sentía como una armadura de espinas, los pocos invitados presentes —abogados, socios comerciales y algunos familiares cercanos de los Miller— hablaban en susurros, lanzando miradas furtivas al novio, que permanecía de pie junto a la chimenea apagada, como una estatua de obsidiana,Sebastián no bebía, no hablaba, simplemente "estaba", con su presencia llenando cada rincón de la estancia, proyectando una sombra que parecía enfriar el aire.Clara intentó alejarse del centro
El silencio que siguió a la bendición del sacerdote fue tan denso que Clara pudo jurar que escuchaba el segundero del reloj de pie en el vestíbulo, marcando el ritmo de su propia ejecución, sus dedos, atrapados en la mano de Sebastián Cavalli, comenzaron a hormiguear, no era un hormigueo de nerviosismo dulce, sino de falta de circulación, la mano del magnate, grande y callosa, se había cerrado sobre la suya con una fuerza que no pertenecía a un hombre que acababa de jurar amor y protección, era la presa de un depredador que acababa de confirmar que su comida no era lo que parecía,Clara intentó mover los dedos sutilmente, un gesto instintivo para aliviar el dolor, pero el agarre de Sebastián se intensifico, a través de la fina seda de sus guantes de novia, sintió el calor abrasador de su palma y la tensión de sus tendones.—No te muevas — siseó él, fue un susurro tan bajo que el sacerdote, ocupado en recoger sus libros, no pudo percibir, pero para Clara, fue como un latigo, Ella se q
El estruendo de la bofetada resonó en las paredes de mármol del despacho de los Miller como un disparo, Clara sintió el calor punzante en su mejilla izquierda y el sabor metálico de la sangre en el labio, pero no se movió, no lloró, había aprendido hacía mucho tiempo que las lágrimas en esa casa solo servían como combustible para el fuego de su padre. —No te estoy preguntando, Clara —siseó Ricardo Miller, su voz era un susurro cargado de veneno—. Te estoy diciendo lo que vas a hacer, te pondrás ese vestido, te cubrirás con el velo y caminarás hacia ese altar. Clara levantó la vista, encontrando los ojos gélidos de su padre a sus veintidós años, siempre había sido la "otra" Miller, la hija que no era lo suficientemente hermosa como Isabella, la que no era lo suficientemente astuta, la que siempre estaba en la sombra, pero ahora, la sombra era la única que podía salvar el imperio de papel de su padre. —Isabella es la que estaba comprometida con él, papá —logró decir Clara, su voz
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