Mundo ficciónIniciar sesiónLa suite nupcial estaba sumergida en una penumbra que solo la luna se atrevía a desafiar, filtrando hilos de plata a través de los pesados cortinajes, Clara, ovillada en el diván de terciopelo, sentía que cada crujido de la mansión era un aviso, no había dormido, el silencio de Sebastián desde la inmensa cama de dosel era más ruidoso que cualquier grito; era la calma que precede a la tormenta en alta mar.
De repente, el sonido de las sábanas de seda al desplazarse hizo que el corazón de Clara diera un vuelco, escuchó los pasos de Sebastián, firmes y rítmicos, moviéndose sin vacilación a pesar de la oscuridad total, no usaba el bastón, e esa habitación, él era el dueño absoluto de las sombras. —Isabella —su voz, un barítono profundo y cargado de una sospecha punzante, cortó el aire—Sé que no estás dormida, tu respiración es demasiado consciente. Clara se incorporó lentamente, envolviéndose en la manta como si fuera una armadura. —No puedo conciliar el sueño en un lugar extraño —mintió, tratando de que su voz no delatara el temblor de sus manos. —Acércate —ordenó él. No fue una invitación, fue un mandato que no admitía réplica. Clara se puso de pie, descalza sobre la alfombra fría, y caminó hacia la silueta alta que aguardaba junto al ventanal, Sebastián se mantenía erguido, con los hombros tensos y la mandíbula apretada, cuando ella estuvo a escasos centímetros, pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con el frío de la estancia. —Ayer, en el altar, mis dedos detectaron algo que mi mente se niega a procesar —dijo él, inclinando la cabeza hacia ella, como si tratara de captar su frecuencia—, Isabella Miller era una mujer de excesos, sus manos eran ásperas por el descuido y su piel siempre se sentía saturada de cremas costosas y artificio, pero tú, tú te sientes diferente. Antes de que Clara pudiera retroceder, las manos de Sebastián se alzaron y se posaron sobre sus hombros, sus dedos eran largos, calientes y poseían una fuerza controlada que la dejó paralizada. —Quédate quieta —susurró él, y por primera vez, hubo una nota de curiosidad casi científica en su tono. Él subió las manos hasta su cuello, rodeándolo con una suavidad engañosa, sus pulgares se situaron justo debajo de su mandíbula, sintiendo el galope desbocado de su pulso, Clara cerró los ojos, rogando que la oscuridad la ocultara, olvidando que para Sebastián, la oscuridad era su aliada. Entonces, comenzó la inspección. Sebastián deslizó sus dedos hacia arriba, trazando la línea de su barbilla, sus yemas, sensibilizadas por meses de oscuridad, se movían con una lentitud tortuosa,recorrió el contorno de sus labios, deteniéndose en la pequeña cicatriz que ella tenía en la comisura, una marca de la infancia que Isabella jamás tuvo. —Tus facciones, —murmuró él, y Clara sintió el aliento de él rozándole la frente—, son demasiado limpias, demasiado precisas. Sus manos continuaron el ascenso por sus pómulos. Sebastián parecía estar dibujando un mapa mental de su rostro, comparándolo con los recuerdos de la mujer con la que se había comprometido un año atrás, sus dedos se detuvieron en la estructura de sus pómulos, presionando ligeramente. —Isabella tenía un rostro más ancho, una estructura ósea más, tosca —continuó él, y su voz se volvió más grave, casi peligrosa—, tú tienes una delicadeza que no encaja con la genética de los Miller, tus pómulos son altos, finos, tu nariz es recta, casi aristocrática en su proporción. Clara sentía que el aire se volvía escaso, la cercanía física era abrumadora, podía ver las pestañas de él, largas y quietas tras las gafas oscuras que aún no se había quitado, la vulnerabilidad de ser "vista" de esa manera, a través del tacto, era mucho más aterradora que cualquier mirada directa. —La gente cambia cuando pierde peso por el estrés, Sebastián —logró decir ella, su voz apenas un hilo—, el compromiso, tu accidente, no han sido tiempos fáciles para nadie. Sebastián soltó una carcajada amarga, un sonido seco que no llegó a sus labios. —El estrés puede adelgazar la carne, pero no puede encoger los huesos —siseó él—, estoy tocando a una mujer cuyas facciones son la antítesis de la vulgaridad de Isabella ella era un incendio ruidoso, pero tú, tú te sientes como el frío de la luna. Sus dedos se movieron ahora hacia sus sienes, perdiéndose en el nacimiento de su cabello, Clara tembló visiblemente cuando él acarició la piel detrás de sus orejas, un punto de sensibilidad que la hizo soltar un gemido ahogado. —Dime la verdad —exigió él, sus manos apretando ahora su cabeza con una urgencia violenta—. ¿Quién eres?, ¿Qué clase de juego está jugando Ricardo Miller?, ¿Me ha enviado a una cortesana mejor entrenada para que no note que su hija favorita huyó? —Soy tu esposa, Sebastián —respondió ella, y por un segundo, la indignación real superó al miedo,— Soy la mujer que se puso ese vestido y caminó hacia ti mientras todos los demás te miraban con lástima y asco, soy la que está aquí, en este momento, soportando tu desprecio. ¿No es eso lo que querías?, ¿Alguien a quien culpar de tu amargura? Sebastián guardó silencio, pero no la soltó, sus pulgares volvieron a sus pómulos, trazando la delicada curva de sus órbitas oculares, había algo casi reverente en la forma en que sus dedos se movían ahora, una fascinación involuntaria que parecía luchar contra su propio odio. —Tus facciones son, hermosas —confesó él, y la palabra sonó como una maldición en sus labios, — Demasiado hermosas para pertenecer a una Miller, Isabella era llamativa, pero tú, tienes una armonía que duele. Él se inclinó más, inhalando profundamente cerca de su oído. —Vainilla —susurró—, de nuevo ese aroma, no es Chanel, no es el veneno que Isabella solía usar para marcar territorio, es algo que parece emanar de tus propios poros, algo limpio, algo... real. Sebastián retiró las manos de golpe, como si se hubiera quemado, dio un paso atrás, regresando a la zona de seguridad de su propia oscuridad interna, Clara se quedó allí, vibrando por el contacto, sintiendo que su rostro ardía donde él la había tocado. —Vuelve a tu diván —ordenó él, recuperando su tono de acero—, mañana vendrá el notario para la firma de los traspasos de fondos a la cuenta de tu padre, si eres una impostora, Isabella, te aseguro que este será el error más caro de tu miserable vida, porque una vez que tenga los papeles, ya no necesitaré ser "civilizado". —Ya no lo eres, Sebastián —respondió Clara con una valentía que no sabía que poseía. Él no respondió, se giró y caminó de vuelta a la cama con la gracia de una pantera. Clara regresó al diván, envolviéndose de nuevo en la manta, pero el daño ya estaba hecho, Sebastián no tenía ojos, pero ahora tenía un mapa, sabía que sus huesos eran diferentes, que su piel era más fina y que su aroma no era un disfraz, la sospecha se había convertido en una obsesión táctil. Mientras la lluvia empezaba a golpear suavemente los cristales, Clara comprendió que su mayor peligro no era que Sebastián recuperara la vista, sino que sus manos aprendieran a leerla mejor de lo que ella se conocía a sí misma, el sacrificio se estaba volviendo personal, y la línea entre la mentira y el deseo empezaba a desdibujarse en la cartografía de su propia piel.






