Contrato de sangre y amor

Contrato de sangre y amorES

Romance
Última atualização: 2026-02-03
Marchu.14  Atualizado agora
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Índice

Un matrimonio de conveniencia se convierte en una caza de la verdad cuando dos herederos descubren que sus familias están unidas por un pacto, un crimen y un amor que podría salvarlos o destruirlos.

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Capítulo 1

EL SELLO DE LA CERA

El horno de la panadería La Espiga de Oro resoplaba un último suspiro de calor. Luna Valdez pasó un trapo sobre el mármol ya impoluto, mirando las estanterías medio vacías. El aroma a masa fermentada y canela, que alguna vez fue sinónimo de hogar, ahora olía a deudas y a fin inevitable.

—Doña Clara, el último pedido va para la pastelería del mercado —dijo, cargando una caja ligera. Demasiado ligera.

Desde el pequeño patio trasero, su tía asomó la cabeza. Su sonrisa era un frágil puente sobre la preocupación. —Gracias, niña. Sin ti, esto hubiera cerrado hace meses.

Luna no respondió. Sabía que era mentira piadosa. Sin la herencia miserable de sus padres, que se había esfumado en tratamientos médicos y abogados inútiles, las deudas los ahogarían en cuestión de semanas. Cumplir veinticinco años hoy no se sentía como un triunfo, sino como otra cuenta regresiva.

El timbre de la puerta sonó, un tintineo cansado. Un hombre de rostro severo y traje ligeramente ajado para los estándares del Distrito Sur esperaba, sosteniendo una caja de madera oscura, no más grande que un libro grueso. Un sello de cera roja, impecable, sellaba su tapa.

—Señorita Valdez. Luna Valdez, ¿cierto?

—Sí. ¿En qué le puedo ayudar?

—Mi nombre es Efraín Gómez. Fui el abogado personal de su padre, Carlos Valdez. Me pidió que le entregara esto en persona el día en que usted cumpliera veinticinco años. —Extendió la caja como si fuera un objeto sagrado. —Hoy es ese día.

Luna se secó las manos en el delantal, una sensación extraña de déjà vu recorriéndole la espalda. Su padre solo hablaba en pasado, en susurros de enfermedad y recuerdos. —¿Qué es?

—Eso, solo usted puede descubrirlo. Mi labor era custodiarlo y entregarlo. El compromiso está cumplido. —El señor Gómez asintió con una formalidad que no admitía más preguntas. —Buen día, y feliz cumpleaños.

La caja pesaba más de lo que parecía. Luna la llevó a la trastienda, al pequeño escritorio donde su tía llevaba las cuentas. Con un cuchillo de untar mantequilla, cuidadosamente, quebró el sello de cera. El sonido fue un crujido seco, definitivo.

Dentro, sobre un trozo de terciopelo descolorido, había tres objetos. Una fotografía en blanco y negro: su padre, Carlos, más joven, riendo con el brazo sobre los hombros de un hombre igualmente feliz, frente a un edificio moderno con un letrero que decía “Aldería Innovadora – Fundadores”. El otro hombre tenía los ojos de Mateo Castellanos. Lo supo al instante.

Debajo, unos papeles legales con el membrete de la misma empresa. Y una carta, escrita con la letra pulcra y firme de su padre.

“Querida Luna,

Si esta caja llega a tus manos, es porque ya eres la mujer fuerte que siempre supe que serías, y porque yo ya no estoy para protegerte. Perdóname por este silencio. Lo que arruinó a esta familia no fue un mal negocio, fue una traición. Los documentos adjuntos son la prueba de que la mitad de ‘Aldería Innovadora’ era legítimamente nuestra.

Pero hay algo más importante. Una promesa que hice a mi mejor amigo, Roberto Castellanos, para proteger a nuestras familias en caso de que algo nos pasara. Ve a ver a los abogados de los Castellanos en la Ciudad de Oro. Pregunta por la Señora Fernández. Ella tiene la otra mitad de esta verdad.

Confía en nadie. Y recuerda, el Jardín de los Socios siempre fue nuestro lugar seguro.

Con todo mi amor,

Papá.”

Luna sintió que el suelo se inclinaba. El aire de la trastienda, cargado de harina, de repente le resultó irrespirable. Aldería Innovadora. El nombre rondaba como un fantasma en las historias a medias de su madre. Y los Castellanos… el apellido que sonaba en las noticias financieras, dueño de la Costa Esmeralda.

En la Ciudad de Oro, la luz del atardecer se colaba por los ventanales panorámicos de la mansión Castellanos, bañando de oro líquido los muebles de diseño. Mateo ajustó el nudo de su corbata frente a un espejo, el silencio de la casa era más opresivo que cualquier ruido.

—¡Mateo! A la sala, ahora. —La voz de su tío Javier, cortante como el filo de un diamante, resonó desde abajo.

En la biblioteca, con sus estantes de caoba repletos de libros intocados, Javier Castellanos esperaba junto a la chimenea fría. Su expresión era la de un hombre a punto de cerrar un trato desfavorable, pero necesario.

—He hablado con los accionistas —comenzó, sin preámbulos—. Tu… gestión al frente de la empresa ha sido, digamos, contemplativa. Los tiempos exigen decisión. Agresividad.

—La empresa que mi padre fundó —rectificó Mateo, con calma medida— va bien. Los números del último trimestre…

—¡Son migajas! —Javier golpeó suavemente el brazo de un sillón—. Roberto, que en paz descanse, era un visionario, pero un pésimo planificador. Dejó las cosas… atadas con hilos de sentimentalismo. Hilos que hay que cortar.

Mateo contuvo el impulso de responder. Sabía que cada palabra era una mina.

—Por eso —continuó Javier, sacando un fajo de papeles—, he reestructurado el testamento. Tú conservarás un treinta por ciento accionario. Un puesto honorífico. El resto, y el control decisorio, pasará a manos de tus primos. A menos…

—¿A menos?

—A menos que cumplas con un acuerdo antiguo. Un compromiso que tu padre firmó en un arrebato de idealismo. Algo que nos salvaría a todos de un escándalo y aseguraría la continuidad del apellido.

Antes de que pudiera preguntar, la mayordomo anunció: —La Señora Fernández ha llegado.

Una mujer impecable, de porte sereno y ojos que no revelaban nada, entró con una caja idéntica a la que Luna sostenía a kilómetros de distancia. De madera oscura. Sellada con cera roja.

—Señor Castellanos. Señor Javier —saludó—. Tengo instrucciones precisas del difunto Roberto Castellanos de entregar esto a su hijo, Mateo, el día de su vigésimo quinto cumpleaños. Que, calculo, es hoy.

Javier palideció ligeramente. —¿Qué es este disparate?

—No lo sé —dijo la abogada con suavidad—. Solo soy la mensajera de una voluntad testamentaria. —Le entregó la caja a Mateo.

Con un movimiento brusco, Javier intentó cogerla. —¡Déjame ver eso!

Mateo la retiró, un instinto primario de protección activándose. —Es para mí, tío. —Usó un abrecartas de plata para romper el sello. El crujido resonó en la sala silenciosa.

Dentro, la misma fotografía. Su padre, Roberto, junto a Carlos Valdez, sonriendo. Papeles de fundación de “Aldería Innovadora”. Y una carta.

“Hijo mío,

Si lees esto, es que no pude estar ahí para guiarte. He cometido errores, el mayor, confiar ciegamente. La empresa es tuya, pero no está completa. Hay una deuda de honor y una promesa pendiente con la familia Valdez. Carlos era mi hermano de alma. En la caja de su hija Luna está la otra mitad de este pacto.

Ve a la Casa de las Tradiciones. La Señora Fernández te guiará. Lo que firmamos tu padre y yo no fue un simple contrato. Fue un juramento para proteger a nuestros hijos cuando nosotros ya no pudiéramos. Desconfía de los que te hablen de ‘cortar hilos’. Algunos hilos son los que sostienen todo.

Tu padre, que te ama,

Roberto.”

Javier, que había leído por encima del hombro de Mateo, soltó un bufido de desprecio. —¡Un contrato de alianza matrimonial! ¡Un cuento de hadas de dos hombres soñadores! Eso no tiene validez hoy.

La Señora Fernández alzó suavemente la mano. —Por el contrario, señor Javier. Los Contratos de Alianza sellados en la Casa de las Tradiciones con el sello de los fundadores tienen validez legal y familiar perpetua en Aldería. Fue la condición que ambos señores incluyeron en el testamento matriz.

Mateo miraba la foto. Los ojos de su padre, llenos de esperanza. Los ojos de Carlos Valdez. La cara de Luna, una niña en otras fotos que recordaba vagamente.

—¿Qué significa esto? —preguntó, su voz más firme de lo que esperaba.

—Significa —dijo la abogada— que usted, y la señorita Luna Valdez, están convocados por ley y tradición. Deben presentarse en la Casa de las Tradiciones dentro de una semana. Allí se les explicarán los términos completos del Contrato de Alianza sellado por sus padres.

En el Distrito Sur, Luna apretaba la foto contra su pecho, mirando por la ventana hacia las luces distantes de la Ciudad de Oro. En la mansión, Mateo dejaba la caja sobre la mesa de la biblioteca, desafiando la mirada furiosa de su tío con un silencio nuevo.

Dos cajas abiertas. Dos sellos de cera rotos. Un solo contrato, empezando a tejer de nuevo los hilos que alguien, hacía mucho tiempo, intentó cortar.

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