La curvy y el gigolo más peligroso de Las Vegas

La curvy y el gigolo más peligroso de Las Vegas ES

Romance
Última atualização: 2026-01-07
ABBYLU2025  Atualizado agora
goodnovel18goodnovel
10
1 Classificação
8Capítulos
61leituras
Ler
Adicionado
Resumo
Índice

Sinopsis Anabela Ocampo lo pierde todo el día que su prometido no llega al altar. Frente a una iglesia llena de miradas y silencios incómodos, entiende una verdad que siempre la persiguió: nunca fue la elección de nadie. Humillada, herida y cansada de ocupar el lugar de la mujer “suficiente, pero nunca ideal”, huye a Las Vegas con un único objetivo: desaparecer. Lo que no imagina es que ese viaje marcará el inicio del juego más peligroso de su vida. En una ciudad donde nada es lo que parece, Anabela conoce a Max Duarte, un hombre tan enigmático como magnético, que se mueve con la precisión de alguien entrenado para mentir. Él es un gigoló por fachada… y mucho más de lo que aparenta. Cuando una llamada de su padre la obliga a presentarse en una cena empresarial como una mujer “estable” y casada, Anabela propone un trato impensado: un matrimonio falso, solo por unos días. Max acepta. Y con esa decisión cruza una línea sin retorno. Porque Max no es solo un hombre contratado para fingir amor. Es un agente encubierto infiltrado en una organización criminal internacional. Y Anabela, sin saberlo, es la pieza clave de una investigación capaz de derrumbar imperios mafiosos. Su inteligencia, su trabajo en ciberseguridad y su apellido la han puesto en la mira de personas que no perdonan errores… ni testigos. Mientras las mentiras se vuelven cada vez más reales y la atracción deja de ser parte del trato para convertirse en una amenaza emocional, ambos deberán decidir qué están dispuestos a perder. Porque en este juego de poder, traiciones y deseo, enamorarse puede ser el error más mortal de todos. Un romance intenso donde el amor nace en territorio enemigo, y donde fingir puede costarlo todo.

Ler mais

Capítulo 1

Capítulo 1 —El día en que nadie llegó

Siempre pensé que mi nombre sonaba hermoso.

Anabela.

Tres sílabas completas que casi nadie pronunciaba. Para todos era “Bella”, aunque jamás me sentí así. Tal vez porque crecí escuchando risas disfrazadas de preocupación, opiniones envueltas en consejos que nadie pidió. Muy gordita para ese vestido. Muy seria, vas a asustar a los chicos. Muy rara.

Demasiado de todo para los demás.

Insuficiente para mí.

De pie frente al altar, con el vestido blanco ajustándose a mi cuerpo como una promesa frágil, entendí que esa sensación no se había ido nunca. Solo había aprendido a disimularla mejor.

La iglesia estaba llena. Demasiado llena. Rostros conocidos, otros apenas recordados, todos observándome con esa mezcla incómoda de expectativa y juicio que solo existe cuando la felicidad no es propia. El órgano sonaba solemne, hermoso, casi cruel. Cada nota parecía anunciar algo que no terminaba de llegar.

Levanté la vista.

El altar estaba vacío.

No sentí un golpe inmediato. No hubo un derrumbe espectacular ni una escena dramática como en las películas. Al principio pensé que era un error de percepción, una distracción momentánea. Miré otra vez. A la derecha. A la izquierda. Esperé ver a Santiago acomodándose la corbata, sonriéndome con nerviosismo, levantando la mano para pedirme paciencia.

Nada.

El sacerdote carraspeó, incómodo, y murmuró algo que no llegué a escuchar. Alguien en la primera fila dijo que seguro había tráfico. Otra voz aseguró que ya debía estar por llegar.

Yo no dije nada.

Diez minutos.

Luego veinte.

El murmullo empezó como un zumbido lejano, una vibración incómoda en el aire, y fue creciendo hasta transformarse en un grito silencioso que nadie se animaba a pronunciar en voz alta. Vi a mi asistente caminar de un lado a otro con el teléfono en la mano, frunciendo el ceño, bajando la voz al hablar. Escuché apenas una frase suelta.

—Santiago no contesta. Debe haber pasado algo.

No había pasado nada.

Eso fue lo que entendí de golpe, con una claridad brutal. No un accidente. No un imprevisto. No un retraso. Simplemente, había huido de mí.

Cuarenta minutos después, dejé el ramo sobre una silla cercana. Las flores estaban intactas. Perfectas. Como si no supieran que ya no tenían razón de ser. Me acomodé el velo por pura costumbre y di media vuelta.

Caminé por el pasillo central con la espalda recta y la cabeza en alto, mientras el silencio caía sobre la iglesia como una sentencia. Nadie me detuvo. Nadie supo qué decir. Nadie se atrevió a tocarme.

Al salir, el aire frío me golpeó el rostro. Respiré hondo. No lloré. Todavía no.

Subí al auto con el vestido puesto y cerré la puerta. El sonido seco del cierre resonó más fuerte de lo que esperaba, como si marcara un final definitivo.

—A casa —dije.

Durante el trayecto, miré por la ventana sin ver nada. Mi mente funcionaba en automático, aferrándose a hechos concretos para no caer en el vacío. Santiago no estaba. No había llamado. No había dejado una explicación. Eso era todo.

Cuando llegué a mi departamento, me quité los zapatos y los dejé caer junto a la puerta. Caminé unos pasos más y, apenas cerré detrás de mí, las piernas me fallaron. Me dejé caer al suelo, apoyando la espalda contra la madera, y entonces sí, lloré.

No lloré por él. Creo que nunca lo amé como se supone que se ama. Lloré por mí. Porque había sido tan fácil de engañar. Porque acepté migajas creyendo que eran un banquete. Porque una parte de mí siempre había pensado que no merecía más.

Mi madre murió cuando yo tenía nueve años. Mi padre esperó exactamente un año antes de casarse con Victoria, una mujer que el espejo trataba mejor que a cualquier persona real. Llegó con dos hijos: Isabel, que encontró mi punto débil en dos semanas y lo explotó durante años, y Damián, el único que alguna vez se interpuso entre su hermana y yo.

Recordé el día en que Isabel quiso cortarme el cabello “para que te veas menos fea”. Damián tenía doce años. Yo, once. Se puso frente a mí con su cuerpo flaco de niño y le dijo:

—Déjala tranquila. Bella no tiene que parecerse a nadie.

Eso fue antes de que se fuera a la academia militar. Después, el infierno empezó de verdad.

Las amigas de Isabel —las huecas, como yo las llamaba— me convirtieron en su proyecto de caridad pública. Me “ayudaban” frente a los demás para quedar bien y me destrozaban en privado para reírse después. Aguanté hasta los dieciocho. Luego me fui. Lo más lejos posible.

En el extranjero, descubrí algo revelador: nadie sabía quién era yo. Nadie conocía a la familia Ocampo. Nadie opinaba sobre mi cuerpo. Por primera vez, mi cerebro importó más que mi figura. Me convertí en consultora de ciberseguridad. Las empresas esperaban meses por una cita conmigo.

Y fue exactamente ahí donde conocí a Santiago.

Me leyó como código básico. Palabras cálidas. Sonrisas ensayadas. Gestos sacados de películas que yo veía sola. Me pidió matrimonio con una rodilla en el suelo y una cajita azul. Yo, idiota, pensé que por fin alguien me había elegido.

Nunca fui su elección. Solo su salvavidas.

Lo supe después, leyendo un correo que dejó abierto en mi computadora. La inversión segura. El plan B. Lo único que podemos hacer antes de la bancarrota.

Y aun así, me quedé.

Porque cuando una mujer como yo recibe migajas, las confunde con amor.

Me levanté del suelo con esfuerzo y caminé hasta el dormitorio. Miré el vestido blanco colgado, perfecto, inútil. Lo desabroché despacio, como si cada botón fuera una despedida, y lo dejé caer. Cuando quedé en ropa interior, con el maquillaje corrido y el corazón hecho pedazos, miré la mesa de luz.

Ahí estaban los pasajes.

Las Vegas.

No era mi elección. Era la de él. Luces, ruido, mujeres hermosas. Qué ironía.

Recordé la última conversación con mi padre, días antes de la boda.

—Este año quiero que vengas a la fiesta de aniversario de la empresa con tu prometido.

Pensé que, tal vez, estaba orgulloso de mí. Qué ilusa.

Respiré hondo.

—Me voy igual —susurré.

No iba a quedarme ahí esperando burlas ni explicaciones. Necesitaba respirar. Gritar. Desaparecer.

Empaqué lo básico. Guardé los pasajes. Salí por la puerta.

No sabía qué encontraría en Las Vegas.

Pero sabía algo con absoluta certeza: no iba a quedarme llorando por un hombre que ni siquiera fue capaz de llegar.

Ese viaje no sería una huida.

Sería el principio de algo que aún no entendía.

Mais
Próximo Capítulo
Baixar

Último capítulo

Mais Capítulos

Você também vai gostar de

Romances Relacionados

Novos lançamentos de romances

Último capítulo

user avatar
Angie Pichardo
Excelente novela.
2026-01-06 10:58:15
1
8 chapters
Capítulo 1 —El día en que nadie llegó
Capítulo 2—Lo que pasa en Las Vegas.
CAPÍTULO 3 —Un trato que no debía existir
CAPÍTULO 4– La línea que no debía cruzar
CAPÍTULO 5— El juego ya empezó.
CAPÍTULO 6 –El Precio de Parecer Real
CAPÍTULO 7 — Invitado inesperado
CAPÍTULO 8 – Damián.
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App