El viaje de regreso de la costa se sentía, al principio, como la prolongación de un sueño.
Sebastián conducía con una mano sobre el volante y la otra entrelazada con la de Clara, la luz del atardecer bañaba la carretera, y por un momento, el mundo parecía estar en perfecto equilibrio, sin embargo, ese equilibrio se rompió con el sonido estridente y persistente del teléfono satelital de Sebastián, aquel que solo Marcus y el equipo de seguridad de alto nivel tenían permitido usar.
Sebastián fru