El sonido del cierre de las puertas dobles de la suite nupcial retumbó en los oídos de Clara como el golpe de una losa de mármol sellando una tumba, se quedó de pie, inmóvil, justo al borde de la alfombra de seda, sintiendo cómo el temblor de sus rodillas amenazaba con hacerla colapsar, la habitación era inmensa, un santuario de lujo frío decorado en tonos carbón, gris y ébano, diseñado para un hombre que no necesitaba luz, pero que exigía orden, frente a ella, de espaldas, Sebastián Cavalli se despojaba de su corbata con movimientos lentos y precisos, cada gesto suyo emanaba una autoridad natural que reducía el espacio a su alrededor, Clara lo observaba, aterrada, aceptando finalmente que el sacrificio había sido consumado, ya no había vuelta atrás; el contrato estaba firmado, la amenaza sobre Barnaby era real y ella era, a todos los efectos legales y físicos, la posesión de este hombre.—¿Vas a quedarte ahí toda la noche, Isabella? —La voz de Sebastián, profunda y cargada de una
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