Seis meses después de que las llamas consumieran la villa de la costa, la ciudad de los Cavalli respiraba una calma que antes parecía imposible, la caída definitiva de Ricardo Miller y el encarcelamiento de Lucía habían dejado un vacío de poder que Sebastián no se apresuró a llenar con ambición, sino con propósito.
Era una mañana luminosa de primavera, Sebastián estaba de pie en el gran balcón de la mansión, observando el horizonte, sus ojos grises, ahora completamente sanos, recorrían los de