La noche en la casa de campo de la costa, que apenas unas horas antes parecía un santuario de estrellas y silencio, se había transformado en una prisión de sombras acechantes.
Sebastián y Clara no habían podido ser trasladados al búnker de la ciudad debido a un bloqueo reportado en la carretera principal; Marcus, sospechando una emboscada, había ordenado que se atrincheraran en la villa, la seguridad era máxima, o eso creían.
Sebastián permanecía en el salón, con el arma sobre la mesa y la mi