El silencio en la mansión Cavalli no era un vacío, sino una entidad que parecía devorar el sonido, eran las dos de la mañana y la oscuridad en la suite nupcial era absoluta, salvo por el pálido resplandor de la luna que se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo, Clara permanecía inmóvil en el diván, con los ojos abiertos, escuchando la respiración profunda y rítmica de Sebastián desde la inmensa cama de dosel.
Cada noche en esa casa se sentía como una condena de mil años, pero esa noche, el peso en su pecho era insoportable, no era solo el miedo a ser descubierta; era el vacío de no saber si los seres que amaba seguían respirando bajo el yugo de su padre, la amenaza de Ricardo Miller sobre Barnaby —su viejo Golden Retriever— y la fragilidad de su madre en el hospital eran espinas que se clavaban más profundo con cada hora de silencio.
Necesitaba oírlos, necesitaba una prueba de que su sacrificio no era en vano, con una lentitud agónica, Clara se incorporó, sus pies de