El silencio en la mansión Cavalli no era un vacío, sino una entidad que parecía devorar el sonido, eran las dos de la mañana y la oscuridad en la suite nupcial era absoluta, salvo por el pálido resplandor de la luna que se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo, Clara permanecía inmóvil en el diván, con los ojos abiertos, escuchando la respiración profunda y rítmica de Sebastián desde la inmensa cama de dosel.
Cada noche en esa casa se sentía como una condena de mil años, pero