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El estruendo de la bofetada resonó en las paredes de mármol del despacho de los Miller como un disparo, Clara sintió el calor punzante en su mejilla izquierda y el sabor metálico de la sangre en el labio, pero no se movió, no lloró, había aprendido hacía mucho tiempo que las lágrimas en esa casa solo servían como combustible para el fuego de su padre.
—No te estoy preguntando, Clara —siseó Ricardo Miller, su voz era un susurro cargado de veneno—. Te estoy diciendo lo que vas a hacer, te pondrás ese vestido, te cubrirás con el velo y caminarás hacia ese altar. Clara levantó la vista, encontrando los ojos gélidos de su padre a sus veintidós años, siempre había sido la "otra" Miller, la hija que no era lo suficientemente hermosa como Isabella, la que no era lo suficientemente astuta, la que siempre estaba en la sombra, pero ahora, la sombra era la única que podía salvar el imperio de papel de su padre. —Isabella es la que estaba comprometida con él, papá —logró decir Clara, su voz temblando apenas un hilo—. Ella se fue con ese hombre... nos dejó, no puedes pedirme que finja ser ella Sebastián Cavalli no es un tonto, es un hombre peligroso, Ricardo se acercó, invadiendo su espacio personal con una presencia opresiva, Sebastián Cavalli está ciego, idiota escupió él accidente de hace seis meses no solo le quitó la vista, le quitó la razón, no distingue una voz de otra si se le habla con el tono adecuado, si no te casas con él hoy, Cavalli ejecutará los pagarés de nuestra empresa mañana por la mañana estaremos en la calle tu, tu madre enferma y yo. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ver a tu madre sin sus medicinas porque eres demasiado orgullosa para salvar a tu familia? El nombre de su madre fue el golpe final, Clara cerró los ojos, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros, su madre, la única persona que la había amado con ternura, estaba confinada a una cama de hospital en la planta alta, dependiendo enteramente de los recursos de un hombre que no dudaba en usar a su propia hija como moneda de cambio. —¿Y qué pasará cuando se dé cuenta? preguntó Clara en un susurro. ¿Qué hará cuando descubra que la mujer en su cama no es la que él eligió? Ricardo sonrió, una expresión carente de cualquier rastro de afecto, para entonces, el contrato de fusión estará firmado y el dinero estará en nuestras cuentas, lo que ese monstruo te haga después de que se cierre el trato, ya no será mi problema, Ahora, vete, la modista espera, e vestido de novia era una obra maestra de encaje francés y seda, pero para Clara, se sentía como una mortaja, mientras las manos de las criadas ajustaban el corsé hasta quitarle el aliento, ella miraba su reflejo en el espejo, Isabella era exuberante, rubia y siempre llevaba una sonrisa, Clara era más delgada, con una belleza etérea y melancólica, y unos ojos gritaban auxilio. —El velo, señorita —dijo una de las empleadas, evitando su mirada, era un velo de tres capas, pesado y opaco, Ricardo Miller se había asegurado de que ni siquiera el sacerdote pudiera ver el rostro de la novia con claridad. Al bajar la tela sobre sus ojos, el mundo de Clara se volvió borroso, una neblina blanca que simbolizaba el fin de su libertad, el trayecto hacia la mansión de los Cavalli fue un borrón de ansiedad, su padre no dejó de darle instrucciones en el auto, no hables a menos que sea necesario, mantén la voz alta y clara si él te pregunta algo, trata de imitar el tono caprichoso de tu hermana. Y sobre todo, no dejes que te toque más de lo necesario hasta que la puerta del dormitorio cierre. Clara no respondió, se limitó a apretar el ramo de calas blancas entre sus manos hasta que los tallos crujieron, cuando llegaron, la mansión Cavalli se alzaba como un mausoleo de piedra negra bajo el cielo gris, no había flores alegres, no había música festiva, solo una procesión de guardias de seguridad y un silencio sepulcral que envolvía la propiedad, Sebastián Cavalli, el "Halcón de las Finanzas", se había convertido en un ermitaño desde el atentado que lo dejó en la oscuridad, caminó por el pasillo de la capilla privada de la mansión del brazo de su padre, cada paso se sentía como una marcha hacia el patíbulo, al final del pasillo, una figura alta y de hombros anchos la esperaba, Sebastián Cavalli estaba de pie, impecable en un traje negro que parecía absorber la luz a su alrededor, llevaba unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos, pero su mandíbula cuadrada y tensa gritaba una furia contenida, no parecía un novio esperando a su amada; parecía un juez esperando para dictar sentencia, Ricardo Miller entregó la mano de su hija a Sebastián, Clara sintió el primer contacto físico: los dedos de Sebastián eran largos y calientes, pero su agarre no fue tierno, sus dedos se cerraron sobre la mano de ella con una presión que rozaba el dolor, como si estuviera tratando de descifrar algo a través de su piel, Clara contuvo el aliento, el lo sabe, pensó con pánico, sabe que no soy ella, el sacerdote comenzó la ceremonia con voz monótona, las palabras sobre amor, respeto y fidelidad sonaban como una burla cruel en ese recinto gélido, Clara sentía la mirada oculta de Sebastián sobre ella, una presión invisible que la hacía querer salir corriendo. —Sebastián Cavalli, ¿aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? —preguntó el sacerdote, hubo un silencio prolongado, tan largo que Ricardo Miller comenzó a aclararse la garganta, nervioso, Sebastián inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera escuchando algo que nadie más podía oír sus fosas nasales se dilataron levemente, inhalando el aire que los rodeaba, acepto dijo finalmente, su voz era un barítono profundo, rico y aterciopelado, pero con un filo de acero que cortaba el aire. —¿Y tú, Isabella Miller, aceptas? Clara sintió un nudo en la garganta, sentir ante Dios, ante la ley, ante el hombre que ahora sostenía su destin, miró de reojo a su padre, quien apretaba el puño en una amenaza silenciosa, Pensó en su madre, sola en esa cama de hospital. —Acepto —susurró, su voz sonó más suave de lo que pretendía, una nota de vulnerabilidad que no pertenecía al repertorio de Isabella. —Los declaro marido y mujer, puede besar a la novia, Clara quedó paralizada, Sebastián no esperó, con un movimiento rápido y dominante, la atrajo hacia él, sus manos no fueron a su cintura, sino que una de ellas subió hasta su nuca, sujetándola con una firmeza absoluta, mientras la otra mano se posiciona cerca de su mandíbula, el no levantó el velo, simplemente se inclinó y presionó sus labios contra los de ella a través de la fina tela, no fue un beso de amor, fue una invasión, el calor de su aliento y la fuerza de su boca le enviaron una descarga eléctrica que la hizo temblar, pero no fue el beso lo que más la asustó, sino lo que él susurró contra sus labios, tan bajo que solo ella pudo escucharlo por debajo del murmullo del sacerdote: —Tiemblas demasiado para ser la mujer descarada que conocí, Isabella, Clara sintió que el corazón se le detenía, antes de que pudiera reaccionar, él la soltó y se giró hacia su asistente, llévala a la habitación ordenó Sebastián, sin dirigirse a ella directamente, tengo negocios que cerrar con mi nuevo suegro, Ricardo Miller se acercó a Clara, dándole un apretón rápido en el hombro, una señal de victoria antes de seguir a Sebastián hacia el despacho, Clara fue escoltada por un ama de llaves de rostro severo hacia el ala este de la mansión, cada paso por los pasillos oscuros de la casa Cavalli aumentaba su sensación de fatalidad, al llegar a la suite principal, las puertas dobles de roble se cerraron tras ella con un chasquido definitivo, Clara se quitó el velo con manos temblorosas y lo arrojó sobre un diván de terciopelo, caminó hacia ventanal que daba a los jardines marchitos, ya no era Clara Miller, la hija invisible, ahora era la esposa de un hombre que la odiaba, el reemplazo de una hermana que la despreciaba y el peón de un padre que la había vendido, aun sentía el calor del agarre de Sebastián el sospechaba, ella lo sabía, la forma en que la había olido, la forma en que había reaccionado a su voz, pero lo peor de todo era la sensación de que, a partir de ese momento, su vida ya no le pertenecía.






