El eco del teléfono estrellándose contra el mármol del baño todavía vibraba en el aire cuando el silencio volvió a caer sobre la suite, denso y cargado de una toxicidad eléctricas, Sebastián no se había movido, permanecía de pie, con el torso desnudo y los puños apretados a los costados, pareciendo una deidad antigua sedienta de un sacrificio, sus ojos ciegos, fijos en algún punto por encima de la cabeza de Clara, relucían con una intensidad que la hacía sentir físicamente pequeña.
—¿Un amante?