La mañana en la mansión Cavalli comenzó con una actividad inusual y frenética, Clara se despertó en el diván, con los músculos entumecidos por la rigidez de la noche, ante el sonido de pasos apresurados y el choque metálico de carritos de limpieza en el pasillo, Sebastián ya no estaba en la cama; la habitación se sentía vacía de su presencia física, pero saturada de su influencia.
Al entrar al cuarto de baño para refrescarse, Clara se detuvo en seco, el estante donde reposaban los lujosos jabones de importación, las sales de baño y las lociones de Isabella —aquellas fragancias pesadas a orquídeas y ámbar que ella misma había colocado allí para mantener la farsa— estaba vacío, en su lugar, hileras de frascos de cristal transparente contenían un líquido incoloro y neutro.
Confundida, abrió uno de los recipientes, no olía a nada, absolutamente nada, era una ausencia de aroma tan artificial que resultaba inquietante.
—He ordenado una purificación de la casa —la voz de Sebastián resonó