El salón privado del Hotel Splendide era un santuario de mármol, caoba y el aroma denso de los puros de importación, bajo las arañas de cristal de Bohemia, la élite financiera del país se movía con la parsimonia de los depredadores que no necesitan correr para atrapar a su presa.
Clara, embutida en el vestido rojo sangre que Sebastián había elegido para ella, se sentía como una mancha de color demasiado brillante en un mundo de sombras y trajes grises.
Sebastián la mantenía a su lado, con su