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Capítulo 2: El Perfume del Engaño

El silencio que siguió a la bendición del sacerdote fue tan denso que Clara pudo jurar que escuchaba el segundero del reloj de pie en el vestíbulo, marcando el ritmo de su propia ejecución, sus dedos, atrapados en la mano de Sebastián Cavalli, comenzaron a hormiguear, no era un hormigueo de nerviosismo dulce, sino de falta de circulación, la mano del magnate, grande y callosa, se había cerrado sobre la suya con una fuerza que no pertenecía a un hombre que acababa de jurar amor y protección, era la presa de un depredador que acababa de confirmar que su comida no era lo que parecía,

Clara intentó mover los dedos sutilmente, un gesto instintivo para aliviar el dolor, pero el agarre de Sebastián se intensifico, a través de la fina seda de sus guantes de novia, sintió el calor abrasador de su palma y la tensión de sus tendones.

—No te muevas — siseó él, fue un susurro tan bajo que el sacerdote, ocupado en recoger sus libros, no pudo percibir, pero para Clara, fue como un latigo, Ella se quedó petrificada, debajo del pesado velo de encaje, sus ojos se dilataron, miró de reojo a su padre, Ricardo Miller, quien estaba a unos metros de distancia con una sonrisa de satisfacción grabada en el rostro, Ricardo estaba estrechando la mano de uno de los abogados de Cavalli; el contrato de fusión, la razón por la cual ella estaba allí, se estaba materializando en ese mismo instante. Su padre había ganado. Ella, en cambio, acababa de ser entregada a la oscuridad.

Sebastián no la soltó, inclinó la cabeza ligeramente hacia ella, a pesar de las gafas oscuras que ocultaban sus ojos dañados, Clara sintió que él la estaba diseccionando, el halcón de las Finanzas no necesitaba la vista para cazar; sus otros sentidos se habían agudizado hasta alcanzar niveles animales, de repente, Sebastián hizo algo que le heló la sangre, inclinó el rostro hacia el hueco de su cuello, no fue un gesto romántico, fue una inhalación profunda, deliberada y lenta, Clara sintió el aire caliente de su respiración golpear su piel, provocándole un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral,—Vainilla —susurró él, y su voz goteaba un desprecio que la hizo temblar, Isabella siempre usaba Chanel No. 5. Olor a dinero, a pretensión y a flores pesadas, Clara tragó saliva, sintiendo que su garganta se cerraba. Había olvidado ese detalle. Ella nunca usaba perfumes caros; su aroma era natural, apenas un toque de jabón de vainilla artesanal que compraba en la botica cerca del hospital de su madre, Isabella, en cambio, dejaba una estela asfixiante de fragancias de diseñador donde quiera que iba,

—Tú, hueles a inocencia —continuó Sebastián, y por un segundo, su voz se volvió más grave, casi peligrosa—, o a una mentira muy bien elaborada. ¿Dónde está ella? La presión en su mano se volvió casi insoportable, Clara sintió que los huesos de sus metacarpianos crujían levemente. Sabía que si gritaba, si confesaba en ese momento, su padre cumpliría su amenaza. Vería a su madre ser expulsada del hospital antes del anochecer,

—Soy yo, Sebastián —logró decir ella, forzando su voz para que sonara más alta, más segura, imitando el tono altanero que su hermana Isabella usaba cuando quería salirse con la suya, el accidente te ha dejado paranoico, cambié de perfume porque, quería algo nuevo para nuestra boda, ¿No te gusta?

Intentó soltar una risita caprichosa, esa risa de cascabel falso que Isabella dominaba a la perfección, pero el sonido salió seco, como hojas muertas crujiendo bajo las botas de un verdugo,

Sebastián soltó su mano tan abruptamente que ella casi pierde el equilibrio, el cambio de humor fue instantáneo, su rostro se volvió una máscara de piedra, fría e impenetrable, —Acompáñenla al coche —ordenó Sebastián, levantando la voz para que su asistente personal, un hombre de aspecto eficiente llamado Marcus, se acercara—,No habrá recepción, no habrá brindis, tengo asuntos que atender con el señor Miller que no requieren de la presencia de mi "esposa", Ricardo Miller dio un paso adelante, con la alarma cruzando su rostro por un segundo, —Pero Sebastián, habíamos acordado una cena de celebración,

—Los acuerdos cambian, Ricardo —lo cortó Sebastián, girándose hacia el sonido de la voz de su suegro con una precisión aterradora, al igual que las personas, Marcus, ahora, Marcus tomó a Clara del brazo con una firmeza profesional, ella miró hacia atrás una última vez, buscando algún rastro de remordimiento en los ojos de su padre, pero Ricardo ya estaba tratando de lisonjear de nuevo a Sebastián, ignorando por completo el hecho de que acababa de lanzar a su hija menor a una fosa de leones, el trayecto hacia el coche fue un desfile de sombras, la mansión Cavalli, vista desde el interior del lujoso sedán negro, parecía una fortaleza diseñada para ocultar secretos, Clara se sentó en el asiento trasero, sola, con el velo aún cubriendo su rostro, no se atrevía a quitárselo, sentía que si lo hacía, la realidad la golpearía con tanta fuerza que se desintegraría,

había pasado menos de una hora desde que entró en la capilla y ya se sentía marcada, Sebastián sabía que algo andaba mal, no era solo el perfume; era la forma en que ella respiraba, la forma en que su mano encajaba en la suya, Sebastián Cavalli había estado comprometido con Isabella por un año antes del accidente, aunque su relación había sido un acuerdo de negocios frío y distante, él conocía la textura de la mujer que se suponía que debía comprar,

"Tiemblas demasiado", le había dicho en el altar, Isabella Miller no temblaba ante nadie; ella hacía que los demás temblaran,

Clara cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventana, "Solo resiste", se dijo a sí misma, "Haz que firme los documentos finales de la transferencia para el tratamiento de mamá, y luego busca una salida", pero en el fondo de su corazón, sabía que no habría salida fácil, Sebastián Cavalli no era un hombre que dejara ir sus posesiones, y mucho menos a aquellas que intentaban jugar con él, cuando el coche se detuvo frente a la escalinata principal de la mansión, el ama de llaves, la señora Bennett, ya estaba esperando, era una mujer que parecía haber sido tallada en el mismo granito que la casa.

—Bienvenida, señora Cavalli —dijo la mujer, pero no había calidez en su voz, era un saludo reglamentario—,el señor Cavalli ha dado instrucciones de que se le instale en la suite este, sus pertenencias han sido trasladadas allí,

—Gracias —respondió Clara con un hilo de voz,

Caminó por el vestíbulo principal, donde las alfombras amortiguaban sus pasos, la decoración era minimalista y oscura, adaptada para que un hombre ciego pudiera moverse sin obstáculos, pero para Clara, se sentía como una celda de lujo, subió las escaleras, con la cola del vestido de novia arrastrándose tras ella como una cadena, al entrar en la suite este, se encontró con una habitación inmensa, una cama de dosel dominaba el espacio, cubierta con sábanas de seda gris carbón, no había flores, ni champán, ni ninguna de las decoraciones que suelen acompañar a una noche de bodas,

Clara se acercó al tocador y, finalmente, se quitó el velo. Su reflejo le devolvió la mirada; una mujer pálida, con los labios mordidos y los ojos llenos de un miedo ancestral, se llevó la mano al cuello, donde aún parecía sentir el calor de la respiración de Sebastián,

—Vainilla —susurró para sí misma,

se quitó los guantes y miró su mano derecha, había marcas rojas, las huellas de los dedos de Sebastián impresas en su piel blanca, no eran moretones todavía, pero dolían con una intensidad sorda, fue entonces cuando comprendió la magnitud de su error, había subestimado la oscuridad de Sebastián Cavalli, Él no estaba simplemente ciego; estaba alerta, esperando el momento exacto para cerrar la trampa sobre quien quiera que se hubiera atrevido a entrar en su mundo con mentiras,

se sentó en el borde de la cama, rodeada por el silencio opresivo de la mansión, afuera, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja sangriento, Clara sabía que el verdadero desafío comenzaría cuando esa puerta se abriera de nuevo y escuchara el golpe seco del bastón de Sebastián contra el suelo, el vendría por respuestas. Y ella, la hija invisible, tendría que convertirse en la mejor actriz del mundo si quería sobrevivir a la noche, porque Sebastián Cavalli no buscaba una esposa; buscaba la verdad, y su forma de obtenerla no sería nada dulce,

escuchó el sonido de un motor acercándose por el camino de entrada,era él, el Halcón regresaba a su nido, Clara se puso de pie, alisando su vestido de novia con manos que se negaban a dejar de temblar, el aire en la habitación parecía haberse vuelto más escaso.

Que Dios me ayude, murmuró, mientras el sonido de unos pasos firmes empezaba a resonar en el pasillo, acercándose inexorablemente a su puerta.

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