Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido del cierre de las puertas dobles de la suite nupcial retumbó en los oídos de Clara como el golpe de una losa de mármol sellando una tumba, se quedó de pie, inmóvil, justo al borde de la alfombra de seda, sintiendo cómo el temblor de sus rodillas amenazaba con hacerla colapsar, la habitación era inmensa, un santuario de lujo frío decorado en tonos carbón, gris y ébano, diseñado para un hombre que no necesitaba luz, pero que exigía orden, frente a ella, de espaldas, Sebastián Cavalli se despojaba de su corbata con movimientos lentos y precisos, cada gesto suyo emanaba una autoridad natural que reducía el espacio a su alrededor, Clara lo observaba, aterrada, aceptando finalmente que el sacrificio había sido consumado, ya no había vuelta atrás; el contrato estaba firmado, la amenaza sobre Barnaby era real y ella era, a todos los efectos legales y físicos, la posesión de este hombre.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche, Isabella? —La voz de Sebastián, profunda y cargada de una ironía cortante, rompió el silencio—, puedo oír el latido de tu corazón desde aquí, es rápido, errático, casi parece el de una presa acorralada, ¿Acaso no es esto lo que querías? ¿No era este el matrimonio que tú y tu padre planearon con tanto esmero para salvar sus cuentas bancarias? Clara tragó saliva, tratando de controlar el espasmo de sus manos, la mención del nombre de su hermana la golpeó como un recordatorio punzante de su propia invisibilidad, —estoy asimilando todo, Sebastián —logró decir, su voz salió en un susurro quebrado, muy lejos del tono vibrante y seguro de su hermana, Sebastián se giró lentamente, a pesar de sus gafas oscuras, Clara sintió que él la "veía" a través de los demás sentidos, el caminó hacia ella, sin usar su bastón, moviéndose con la confianza de alguien que ha memorizado cada centímetro de su prisión personal, se detuvo a escasos centímetros, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler el aroma a sándalo y whisky que emanaba de su piel. —Te noto pequeña —dijo él, inclinando la cabeza — Isabella siempre llenaba la habitación con su arrogancia y su perfume barato, pero tú, tú pareces querer desaparecer en el aire, incluso tu presencia se siente, diferente menos sólida, más frágil. Él extendió una mano, Clara cerró los ojos, esperando un golpe o un agarre brusco, pero los dedos de Sebastián solo rozaron la seda de su vestido de novia, descendiendo por su brazo hasta encontrar su muñeca, su tacto era caliente, pero su intención era puramente analítica. —Tiemblas —observó él, apretando ligeramente donde el pulso de Clara galopaba—, el miedo es un aroma muy distinto al de la ambición, tu hermana exudaba ambición, tú exudas terror, ¿Qué pasa, Miller? ¿Te asusta un hombre ciego? ¿O te asusta que el hombre al que creías que podrías manipular ya no sea el mismo tonto que firmó el compromiso hace un año? Clara sintió una lágrima traicionera resbalar por su mejilla, el peso de la culpa, el miedo por Barnaby y la soledad de estar en esa mansión la estaban asfixiando. —No te manipulo, Sebastián —mintió, sintiendo que cada palabra le quemaba la garganta—. Solo, ha sido un día difícil. —Un día difícil —repitió él con desprecio, soltó su muñeca como si el contacto le resultara molesto—Quítate el vestido, No quiero el ruido de la seda en esta habitación, me irrita. Clara se quedó paralizada, el momento que más temía había llegado. —Sebastián, yo, no me siento cómoda, —empezó a decir, pero él la cortó con un gesto seco de la mano. —No estamos aquí para sentirnos cómodos, estamos aquí porque tu padre me debe millones y tú eres la garantía de que ese dinero regresará a mí de una forma u otra, no finjas pudor conmigo, Isabella nunca lo tuvo, se jactaba de sus amantes y de su libertad. ¿Ahora vas a jugar a ser la virgen sacrificada? Las palabras de Sebastián eran dardos de fuego, Clara entendió que él despreciaba profundamente a la mujer que creía que tenía enfrente para él, Isabella era una oportunista, y ahora ella, Clara, estaba recibiendo todo ese odio acumulado, con los dedos entumecidos, Clara buscó la cremallera en su espalda, cada centímetro que la seda bajaba por su piel se sentía como una pérdida de su alma, se quedó en su ropa interior de encaje fino, abrazándose a sí misma para ocultar su desnudez y el temblor que recorría su cuerpo, el frío de la habitación, acentuado por el aire acondicionado central, se filtraba en sus poros, Sebastián, guiado por el sonido de la ropa cayendo al suelo, caminó hacia la cama, se sentó en el borde, con la espalda recta. —Ven aquí —ordenó. Clara caminó hacia él, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra profunda, cada paso se sentía como caminar hacia el borde de un abismo, cuando llegó frente a él, Sebastián extendió la mano de nuevo, esta vez, sus dedos encontraron la mejilla de Clara, el recorrió el contorno de su rostro, deteniéndose en el labio que su padre había lastimado horas antes, —Estás herida —dijo él, su voz suavizándose apenas un matiz, una curiosidad peligrosa surgiendo en su tono—. ¿Tu padre te hizo esto? Clara se quedó sin aliento. ¿Cómo podía saberlo? —Me tropecé con los nervios —mintió de nuevo, cumpliendo su papel de sacrificio, Sebastián soltó una risa amarga y retiró la mano como si se hubiera quemado. —Mientes tan mal que casi es insultante, Isabella era una mentirosa experta; podía decir que el cielo era verde y te lo creerías, pero tú, tu voz tiembla, tus manos sudan y tu cuerpo se retrae ante el más mínimo contacto. Él se puso de pie, su altura dominando de nuevo a Clara. —No te tocaré esta noche —dijo de repente, sorprendiéndola—. No porque sea un caballero, sino porque no me gusta el sabor del miedo en una mujer, pero no te equivoques, Isabella, eres mi esposa, vivirás bajo mis reglas, comerás cuando yo diga y dormirás donde yo te ordene, y por ahora, el señaló el rincón de la habitación, donde un pequeño diván de terciopelo se perdía en las sombras. —Ese es tu lugar. No quiero a una Miller en mi cama hasta que esté seguro de qué juego estás jugando realmente, mañana empezará tu verdadera vida aquí, y te advierto, en esta casa, el engaño se paga con algo más que dinero, Clara asintió, aunque él no pudiera verla, una extraña mezcla de alivio y humillación la recorrió, alivio porque su cuerpo no sería reclamado esa noche, pero humillación porque era tratada como un animal molesto que debía dormir en un rincón, caminó hacia el diván, arrastrando una de las mantas de repuesto que encontró en el armario abierto, se acurrucó allí, aún vestida solo con su lencería, sintiendo el frío de la noche colarse por las ventanas. En la oscuridad, escuchó a Sebastián acostarse en la inmensa cama, el silencio volvió a reinar, roto solo por el sonido de la lluvia que empezaba a golpear los cristales, Clara cerró los ojos, pensando en su madre en el hospital y en Barnaby en su perrera fría, había aceptado su destino, había entrado en la jaula del halcón, lo último que escuchó antes de que el agotamiento la venciera fue la voz de Sebastián, un susurro que no iba dirigido a ella, sino al vacío de su propia ceguera: —Vainilla. ¿Por qué demonios hueles tanto a vainilla? Clara se encogió más en el diván, dándose cuenta de que su mayor enemigo no era el odio de Sebastián, sino los pequeños rastros de su verdadera identidad que no podía ocultar, la guerra por su supervivencia acababa de comenzar en el lugar más peligroso de todos, el corazón de un hombre herido que buscaba venganza.






