El calor a sus espaldas era insoportable, la villa, que había sido el refugio de sus horas más felices, ahora era un esqueleto de llamas que crujía bajo el peso de su propia destrucción, en el borde del acantilado, donde la piedra se encontraba con el vacío y el rugido del mar golpeaba contra las rocas diez metros más abajo, la lucha por la supervivencia había alcanzado su punto de no retorno.
Sebastián y Ricardo Miller forcejeaban en el suelo, dos sombras recortadas contra el resplandor naran