Mundo ficciónIniciar sesiónDurante cinco años, creí que lo tenía todo: un amor seguro, estabilidad, un futuro planeado con Manuel, un hombre atento, inteligente y aparentemente perfecto. Todo encajaba, todo era predecible… hasta que descubrí la traición. La máscara de perfección que él llevaba se cayó, y de repente nada de lo que creía seguro tenía sentido. Y justo cuando el dolor todavía ardía, apareció Lorenzo Dimonte. CEO, arrogante, seductor, tan peligroso como imposible de ignorar. Su mirada es un reto, su presencia un desafío, y cada palabra suya despierta en mí algo que ni siquiera sabía que podía sentir. Ahora estoy atrapada entre dos mundos: el de Manuel, la calma que me protegía y parecía hogar… y el de Lorenzo, el fuego que amenaza con consumirlo todo. No sé si acercarme a él será mi salvación o mi perdición, pero lo que sí sé es que, de una forma u otra, cualquiera de los dos podría acabar con todo. Un triángulo de amor, deseo y secretos que amenaza con romper todo lo que alguna vez creí cierto.
Leer másVolví a la casa de Daniel como quien regresa a un campo de batalla después de haberlo perdido todo. Cada paso me pesaba, cada recuerdo me atravesaba el pecho. Abrí la puerta con manos temblorosas y apenas crucé el umbral me desplomé en el suelo, como si mi cuerpo ya no pudiera sostener tanta derrota.—Isa —escuché la voz de Maritza antes de verla.Ella corrió hacia mí y me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho. Yo me aferré a ella como si fuera lo único real que me quedaba en el mundo. Lloraba sin aire, con sonidos rotos, con el dolor saliéndome por la piel.—¿Qué pasó? —me preguntó, angustiada—. Isa, dime qué pasó, por favor.No podía hablar. Negaba con la cabeza mientras las lágrimas seguían cayendo sin control. Maritza me acariciaba el cabello, la espalda, intentando calmarme.—Respira conmigo —me decía—. Tranquila, estoy aquí, no estás sola.Pero yo sí estaba sola. Más que nunca.—No… no me dejó nada —logré decir al fin, con la voz hecha pedazos—. Nada, Maritza… ni la cas
El abogado envió la dirección dos horas después de haberse marchado. Cuando leí el mensaje, sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. No era miedo exactamente, era esa intuición amarga que te avisa que algo no va a salir como esperas.La lectura sería a las ocho de la mañana.No dormí.Cuando amaneció, ya estaba lista. Me vestí de negro, sin pensar demasiado. No me maquillé más que lo necesario para no parecer un cadáver andante. Maritza insistió en acompañarme, pero le pedí que se quedara con Camila. No quería exponer a mi hija a nada de eso.—Pase lo que pase, vuelvo —le dije antes de salir.Ella me miró con preocupación.—Isa… sea lo que sea, respira antes de reaccionar.Asentí, aunque sabía que eso sería imposible.El lugar era una notaría elegante, fría, con paredes blancas y un silencio incómodo. Apenas crucé la puerta, los vi.Mi suegra estaba sentada, rígida, con los ojos hinchados pero secos, como si ya no le quedaran lágrimas. A su lado, Lorenzo. Tranquilo. Demasiado tranqui
Los primeros días después del entierro no los recuerdo con claridad. Todo era una masa espesa de horas que no avanzaban, de noches eternas y mañanas grises. Caí en una depresión tan profunda que a veces olvidaba en qué día estaba, o incluso si era de día o de noche. Vivía en un limbo extraño, como si mi cuerpo siguiera aquí pero mi alma hubiera sido enterrada junto a Daniel.Atendía a mi hija a medias. La alimentaba, la bañaba, la abrazaba… pero era como si lo hiciera en automático. Mi mirada estaba siempre perdida, mis manos temblaban, y mi pecho dolía tanto que a veces sentía que no podía respirar. Cuando Camila me llamaba “mamá”, algo en mí se estremecía, pero no era suficiente para sacarme del pozo.Maritza era quien más me ayudaba. Sin ella, no sé qué habría sido de nosotras. Se encargaba de la casa, de la niña cuando yo no podía, de obligarme a comer aunque fuera un par de cucharadas. Dormía poco, siempre atenta, siempre pendiente de mí.—Isa, tienes que comer algo —me decía con
Cuando llegué al velorio, sentí que las paredes del lugar se cerraban sobre mí. El aire olía a flores recién cortadas, pero para mí todo tenía olor a muerte. A mi muerte. A la vida que ya no tendría. A los sueños que acababan de arrebatarme.Mi suegra estaba sentada frente al ataúd, con las manos temblorosas y la mirada perdida en un punto inexistente. Su rostro estaba hinchado por el llanto, y al verme entrar, se aferró a mí como si yo fuera lo único que aún la sostenía.—Isabella… —susurró con una voz rota—. ¿Por qué mi hijo? ¿Por qué?Yo no tenía respuesta. Ni siquiera tenía fuerzas para sostenerla. Pero la abracé, intentando no desmoronarme completamente. Sentía las piernas débiles, como si el piso fuera una masa líquida a punto de tragarme.—Lo siento… —alcancé a murmurar, aunque esas palabras no significaban nada. No alcanzaban. No curaban. No devolvían la vida.El salón estaba lleno. Empresarios, políticos, socios, empleados, gente importante, todos vestidos de negro. Algunos l
Cuando llegué a la morgue, el aire se volvió tan helado como el que ya llevaba metido en el pecho. Mi suegra estaba sentada en una de las sillas de metal del pasillo, encorvada, con el rostro hundido entre las manos. Su llanto era seco, casi silencioso, pero devastador de mirar. Parecía una mujer que había envejecido veinte años en una noche. Me acerqué con pasos temblorosos, sosteniendo entre mis brazos la bolsa donde llevaba el traje de Daniel, ese que él siempre decía que era su favorito, el único que realmente lo hacía sentirse él mismo.Cuando me vio, levantó la cara. Tenía los ojos hinchados, rojos, desbordando impotencia. Yo estaba demasiado mal, apenas pudiendo sostenerme. Me incliné un poco hacia ella, con la voz quebrada.—Aquí está el traje —susurré—. Quiero… quiero ayudar a vestirlo.Ella me miró largo rato, como si le costara reconocerme. Como si el dolor le hubiese nublado incluso los nombres, los recuerdos, las relaciones. Finalmente asintió, sin fuerzas.—Haz lo que qu
Cuando salimos de la sala fría de la morgue, mis piernas apenas me respondían. Me sostuve de la pared unos segundos, tratando de no desmoronarme otra vez. Mis ojos ardían y mi voz estaba rota por tanto gritar. Sentía un profundo vacío en el pecho, como si hubieran arrancado un pedazo de mi alma. Maritza me tenía del brazo, aunque yo caminaba como un fantasma, sin rumbo fijo.Pero entonces escuché unos pasos apresurados, y una voz quebrada, una voz que conocía demasiado bien.—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi Daniel? ¡Díganme dónde está mi hijo!La madre de Daniel llegó corriendo, descompuesta, con el cabello revuelto y el rostro bañado en lágrimas. Apenas me vio me tomó de los hombros con desesperación.—¿Dónde está? ¡Isabella, por amor a Dios, dime dónde está mi hijo!No pude decir nada. El dolor me cerró la garganta. Solo señalé con la mano el cuarto frío detrás de mí. Ella corrió hacia la puerta y los oficiales intentaron detenerla, pero fue imposible. La fuerza del dolor la imp
Último capítulo