Los primeros días después del entierro no los recuerdo con claridad. Todo era una masa espesa de horas que no avanzaban, de noches eternas y mañanas grises. Caí en una depresión tan profunda que a veces olvidaba en qué día estaba, o incluso si era de día o de noche. Vivía en un limbo extraño, como si mi cuerpo siguiera aquí pero mi alma hubiera sido enterrada junto a Daniel.
Atendía a mi hija a medias. La alimentaba, la bañaba, la abrazaba… pero era como si lo hiciera en automático. Mi mirada estaba siempre perdida, mis manos temblaban, y mi pecho dolía tanto que a veces sentía que no podía respirar. Cuando Camila me llamaba “mamá”, algo en mí se estremecía, pero no era suficiente para sacarme del pozo.
Maritza era quien más me ayudaba. Sin ella, no sé qué habría sido de nosotras. Se encargaba de la casa, de la niña cuando yo no podía, de obligarme a comer aunque fuera un par de cucharadas. Dormía poco, siempre atenta, siempre pendiente de mí.
—Isa, tienes que comer algo —me decía con