Los primeros días después del entierro no los recuerdo con claridad. Todo era una masa espesa de horas que no avanzaban, de noches eternas y mañanas grises. Caí en una depresión tan profunda que a veces olvidaba en qué día estaba, o incluso si era de día o de noche. Vivía en un limbo extraño, como si mi cuerpo siguiera aquí pero mi alma hubiera sido enterrada junto a Daniel.
Atendía a mi hija a medias. La alimentaba, la bañaba, la abrazaba… pero era como si lo hiciera en automático. Mi mirada e