La notificación apareció en mi teléfono poco después del mediodía.
“Sala de juntas, nivel ejecutivo. 15:00.”
Ni firma, ni explicación. Pero no hacía falta.
Solo una persona en todo el hospital tenía ese tono de autoridad que no dejaba margen para la duda: Lorenzo Dimonte.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Ya había dado mi palabra. Había aceptado su trato. Pero una cosa era decirlo, y otra verlo materializado en papel. En un contrato que, probablemente, marcaría el resto de mi vida.
Cuando c