Volví a la casa de Daniel como quien regresa a un campo de batalla después de haberlo perdido todo. Cada paso me pesaba, cada recuerdo me atravesaba el pecho. Abrí la puerta con manos temblorosas y apenas crucé el umbral me desplomé en el suelo, como si mi cuerpo ya no pudiera sostener tanta derrota.
—Isa —escuché la voz de Maritza antes de verla.
Ella corrió hacia mí y me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho. Yo me aferré a ella como si fuera lo único real que me quedaba en el mundo. Lloraba sin aire, con sonidos rotos, con el dolor saliéndome por la piel.
—¿Qué pasó? —me preguntó, angustiada—. Isa, dime qué pasó, por favor.
No podía hablar. Negaba con la cabeza mientras las lágrimas seguían cayendo sin control. Maritza me acariciaba el cabello, la espalda, intentando calmarme.
—Respira conmigo —me decía—. Tranquila, estoy aquí, no estás sola.
Pero yo sí estaba sola. Más que nunca.
—No… no me dejó nada —logré decir al fin, con la voz hecha pedazos—. Nada, Maritza… ni la cas