Mundo ficciónIniciar sesiónFui obligada a elegir el anillo de compromiso para mi peor enemiga, pero decidí que la mejor venganza sería probarme el diamante... y robarle a su multimillonario prometido. Durante años, fui la sombra patética de Hellen, mi peor enemiga de la universidad convertida en una glamurosa estrella de Hollywood. Me humillaba públicamente, me lanzaba café hirviendo en el rostro y me trataba como a su esclava personal. Pero el golpe maestro de su crueldad llegó cuando su prometido, el intocable y despiadado magnate Andrew Palvin, me obligó a ayudarlo a elegir el gigantesco diamante con el que le pediría matrimonio. Sin embargo, tener ese diamante de millones de dólares en mis manos encendió algo oscuro dentro de mí. Me quité los harapos de Cenicienta con una única misión: usar su cuerpo y su poder como mi boleto de salida hacia la cima. Andrew creyó que yo sería un pasatiempo fácil, otra amante más dispuesta a arrodillarse. Se equivocó.
Leer másEva La recuperación no fue un milagro, fue esfuerzo. Fue aprender a mover los dedos otra vez sin que me doliera el alma. Fue caminar diez pasos, luego veinte, luego llorar en silencio por haberme cansado tan rápido. Fue terapia física por la mañana y terapia emocional por la tarde. Fue mirarme al espejo y aceptar la cicatriz en mi brazo y abdomen como parte de mi historia, no como el final de ella. Al principio odiaba la lentitud. Yo siempre había corrido. Ahora tenía que aprender a quedarme quieta. Andrew estuvo en cada etapa. No como el empresario imbatible ni como el hombre que enfrentó tribunales, sino como el esposo que me sostenía el cabello cuando las medicinas me mareaban y que celebraba conmigo cuando lograba subir una escalera sin ayuda. Nuestro hijo se convirtió en mi motivación diaria. Me mostraba sus dibujos y decía que yo era “la más fuerte del mundo”. Yo le sonreía, pero en realidad era él quien me estaba reconstruyendo. Rubi dejó de mirarme como si fuera
Andrew Habían pasado días desde aquel leve apretón de mano. Días de micro movimientos. De párpados que temblaban. De médicos que hablaban en términos técnicos que yo ya entendía demasiado bien. “Respuesta neurológica favorable.” “Estimulación positiva.” “Pronóstico reservado pero esperanzador.” Yo ya no celebraba palabras. Celebraba gestos. Esa mañana estaba sentado a su lado como siempre, con el café frío en la mesa auxiliar y su mano entre las mías. —Hoy tu hijo decidió que quiere aprender a andar en bicicleta —le contaba—. Dice que tú vas a enseñarle porque yo soy demasiado dramático cuando se cae. Nada. Pero seguí. —Rubi volvió a pelear con un periodista en redes. Te extraña. No sabe cómo no extrañarte. Mi voz se quebró apenas al decirlo, y fue justo en ese instante cuando algo cambió. No fue un sonido claro ni un movimiento evidente, sino una variación mínima en su respiración, un ritmo distinto, como si su cuerpo estuviera intentando recordar el camino de regreso. Le
Andrew El monitor mide el tiempo con una precisión cruel, más exacta que cualquier reloj en la pared. Cada pitido atraviesa el silencio del cuarto y me recuerda que sigue aquí, que su corazón no ha dejado de luchar. Y, aun así, sus ojos permanecen cerrados. Han pasado días. O semanas. El hospital tiene una forma cruel de borrar la noción del tiempo. La luz nunca cambia del todo y el silencio siempre pesa igual. Estoy sentado junto a su cama cuando abro los ojos cada mañana, aunque en realidad no me he ido. Duermo en la silla, con la cabeza apoyada en el borde del colchón, porque irme a casa sin ella se siente como traición. Le tomo la mano todos los días y me quedo así, entrelazando mis dedos con los suyos como si el contacto pudiera anclarla al mundo. Le hablo sin pausa, le cuento cosas simples, cotidianas, detalles pequeños de la vida afuera, como si esa normalidad que compartimos durante años pudiera guiarla de regreso hasta mí. —Hoy nuestro hijo intentó convencerme de que
Rubi Daniel llegó como si el hospital fuera a derrumbarse si no entraba corriendo. Lo vi aparecer al fondo del pasillo, desorientado, buscando con la mirada algo que no quería encontrar. Tenía el cabello despeinado, la respiración descontrolada, y por primera vez no parecía una estrella de cine. Parecía un hombre asustado. —¿Dónde está? —preguntó apenas llegó—. ¿Cómo está Eva? Andrew no respondió enseguida. Seguía mirando la puerta del quirófano como si su vida dependiera de no apartar los ojos. —Está en cirugía —dijo al fin. Daniel tragó saliva. —¿Y el niño? —Con mis padres. Asintió, pero no creo que realmente escuchara. Todos estábamos oyendo lo mismo: el silencio detrás de esa puerta. Yo tenía el teléfono en la mano. Error. Internet ya lo sabía. Siempre lo sabe. “Tragedia tras la liberación de Hellen.” “¿Ataque premeditado?” “Hellen salió de prisión para vengarse.” Cada notificación era una puñalada nueva. Leí un comentario sin querer. “Era cuestión de tiempo. Sa
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