Cuando salimos de la sala fría de la morgue, mis piernas apenas me respondían. Me sostuve de la pared unos segundos, tratando de no desmoronarme otra vez. Mis ojos ardían y mi voz estaba rota por tanto gritar. Sentía un profundo vacío en el pecho, como si hubieran arrancado un pedazo de mi alma. Maritza me tenía del brazo, aunque yo caminaba como un fantasma, sin rumbo fijo.
Pero entonces escuché unos pasos apresurados, y una voz quebrada, una voz que conocía demasiado bien.
—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi Daniel? ¡Díganme dónde está mi hijo!
La madre de Daniel llegó corriendo, descompuesta, con el cabello revuelto y el rostro bañado en lágrimas. Apenas me vio me tomó de los hombros con desesperación.
—¿Dónde está? ¡Isabella, por amor a Dios, dime dónde está mi hijo!
No pude decir nada. El dolor me cerró la garganta. Solo señalé con la mano el cuarto frío detrás de mí. Ella corrió hacia la puerta y los oficiales intentaron detenerla, pero fue imposible. La fuerza del dolor la imp