Cuando salimos de la sala fría de la morgue, mis piernas apenas me respondían. Me sostuve de la pared unos segundos, tratando de no desmoronarme otra vez. Mis ojos ardían y mi voz estaba rota por tanto gritar. Sentía un profundo vacío en el pecho, como si hubieran arrancado un pedazo de mi alma. Maritza me tenía del brazo, aunque yo caminaba como un fantasma, sin rumbo fijo.
Pero entonces escuché unos pasos apresurados, y una voz quebrada, una voz que conocía demasiado bien.
—¿Dónde está mi hij