El reloj de pared marcaba las doce y quince cuando escuché el golpe seco de la puerta al abrirse.
No hubo un llamado, ni un aviso. Solo la presencia abrupta, imponente, que llenó mi consultorio como una ráfaga helada.
—¿Disculpe? —alcancé a decir, girando sobre mi silla.
Pero no hizo falta preguntar quién era.
Lorenzo Dimonte estaba en el umbral, impecable con su traje gris oscuro y corbata negra. Su sola figura imponía respeto, como si el aire a su alrededor obedeciera sus reglas.
Mi paciente,