Cuando llegué al velorio, sentí que las paredes del lugar se cerraban sobre mí. El aire olía a flores recién cortadas, pero para mí todo tenía olor a muerte. A mi muerte. A la vida que ya no tendría. A los sueños que acababan de arrebatarme.
Mi suegra estaba sentada frente al ataúd, con las manos temblorosas y la mirada perdida en un punto inexistente. Su rostro estaba hinchado por el llanto, y al verme entrar, se aferró a mí como si yo fuera lo único que aún la sostenía.
—Isabella… —susurró con una voz rota—. ¿Por qué mi hijo? ¿Por qué?
Yo no tenía respuesta. Ni siquiera tenía fuerzas para sostenerla. Pero la abracé, intentando no desmoronarme completamente. Sentía las piernas débiles, como si el piso fuera una masa líquida a punto de tragarme.
—Lo siento… —alcancé a murmurar, aunque esas palabras no significaban nada. No alcanzaban. No curaban. No devolvían la vida.
El salón estaba lleno. Empresarios, políticos, socios, empleados, gente importante, todos vestidos de negro. Algunos l