Mundo ficciónIniciar sesiónArianna Stoica baila en la oscuridad del crimen organizado, seduciendo con movimientos que ocultan secretos y silencios peligrosos. En un mundo donde la belleza puede ser un arma, ella aprendió a no pertenecerle a nadie. Pero cuando Dominic Todorov, un hombre endurecido por la pérdida, llega a Bulgaria para tomar el control, sus caminos chocan con una intensidad imposible de ignorar. Él quiere someterla. Ella no está dispuesta a caer. Lo que ninguno de los dos sabe es que el peligro acecha más cerca de lo que imaginan… y que, en el juego de la mafia, el deseo puede costar más que la vida.
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Kazanlak, Bulgaria
Arianna
Algunos dicen que los gitanos somos viajeros andantes sin lazos, sin ataduras, con el misterio como nuestra carta de presentación. Nos miran con desconfianza, como si naciéramos con una daga bajo la lengua y una mentira en los bolsillos. Les incomoda no poder encasillarnos, no saber de qué parte del mapa venimos ni a qué Dios rezamos cuando la noche nos toca. Y, sin embargo, no pueden ignorarnos. Porque nos temen. Porque intuimos lo que otros callan, porque olemos la traición antes de que se pronuncie, porque sobrevivimos donde muchos se quiebran.
En mi caso, mi sangre gitana ha sido tanto mi amuleto como mi condena. Me enseñó a sobrevivir, pero también me obligó a endurecerme. Aprendí a golpes, a pérdidas que dejaron cicatrices más hondas que cualquier bala. Pero fue ese mismo dolor el que me forjó. El que me enseñó a valerme por mí misma. Ahora, mi nombre se pronuncia en voz baja, con respeto disfrazado de miedo. Como si decirlo en alto les quitara autoridad.
Algunos murmuran que soy una ex amante del jefe de una red de trata, otros juran que soy la viuda de un capo ejecutado. La verdad nunca les ha importado. Lo único que les incomoda es que no pueden tocarme, ni comprarme, ni destruirme. Me volví intocable sin pedir permiso. Y eso, en su mundo, es un crimen imperdonable.
Cada noche, cuando se encienden las luces rojas de mi club Divinas, me convierto en sombra. Camino entre las bailarinas como una más, pero no lo soy. Observo a los clientes, leo gestos, escucho palabras que nunca deberían oírse. Respiro el miedo que muchos disfrazan con risas forzadas y copas llenas. No tengo amigas. No tengo familia. Lo que tengo son empleados leales, porque les doy lo que otros solo prometen: protección. No me quieren, me temen. Y en este juego, eso es más útil que el amor.
Mi neutralidad ha sido mi escudo. He permitido transacciones turbias en mis mesas, negociaciones en susurros en los reservados, y pactos sellados con una mirada. Nunca he intervenido. Nunca he opinado. He visto cómo se venden armas, se trazan rutas, se entregan nombres. Y yo, siempre en silencio sin cuestionar nada.
El club vibra como cada noche. El aire está cargado de humo, deseo y música. Mis chicas se mueven entre los clientes, entre copas y manos inquietas. Desde mi oficina, observo todo. Siempre estoy atenta.
Tres golpes secos en la puerta. Es Petar.
—Adelante —murmuro sin apartar la vista del monitor, mientras doy un sorbo al vaso que tengo entre los dedos.
Petar entra con paso firme. Sus botas pisan con decisión, pero su ceño está fruncido. Tiene los hombros tensos y la mandíbula apretada. Algo no anda bien.
—Arianna —dice con voz grave, apenas contenido—. Necesito tu ayuda. Dos tipos en la mesa del fondo se están sobrepasando con Carla y Mikaela. Están borrachos, y no dejan de fastidiar. Si no haces algo, me veré obligado a intervenir.
Levanto lentamente la mirada y lo encaro.
—¿Y desde cuándo necesitas permiso para poner orden? —pregunto con frialdad.
Petar suspira y desvía la mirada por un segundo. Luego vuelve a clavarla en mí.
—Desde que tú impusiste tus absurdas reglas. —resuena su voz cargada de irritación—. Ya sabes que pierdo la paciencia con facilidad, y si entro, esto puede terminar mal.
Me levanto despacio.
—Y, sin embargo, vienes a mí —respondo con tono afilado—. Porque sabes que, si yo subo al escenario, los callo sin necesidad de un solo golpe.
Él no contesta, pero su mirada lo dice todo. Está furioso… y resignado.
—Pon la música —ordeno mientras recojo mi cabello en una coleta alta.
—¿Vas a salir a bailar tú? —pregunta, con un tono más bajo, casi sorprendido.
Me giro lentamente y lo enfrento. Lo sostengo con la mirada, desafiante.
—¿Quieres que se calmen… o no?
Petar asiente y traga saliva. Antes de salir, me detengo en el umbral y lo miro por encima del hombro.
—Y recuerda algo —le digo, con la voz más baja—: en este club no hay balas, Petar. No importa el motivo.
Él me observa por un instante, luego esboza una sonrisa torcida.
—Lo prometo —dice al fin, con un leve asentimiento—. Solo usa tus armas… yo cuidaré tus espaldas.
Salgo de la oficina. El pasillo me recibe con la vibración sorda del bajo. Las luces comienzan a bajar. La gente guarda silencio. Saben lo que viene.
Subo al escenario. El reflector me envuelve.
Mi cuerpo se mueve con el ritmo gitano. Mis pies marcan el compás con decisión. Las caderas giran como si la música naciera de mí. No bailo para entretener. Bailo para controlar. Cada mirada se detiene en mí, cada respiración se contiene. En el escenario, soy invencible.
Y entonces lo veo.
De pie junto a la barra, hay un hombre que no reconozco. Lleva una chaqueta de cuero marrón que parece formar parte de su piel. Su cabello es corto, castaño oscuro, prolijo sin esfuerzo. Tiene una barba bien recortada, de esas que requieren precisión. Pero lo que más impacta son sus ojos: azules, fríos, penetrantes. No me mira con deseo. Ni siquiera con cortesía. Me observa con la calma de quien sabe que tarde o temprano todo le pertenece.
Hay algo en él… un aire endurecido, lleno de secretos. Inaccesible.
Y sin embargo, no puedo dejar de mirarlo.
Mi respiración se altera apenas, pero no me detengo. Sigo bailando hasta el final.
Cuando la última nota se apaga, doy un paso hacia el borde del escenario, lista para volver al camerino. Entonces, su voz atraviesa el aire con firmeza.
—No he terminado de verte. Quiero más.
Me detengo. El murmullo en la sala aumenta.
—¿Perdón? —le respondo en seco, sin moverme.
—Sigue bailando —ordena, como si tuviera autoridad.
Camino hacia él. Bajo un escalón. Ahora estamos frente a frente. Apenas nos separan unos centímetros.
—Aquí nadie me da órdenes —le susurro con una sonrisa desafiante.
Él sostiene mi mirada sin pestañear. Da un paso hacia adelante.
—No ha nacido la mujer que pueda negarse a una orden mía. ¿lo entiendes?
Sonrío, con burla. Entre el murmullo de los clientes, entre las miradas contenidas de mis chicas, lo sostengo con la mirada, sin un gramo de miedo.
Divinas TentacionesUn tiempo despuésKazanlakDominicLa boda marcó otra etapa en mi vida, fue un cambio radical que me costó asumir. Para colmo, Arianna no me lo hacía fácil: pretendía seguir su rutina en Divinas como si no estuviera embarazada. Y sí, tenía miedo… miedo de perderla, de que esa paz que respirábamos fuera efímera y que, en cualquier momento, Viktor irrumpiera en nuestras vidas para destruir mi felicidad.Así, los meses siguientes fueron un verdadero calvario; o más bien, poco a poco fui calmándome, esperando el nacimiento de mi hijo, algo que aún me parecía irreal.Pero todo tuvo sentido cuando escuché su primer llanto. Cuando tuve su cuerpecito tibio en mis brazos. Tan frágil, tan pequeño y, a la vez, tan fuerte, con una energía desbordante. Mi Alexei.Desde entonces procuré dar mi mejor versión, a pesar de que por momentos ni siquiera sabía qué diablos estaba haciendo. Quien más disfrutaba verme perdido era Arianna… Y sí, fue una época rara, diferente, hermosa, entr
El mismo díaKazanlakAriannaJamás pensé que celebraría mi boda, o mejor dicho no era de esas niñas que creían en cuentos de hadas, tampoco cambió mucho mi percepción a medida que crecía, o simplemente aprendí a golpes que el amor no era una elección fácil. Pero Dominic se coló en mi vida, supo conquistarme con su rudeza, su torpeza y esa manera tan sincera de protegerme. Entonces no había más que pensar, sino ser su compañera con todas las letras.La ceremonia fue sencilla pero emotiva, significativa y autentica. Ahí estaba Dominic luciendo una camisa azul remangada, la barba rebajada y esa mirada profunda que me atrapaba afirmando lo que sentía por mí a pesar de su miedo, de la incertidumbre del futuro.Y la celebración fue ruidosa, las risas desbordadas, las palmas marcando el ritmo, los abrazos que apretaban fuerte y un cansancio delicioso en las piernas de bailar hasta el delirio festejando nuestra boda. Lo más importante Dominic mirándome como si el mundo se hubiera reducido a
Una semana despuésKazanlakDominicSupe desde la primera vez que vi a Arianna que no sería alguien de paso en mi vida. No, ella no venía a rozar: venía a clavarse en mi pecho y lo hizo sin pedir permiso.Fue su terquedad primero. Esa manera suya de provocarme, de sacarme de quicio, de desafiarme con la mirada como si yo no fuera Dominic Todorov, sino un hombre al que podía manejar a su antojo, después fue peor: se volvió mi aliada. Mi compañera incondicional. La mujer que no retrocedió cuando el mundo se derrumbaba.Lo confirmó aquel día en la bodega, frente a los clanes, frente a mi padre. Solo Arianna tuvo el coraje y la entereza de plantarse ahí y respaldarme sin titubear. Sin bajar la mirada, sin negociar su dignidad. Ahí supe que quería más que noches esporádicas o promesas a medias.Admito que mi declaración fue un desastre. Torpe, directa, muy yo. No obtuve un “sí” inmediato… pero Arianna respondió a su manera. Y con ella, eso siempre significa algo más profundo que las palabr
Unos días despuésKazanlakAriannaEntendí desde el inicio que no estaba dispuesta a ser la presa. Nunca.No a vivir huyendo, no a sentir al monstruo de Viktor respirándome en la nuca, no a perder al hombre que amaba por miedo. Así que jugué mis cartas con astucia… y con riesgo. Delante de Oleg Todorov no había margen para errores.Nada estaba escrito. Un gesto fuera de lugar y aquella reunión podía terminar en una masacre. La tensión se podía masticar; el silencio, denso, era casi una provocación. Aun así, Gustav se mantuvo firme a mi lado, sosteniéndome sin palabras. Dominic también. No se dejó intimidar por su padre ni un solo segundo.Supongo que Oleg no tuvo más alternativa que ceder. O, más bien, retirar todo apoyo a Viktor y colocar a Dominic al frente de sus territorios antes de enfrentar una guerra que podía hacer caer su imperio como un castillo de arena. Al final del día, Dominic era su sangre. Y el apellido Todorov seguiría vivo en el mapa de la mafia.No me libré, claro,
El mismo díaKazanlakDominicCuando Petar confesó que Arianna se había marchado a una reunión con mi padre, el miedo me atravesó sin pedir permiso. No fue solo temor: fue desesperación, fue angustia pura por su suerte. Oleg Todorov no era un hombre que negociara bajo presión. No admitía amenazas, ni chantajes, ni juegos de poder que no hubiera diseñado él mismo. Y Arianna estaba entrando directo en su territorio.Quedarme quieto, imaginando el peor escenario, no era una opción. No después de todo lo que había pasado. No después de casi perderla. Era momento de actuar. Incluso si eso significaba jugar sucio.No levanté un arma. Hice algo mejor. Tomé el teléfono replicando que llamaría a Viktor. Eso fue mil veces más efectivo que apretar un gatillo.Petar se quedó inmóvil frente a mí. Vi cómo se le desfiguraba el rostro, cómo la sangre le abandonaba la cara. Yo, en cambio, me mantuve firme. Sabía que ese movimiento era la línea que separaba dos futuros posibles: uno con Arianna… y otro
El mismo díaKazanlakAriannaHabía pasado demasiado tiempo sobreviviendo en el mundo de la mafia como para no reconocer cuándo algo empezaba a devorarme viva. Conocía las reglas, los silencios, las miradas que mataban más rápido que una bala. Sabía cómo moverme. Pero esta vez no bastaba.Viktor Dragomir ya no era solo un problema: era una guerra abierta. Y su padre… su padre era la única pieza capaz de detenerlo o de hundirnos a todos en el mismo pozo. El silencio de Milos me crispaba los nervios.Lo observé caminar por la habitación, lento, pensativo. Se detuvo junto a la ventana antes de hablar, como si necesitara distancia incluso de sus propias palabras.—Arianna… —dijo por fin—. Voy a ser sincero contigo, aunque dudo que me escuches.Crucé los brazos.—Oleg Todorov es un sujeto complejo —continuó—. Frío. Astuto. Sin una pizca de remordimiento.Lo interrumpí.—Pero sigue siendo el padre de Viktor… y de Dominic —repliqué con firmeza—. Tiene autoridad sobre ellos. Y no creo que le





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