El abogado envió la dirección dos horas después de haberse marchado. Cuando leí el mensaje, sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. No era miedo exactamente, era esa intuición amarga que te avisa que algo no va a salir como esperas.
La lectura sería a las ocho de la mañana.
No dormí.
Cuando amaneció, ya estaba lista. Me vestí de negro, sin pensar demasiado. No me maquillé más que lo necesario para no parecer un cadáver andante. Maritza insistió en acompañarme, pero le pedí que se quedara con Camila. No quería exponer a mi hija a nada de eso.
—Pase lo que pase, vuelvo —le dije antes de salir.
Ella me miró con preocupación.
—Isa… sea lo que sea, respira antes de reaccionar.
Asentí, aunque sabía que eso sería imposible.
El lugar era una notaría elegante, fría, con paredes blancas y un silencio incómodo. Apenas crucé la puerta, los vi.
Mi suegra estaba sentada, rígida, con los ojos hinchados pero secos, como si ya no le quedaran lágrimas. A su lado, Lorenzo. Tranquilo. Demasiado tranqui