El consultorio se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos. La mujer rubia que sostenía la foto de Manuel me miraba con una mezcla de desafío y burla, sus labios curvados en una sonrisa sarcástica.
—¿Embarazada? —dijo con ironía, alzando una ceja—. Pues yo también… estoy esperando.
Mi corazón se detuvo. Por un momento, sentí que la ira y el miedo se mezclaban en un torbellino imposible de controlar.
—¡¿Cómo te atreves?! —grité, señalándola con el dedo mientras mis manos temblaba