Cuando llegué a la morgue, el aire se volvió tan helado como el que ya llevaba metido en el pecho. Mi suegra estaba sentada en una de las sillas de metal del pasillo, encorvada, con el rostro hundido entre las manos. Su llanto era seco, casi silencioso, pero devastador de mirar. Parecía una mujer que había envejecido veinte años en una noche. Me acerqué con pasos temblorosos, sosteniendo entre mis brazos la bolsa donde llevaba el traje de Daniel, ese que él siempre decía que era su favorito, el