Cuando llegué a la morgue, el aire se volvió tan helado como el que ya llevaba metido en el pecho. Mi suegra estaba sentada en una de las sillas de metal del pasillo, encorvada, con el rostro hundido entre las manos. Su llanto era seco, casi silencioso, pero devastador de mirar. Parecía una mujer que había envejecido veinte años en una noche. Me acerqué con pasos temblorosos, sosteniendo entre mis brazos la bolsa donde llevaba el traje de Daniel, ese que él siempre decía que era su favorito, el único que realmente lo hacía sentirse él mismo.
Cuando me vio, levantó la cara. Tenía los ojos hinchados, rojos, desbordando impotencia. Yo estaba demasiado mal, apenas pudiendo sostenerme. Me incliné un poco hacia ella, con la voz quebrada.
—Aquí está el traje —susurré—. Quiero… quiero ayudar a vestirlo.
Ella me miró largo rato, como si le costara reconocerme. Como si el dolor le hubiese nublado incluso los nombres, los recuerdos, las relaciones. Finalmente asintió, sin fuerzas.
—Haz lo que qu