Mundo de ficçãoIniciar sessãoBianca Moretti posee la belleza etérea de una deidad antigua, su realidad es un laberinto. Desde la muerte de su madre, su existencia se ha reducido a un espectro dentro de su propio hogar, sometida al desprecio de una madrastra y una hermanastra consumida por la envidia. Para su padre, Giuseppe, ella ya no es una hija, sino un activo estratégico; una moneda de cambio destinada a saldar deudas de ambición. En las tinieblas de la isla, Alessandro Castiglione, el despiadado Capo que ascendió al poder sobre las cenizas de su linaje, ha cultivado un odio gélido durante nueve años. Giuseppe no solo le arrebató cargamentos de armas; le robó el futuro. Ahora, la ley de la vendetta exige una compensación que la sangre por sí sola no puede satisfacer. Alessandro no busca un final rápido para su enemigo; busca su aniquilación absoluta, empezando por lo que el viejo traidor más valora. El destino se sella cuando Giuseppe, al borde de la quiebra, decide vender a Bianca a un magnate para salvar su imperio. Lo que ignora es que el supuesto comprador es solo una marioneta de Alessandro. El Capo reclama a Bianca no por afecto, sino para utilizarla como el instrumento definitivo de su venganza, jurando quebrantar la voluntad de la mujer que lleva la sangre de su traidor. Sin embargo, en este juego de poder, las reglas cambian. Bianca descubrirá que su gracia es, en realidad, un arma letal, mientras que Alessandro enfrentará una verdad aterradora: el deseo por su cautiva es más fuerte que su sed de sangre. En un mundo de hombres, Bianca dejará de ser una ofrenda de cristal para alzarse como la reina de un imperio forjado en fuego, demostrando que incluso en el infierno, el amor puede es forma más devastadora de redención.
Ler mais—Deja de mirarte, estúpida. No vas a lograr que el tiempo retroceda.
La voz de Sofía, su media hermana, estalló como un látigo en la habitación. Sofía entró sin llamar, como siempre, envuelta en un vestido de seda roja que resaltaba su envidia más que sus curvas. Se acercó a Bianca y, con una uña larga y afilada, le pinchó el hombro desudo.
—Papá dice que bajes. El invitado está por llegar. Y asegúrate de cubrir esas ojeras. Pareces una muerta viviente, aunque supongo que eso es lo que eres desde que tu mami se pudre bajo la tierra.
Bianca no respondió. Había aprendido que el silencio era su única armadura. Si hablaba, le daban motivos a Elena, su madrastra, para inventar mentiras que su padre creería sin dudar. Giuseppe Moretti, el hombre que alguna vez la llamó "su pequeña diosa", ahora ni siquiera podía sostenerle la mirada. Cada vez que la veía, veía el fantasma de su esposa muerta y se hundía más en el alcohol y los negocios turbios.
Bajó las escaleras de la mansión familiar, una estructura que antes estaba llena de música y risas, y que ahora olía a humedad y resentimiento. En el gran salón, su padre estaba de pie frente al ventanal, con una copa de coñac en la mano. A su lado, Elena sonreía con una satisfacción depredadora.
—Aquí está la joya de la corona —dijo Elena, su voz destilando un falso cariño que hacía que a Bianca se le erizara la piel—. ¿No se ve exquisita, Giuseppe? El barón von Schill estará encantado.
Bianca sintió un escalofrío. El barón von Schill era un hombre de setenta años, conocido en los círculos sociales por sus manos largas y su mirada lasciva.
—Padre… —susurró Bianca, su voz apenas un hilo—. Por favor, no me obligues a cenar con ese hombre.
Giuseppe se giró. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus manos temblaban. No había amor en su mirada, solo una desesperación fría y calculadora.
—Cállate, Bianca. Vas a subirte a ese coche, vas a sonreír y vas a ser la mujer más encantadora que ese viejo haya visto jamás. Von Schill no es solo un invitado. Es la salvación de esta familia. Su inversión en los pozos del sur es lo único que nos separa de la ejecución por parte de las otras familias.
—¿Me estás vendiendo? —preguntó ella, la realidad golpeándola con la fuerza de un mazo.
—Te estoy dando un propósito —escupió Giuseppe, acercándose a ella hasta que Bianca pudo oler el alcohol en su aliento—. Has vivido de mi dinero durante años, sin hacer nada más que parecerte a ella. Ahora, vas a pagar tu estancia. Von Schill quiere una esposa joven, una que pueda exhibir como un trofeo. Y tú eres el mejor trofeo que tengo.
Elena soltó una risita cruel desde el sofá.
—Es un trato justo, querida. Él obtiene su muñeca y nosotros obtenemos el capital para limpiar el desastre que tu padre hizo con los Castiglione hace años. Deberías estar agradecida de que alguien todavía quiera comprar algo tan usado emocionalmente como tú.
Bianca retrocedió, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban a su alrededor. No era solo una cena. Era el fin de su libertad. Miró a su padre, buscando un rastro del hombre que solía leerle cuentos sobre el Olimpo, pero solo encontró a un cobarde que prefería entregar a su hija a un monstruo antes que enfrentar sus propias deudas de sangre.
Lo que ninguno de los presentes sabía era que, a pocos kilómetros de allí, en un coche negro estacionado bajo la sombra de los cipreses, un par de ojos oscuros observaban la mansión a través de una tableta conectada a las cámaras de seguridad infiltradas.
Alessandro Castiglione ajustó su corbata de seda negra y sonrió. Una sonrisa sin pizca de alegría, una promesa de destrucción.
—Véndela, Giuseppe —susurró Alessandro para sí mismo, viendo la imagen de Bianca temblando en la pantalla—. Véndela al mejor postor. No tienes idea de que el contrato ya tiene mi firma con la sangre de mis padres.
La noche previa a la partida fue sofocante. No por el calor tropical, sino por la electricidad estática que cargaba el aire entre ellos. Sabían que mañana volverían a ser objetivos, que volverían a las sombras donde cualquier extraño podía ser un ejecutor. La cama, rodeada por el mosquitero de seda blanca que bailaba con la brisa nocturna, se convirtió en su último santuario de verdad antes de la gran mentira de Singapur.Luca encontró a Maya en la terraza, mirando hacia el mar oscuro. Se acercó por detrás, y ella no se tensó; al contrario, se dejó envolver por su calor.—Mañana dejaremos de ser nosotros de nuevo —susurró ella, su voz apenas un hilo—. ¿Y si nos perdemos en el camino? ¿Y si el Verdugo y la Diosa terminan por consumir lo que hemos construido aquí?Luca la giró para que lo mirara. Sus ojos oscuros, ahora marcados por la cicatriz de su nueva identidad, brillaban con una intensidad que bordeaba la locura y la devoción.—Lo que construimos aquí no es una casa, Maya. Es lo q
El amanecer en Palawan no rompió la oscuridad; la desgarró. El cielo se tiñó de una violencia cromática, una herida abierta de magentas y naranjas sangrientos que se derramaban sobre el agua, transformando el mar de Sulu en un espejo de fuego líquido. Para Maya —cuyo nombre se sentía ahora como una costra a punto de ser arrancada para revelar la carne viva de Bianca—, aquella belleza obscena era una afrenta personal. El paraíso, que durante meses había sido un bálsamo, mostraba ahora sus grietas; y por esas fracturas invisibles no se colaba la luz, sino el frío metálico de una sentencia de muerte.En la terraza de teca, el aire vibraba, tenso como la cuerda de un violín a punto de estallar. La tranquilidad de la isla había sido incinerada. Luca ya no era Luca. Alessandro había regresado, y su presencia ocupaba el espacio con la gravedad de un agujero negro.Con movimientos que denotaban una fuerza contenida y letal, arrancó las raíces del inmenso baniano que custodiaba el perímetro. L
El motor de la lancha estaba apagado. Luca remaba en silencio hacia el muelle de El Nido, aprovechando que la marea alta ocultaba el sonido del agua golpeando contra el casco de madera. El cielo era un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas frías que no daban consuelo. Luca creía que iba solo. Creía que Maya estaba a salvo en la casa, protegida por los muros de teca y el mosquitero.No conocía a su mujer tanto como pensaba.Maya se movía unos cincuenta metros detrás de él, en un pequeño kayak que solían usar para explorar los arrecifes. Se movía sin hacer ruido, sus músculos respondiendo con una memoria física que se remontaba a los entrenamientos brutales de Gunnar en los glaciares. Llevaba ropa negra ajustada, un cuchillo táctico en el muslo y la mirada fija en la espalda de Luca. No lo seguía por desconfianza; lo seguía por una necesidad visceral. Eran uno solo. Si el pasado venía a reclamar a Luca, tendría que pasar por encima de ella primero.Al llegar al muelle, Luca s
El trayecto de regreso a su isla privada fue un silencio cargado de electricidad estática. Luca manejaba la lancha con una agresividad contenida, cortando las olas como si quisiera castigar al mar. Maya estaba sentada en la popa, mirando la estela blanca que dejaban atrás, sintiendo que su nueva vida era una mentira que el pasado acababa de desenmascarar.Al llegar a la casa, Luca no entró. Se quedó en la terraza, sacando un binocular de largo alcance y un maletín que Maya esperaba no tener que volver a ver. Dentro, perfectamente aceitadas y listas, estaban las armas que Alessandro Castiglione se había negado a destruir.—Dijiste que ya no las necesitaríamos —dijo ella, apoyada en el marco de la puerta.—Dije que esperaba no necesitarlas —corrigió él sin apartar la vista del horizonte—. Pero si Vanni está aquí, no es por casualidad. Bacuit es un laberinto, Maya. No llegas aquí a menos que tengas un mapa o una obsesión.Luca se giró hacia ella. Su rostro, alterado por la cirugía, se ve
El mercado de El Nido era una explosión de colores, olores y sonidos que, en los primeros meses, a Maya le había servido como terapia de choque. El olor a pescado asado, la dulzura punzante del mango maduro y el bullicio de los turistas mezclados con los lugareños creaban una cortina de normalidad tras la cual podía esconderse. Sin embargo, esa mañana, el aire se sentía diferente. La humedad no era solo climática; era una capa pegajosa de ansiedad que se le adhería a la piel.Maya caminaba entre los puestos de frutas, con su sombrero de ala ancha y sus gafas de sol oscuras. Llevaba una cesta de mimbre y vestía un sencillo vestido de lino blanco. Se detuvo frente a un puesto de especias, dejando que sus dedos rozaran el jengibre fresco. Estaba a punto de pagar cuando un escalofrío, una vibración eléctrica que no sentía desde las frías calles de Palermo, le recorrió la columna vertebral.No fue un ruido. Fue la sensación de una mirada. Una mirada que no buscaba la belleza de una turista
La primera semana en la isla fue un ejercicio de disciplina psicológica. Para dos personas acostumbradas a la vigilancia constante, el silencio absoluto de la selva era una tortura. Maya se despertaba a las tres de la mañana, con la mano buscando instintivamente la Glock que ya no estaba debajo de su almohada. Luca, a su lado, solía estar despierto, mirando el ventilador de techo girar, con los músculos tensos, esperando un ataque que nunca vendría.Una tarde, mientras el sol se hundía en el mar de China Meridional tiñendo el cielo de violeta y naranja, Maya salió a la terraza. Luca estaba limpiando una pequeña lancha de madera que habían comprado para moverse entre las islas. No era un yate de lujo; era una embarcación de pescador, sencilla y honesta.Lo observó trabajar. Había algo purificador en verlo fregar la cubierta, sin escoltas, sin teléfonos encriptados, sin el peso de un imperio sobre sus hombros. Luca se había convertido en un hombre que disfrutaba del cansancio físico rea
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