La mansión de los Moretti, que hasta hace apenas veinticuatro horas era el epicentro de una ambición desmedida, se había transformado en una olla a presión de nervios y desesperación. Giuseppe Moretti caminaba de un lado a otro en su despacho, con una botella de whisky medio vacía sobre su escritorio de caoba. El silencio de su teléfono era ensordecedor. El barón von Schill no respondía, Bianca había desaparecido y, lo que era más preocupante, sus cuentas bancarias en las Islas Caimán habían mo