La mansión de los Moretti, que hasta hace apenas veinticuatro horas era el epicentro de una ambición desmedida, se había transformado en una olla a presión de nervios y desesperación. Giuseppe Moretti caminaba de un lado a otro en su despacho, con una botella de whisky medio vacía sobre su escritorio de caoba. El silencio de su teléfono era ensordecedor. El barón von Schill no respondía, Bianca había desaparecido y, lo que era más preocupante, sus cuentas bancarias en las Islas Caimán habían mostrado una actividad irregular que sus contables no lograban explicar.
En el salón principal, Elena y Sofía fingían una calma que no sentían. Sofía se miraba las uñas, tratando de ocultar el temblor de sus manos. Su plan había sido perfecto, o eso creía ella. Bianca debería estar ahora mismo siendo repudiada por el barón, convertida en un desecho social. Pero el vacío de información era un abismo que amenazaba con tragárselas.
De repente, las luces de la mansión parpadearon y se apagaron por com