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—Deja de mirarte, estúpida. No vas a lograr que el tiempo retroceda.
La voz de Sofía, su media hermana, estalló como un látigo en la habitación. Sofía entró sin llamar, como siempre, envuelta en un vestido de seda roja que resaltaba su envidia más que sus curvas. Se acercó a Bianca y, con una uña larga y afilada, le pinchó el hombro desudo.
—Papá dice que bajes. El invitado está por llegar. Y asegúrate de cubrir esas ojeras. Pareces una muerta viviente, aunque supongo que eso es lo que eres desde que tu mami se pudre bajo la tierra.
Bianca no respondió. Había aprendido que el silencio era su única armadura. Si hablaba, le daban motivos a Elena, su madrastra, para inventar mentiras que su padre creería sin dudar. Giuseppe Moretti, el hombre que alguna vez la llamó "su pequeña diosa", ahora ni siquiera podía sostenerle la mirada. Cada vez que la veía, veía el fantasma de su esposa muerta y se hundía más en el alcohol y los negocios turbios.
Bajó las escaleras de la mansión familiar, una estructura que antes estaba llena de música y risas, y que ahora olía a humedad y resentimiento. En el gran salón, su padre estaba de pie frente al ventanal, con una copa de coñac en la mano. A su lado, Elena sonreía con una satisfacción depredadora.
—Aquí está la joya de la corona —dijo Elena, su voz destilando un falso cariño que hacía que a Bianca se le erizara la piel—. ¿No se ve exquisita, Giuseppe? El barón von Schill estará encantado.
Bianca sintió un escalofrío. El barón von Schill era un hombre de setenta años, conocido en los círculos sociales por sus manos largas y su mirada lasciva.
—Padre… —susurró Bianca, su voz apenas un hilo—. Por favor, no me obligues a cenar con ese hombre.
Giuseppe se giró. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus manos temblaban. No había amor en su mirada, solo una desesperación fría y calculadora.
—Cállate, Bianca. Vas a subirte a ese coche, vas a sonreír y vas a ser la mujer más encantadora que ese viejo haya visto jamás. Von Schill no es solo un invitado. Es la salvación de esta familia. Su inversión en los pozos del sur es lo único que nos separa de la ejecución por parte de las otras familias.
—¿Me estás vendiendo? —preguntó ella, la realidad golpeándola con la fuerza de un mazo.
—Te estoy dando un propósito —escupió Giuseppe, acercándose a ella hasta que Bianca pudo oler el alcohol en su aliento—. Has vivido de mi dinero durante años, sin hacer nada más que parecerte a ella. Ahora, vas a pagar tu estancia. Von Schill quiere una esposa joven, una que pueda exhibir como un trofeo. Y tú eres el mejor trofeo que tengo.
Elena soltó una risita cruel desde el sofá.
—Es un trato justo, querida. Él obtiene su muñeca y nosotros obtenemos el capital para limpiar el desastre que tu padre hizo con los Castiglione hace años. Deberías estar agradecida de que alguien todavía quiera comprar algo tan usado emocionalmente como tú.
Bianca retrocedió, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban a su alrededor. No era solo una cena. Era el fin de su libertad. Miró a su padre, buscando un rastro del hombre que solía leerle cuentos sobre el Olimpo, pero solo encontró a un cobarde que prefería entregar a su hija a un monstruo antes que enfrentar sus propias deudas de sangre.
Lo que ninguno de los presentes sabía era que, a pocos kilómetros de allí, en un coche negro estacionado bajo la sombra de los cipreses, un par de ojos oscuros observaban la mansión a través de una tableta conectada a las cámaras de seguridad infiltradas.
Alessandro Castiglione ajustó su corbata de seda negra y sonrió. Una sonrisa sin pizca de alegría, una promesa de destrucción.
—Véndela, Giuseppe —susurró Alessandro para sí mismo, viendo la imagen de Bianca temblando en la pantalla—. Véndela al mejor postor. No tienes idea de que el contrato ya tiene mi firma con la sangre de mis padres.







