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El Abismo de la Bestia y La Mancha del Sacrificio

El calor en las venas de Alessandro no era humano; era un incendio forestal que consumía cada rastro de su raciocinio, transformando su sangre en lava líquida. La droga que Sofía había destinado para un anciano estaba actuando con una potencia devastadora en su cuerpo joven y atlético. Sus sentidos estaban tan agudizados que el roce del aire en su piel le quemaba, y el latido frenético del corazón de Bianca resonaba en sus oídos como un tambor de guerra.

—No te acerques —susurró ella, pero el miedo en su voz sólo alimentó la voracidad del Capo.

Él no respondió. Se lanzó con la precisión de un depredador hambriento. Sus manos, grandes y callosas, la apresaron por los hombros, estampándola contra la fría pared de mármol. El contraste entre el frío de la piedra y el calor abrasador de Alessandro hizo que Bianca jadeara. Antes de que pudiera protestar, los labios de él se estrellaron contra los suyos en un ataque salvaje. Su lengua irrumpió con una desesperación maníaca, reclamando su boca, saboreando el pánico y la dulzura de la mujer que juró destruir.

—Te odio —gruñó él sobre su piel, su aliento caliente golpeando su cuello mientras sus manos bajaban con violencia, desgarrando la fina seda color champagne como si fuera papel.

El vestido cayó a sus pies, dejando a Bianca expuesta. Alessandro no esperó. Sus palmas buscaron de inmediato la redondez de sus pechos, apretándolos con una urgencia posesiva, casi dolorosa. Sus pulgares rozaron los pezones de ella, que se endurecieron bajo la presión de sus manos expertas. Bajó la cabeza y comenzó a usar su lengua de una manera errática y voraz, recorriendo el escote de Bianca, lamiendo la piel de sus senos y succionando con una fuerza que le arrancó a ella un gemido involuntario.

La droga lo empujaba a devorarla. Mientras su boca seguía perdida en el pecho de ella, una de sus manos descendió por el vientre plano de Bianca, deslizándose con determinación entre sus muslos. Bianca tembló cuando sintió los dedos de Alessandro apartar su lencería y encontrar su centro húmedo y sensible. Él no tuvo delicadeza; sus dedos buscaron directamente su clítoris, frotándolo con un ritmo frenético que buscaba quebrantar su voluntad a través del placer más primario.

La levantó en vilo, y ella, atrapada entre el terror y una chispa de traición de su propio cuerpo, enredó sus piernas en la cintura de él. Alessandro la llevó hacia la cama de sábanas negras, pero antes de poseerla, volvió a bajar, su lengua moviéndose con una locura eléctrica por cada centímetro de su abdomen, descendiendo hasta el epicentro de su deseo.

Lo que siguió fue un torbellino de oscuridad y sensaciones extremas. Alessandro la tomó con una fuerza primitiva, impulsado por una urgencia química que no entendía de límites. Para él, cada embestida era una batalla ganada a Giuseppe Moretti; cada caricia violenta en sus pechos y cada movimiento de su lengua era una forma de marcar su propiedad. Bianca cerró los ojos, perdida en el conflicto de odiar al hombre que la usaba como instrumento de venganza, pero sintiendo cómo su cuerpo sucumbía a la tormenta sensorial que él había desatado.

Cuando finalmente el fuego de la droga comenzó a mitigarse entre jadeos y sudor, Alessandro se derrumbó sobre ella, arrastrado por un sueño pesado, dejando a Bianca en el silencio de la habitación, marcada por el rastro de una pasión que sabía a guerra.

La luz del sol de Sicilia entró por los ventanales del penthouse con una crueldad metálica. Alessandro abrió los ojos, sintiendo que su cráneo iba a estallar. Tenía la boca seca y los músculos le dolían como si hubiera corrido una maratón. Por un momento, el techo de seda negra fue lo único que reconoció.

Entonces, el recuerdo de la noche anterior lo golpeó como un mazo.

Se incorporó de golpe, buscando el cuerpo de Bianca a su lado, pero el lado derecho de la cama estaba vacío y frío. El silencio de la habitación era sepulcral. Alessandro se pasó una mano por el rostro, tratando de ordenar las imágenes inconexas que bailaban en su mente: seda rota, ojos azules llenos de lágrimas, un sabor a jazmín y el calor abrasador que lo había vuelto loco.

Bajó la mirada a las sábanas desordenadas y el corazón se le detuvo.

En el centro del colchón, resaltando con una claridad espantosa sobre la tela oscura, había una mancha de sangre seca. Un carmesí profundo que contaba una historia que Alessandro no quería creer.

—Maldita sea —susurró, su voz apenas un eco de horror.

Giuseppe no había mentido. Había mantenido a su hija pura para venderla al mejor postor. Y él, Alessandro Castiglione, el hombre que se jactaba de seguir un código de honor incluso en su crueldad, la había roto. No recordaba cómo había llegado ella allí. No recordaba por qué había perdido el control de esa manera tan animal. Él nunca forzaba a las mujeres; era un principio básico de su estirpe.

Se puso de pie, tambaleándose, y vio su ropa esparcida por el suelo. Encontró el vaso de whisky que había tomado en el vestíbulo todavía en su mente. Algo no encajaba. La intensidad del deseo que sintió no era natural.

Tomó el teléfono de la mesita de noche y marcó el número de Marco. Su voz era gélida, ocultando el pánico moral que empezaba a corroerlo.

—Marco. Quiero a todo el equipo de seguridad en mi oficina en diez minutos.

—Señor, el asalto a la mansión Moretti fue un éxito, pero no encontramos a la chica —respondió Marco al otro lado de la línea.

—La chica estuvo aquí, Marco. Y ya no está —Alessandro apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Alguien me drogó anoche en el vestíbulo del hotel. Revisa las cámaras. Quiero saber quién preparó ese whisky. Y quiero saber cómo llegó Bianca Moretti a mi ascensor privado. Si hay un traidor en mi equipo o en el de Moretti, quiero su cabeza en una bandeja antes del mediodía.

Colgó y volvió a mirar la mancha de sangre. El "Verdugo" se sentía, por primera vez en nueve años, como el villano de la historia. Había cobrado su deuda, sí, pero el precio había sido su propia humanidad.

—¿Dónde estás, Bianca? —murmuró, mientras el peso de lo que había hecho empezaba a hundirlo en un pozo de culpa que ninguna venganza podría llenar.

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