Frente a ellos, Marcus permanecía impasible. La luz de una linterna estroboscópica colocada en el suelo proyectaba su sombra contra los mapas antiguos de la pared, haciéndolo parecer un gigante deforme. No había miedo en su rostro, solo una resignación gélida que Bianca encontraba más insultante que cualquier agresión.
—¿Por qué, Marcus? —preguntó Bianca, su voz era un látigo de seda en la penumbra—. Yo te saqué del barro. Te di una familia, un propósito. Te confié la seguridad de mi hija. ¿Cuá