Mundo ficciónIniciar sesiónEl frío de la madrugada siciliana no era nada comparado con el hielo que Bianca sentía en su interior. Caminaba por los callejones adoquinados de Palermo, envuelta en una chaqueta de cuero negro que le había arrebatado a uno de los guardias de Alessandro en su huida desesperada. El hombre, sorprendido por la aparición de una mujer semidesnuda y ensangrentada saliendo del ascensor privado mientras sus compañeros estaban distraídos, no tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella lo golpeara con una lámpara de bronce y se perdiera en la oscuridad del estacionamiento.
Cada paso que daba era un recordatorio lacerante de la noche anterior. Sus piernas temblaban, y el roce de la tela contra su piel herida la hacía querer gritar hasta desgarrarse la garganta. Sin embargo, no gritó. La hija de la mujer griega que le contaba historias de guerreros y sacrificios no podía permitirse el lujo del colapso. No todavía.
Llegó a la Catedral de Palermo cuando los primeros rayos del sol teñían de rosa las cúpulas árabes y normandas. El edificio, imponente y eterno, parecía juzgarla desde sus alturas de piedra. Bianca entró, buscando la penumbra de las naves laterales. El olor a incienso viejo y a cera quemada la envolvió, un bálsamo momentáneo para sus sentidos saturados de olor a sudor y whisky. Se dejó caer en un banco de madera oscura, en el rincón más alejado de la luz, y finalmente, se permitió llorar.
No eran lágrimas de debilidad, sino de una purga violenta. Sus manos, pequeñas y pálidas, se aferraban al borde del banco hasta que las uñas se le clavaron en la madera. Recordaba los ojos de Alessandro; no eran los ojos de un hombre, sino los de una bestia herida que buscaba redención a través de la destrucción. Lo que más le dolía no era solo la pérdida de su inocencia, algo que su padre ya había puesto en subasta, sino la traición de su propio cuerpo, que en mitad del horror y la droga, había respondido con una chispa de placer prohibido antes de sumergirse en el dolor absoluto.
—Perdóname, madre —susurró hacia el techo abovedado—, porque no sé si podré sobrevivir a lo que viene ahora.
Mientras Bianca se ocultaba entre los santos y las sombras, en el Hotel Grand Savoia, el aire estaba cargado de una tensión eléctrica que prometía una tormenta de sangre.
Alessandro Castiglione no se había movido de su oficina. Estaba sentado frente a una hilera de monitores, con la camisa abierta y las mangas arremangadas, revelando los tatuajes que marcaban su ascenso al poder. Marco, su hombre de confianza, entró en la sala con una tableta en la mano. Su rostro estaba pálido; conocía a Alessandro desde que eran niños y sabía que ese silencio era el preludio de una ejecución masiva.
—Señor —dijo Marco, su voz apenas un susurro—, tenemos las grabaciones del bar.
Alessandro no respondió. Simplemente señaló la pantalla principal con un gesto seco de la cabeza. Marco activó el video.
La imagen era clara. Se veía a Alessandro cruzar el vestíbulo, detener al camarero y beber el whisky de un solo trago. Pero la clave no estaba en Alessandro, sino en lo que sucedía minutos antes. La cámara de ángulo cerrado mostraba a Sofía Moretti, la hermanastra de Bianca, acercándose a la bandeja del camarero. Con una agilidad propia de una serpiente, Sofía vertía un líquido transparente en el vaso. Su sonrisa era de una maldad pura, una mueca de satisfacción mientras veía al camarero alejarse hacia la zona donde Bianca esperaba.
Alessandro sintió que una rabia volcánica le subía por el esófago. No había sido el destino, ni un error administrativo. Había sido una trampa interna.
—Esa droga… —gruñó Alessandro, su voz sonando como el metal arrastrándose sobre el concreto—. No era para mí.
—No, señor —confirmó Marco—. Según nuestros informantes, era para el barón von Schill. Sofía quería que Bianca fuera violada por el viejo frente a testigos. Quería destruir su reputación y asegurar que su padre la echara de la familia por deshonra. Pero usted se cruzó en el camino.
Alessandro se puso en pie con tal violencia que la silla de cuero salió volando contra la pared. Se acercó a la pantalla, fijando su mirada en el rostro de Sofía. En su mente, las piezas del rompecabezas encajaban de una manera macabra. Bianca no había subido a su penthouse para seducirlo o para matarlo; había sido enviada allí por una mentira de su hermana, directo a las garras de un hombre que, bajo el efecto de un estimulante diseñado para ancianos, se había convertido en un animal sin frenos.
—He roto a una inocente por el juego de una víbora —dijo Alessandro, y por primera vez en años, Marco vio una sombra de duda en los ojos del Capo—. Ella era virgen, Marco. La sangre en mi cama no era de una herida de guerra. Era de su pureza.
La culpa, un sentimiento que Alessandro creía haber extirpado de su alma junto con los cadáveres de sus padres, lo golpeó con la fuerza de un rayo. Había pasado nueve años planeando cómo destruir a Giuseppe Moretti, cómo arrebatarle lo que más quería. Y ahora que lo había hecho, el sabor de la victoria era a cenizas y a hiel.
—Busca a Bianca —ordenó Alessandro, girándose hacia Marco con una determinación aterradora—. Despliega a todos los hombres. No quiero que la policía la encuentre, no quiero que su padre sepa dónde está. Si un solo hombre le pone una mano encima antes que yo, le cortaré los dedos uno a uno.
—¿Y qué hay de Sofía y Giuseppe? —preguntó Marco, preparando su arma.
Alessandro caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad de Palermo. La ciudad que ahora le pertenecía, pero que se sentía más vacía que nunca.
—Giuseppe ya está muerto, aunque él no lo sepa todavía. Le quitaré hasta el último centavo antes de enviarlo al infierno. Pero Sofía… para ella tengo algo mucho más especial. Nadie usa a un Castiglione como su arma personal para sus celos de hermana.
Se giró, y su mirada era la de un hombre que ya no buscaba venganza, sino una forma de redención que solo podía encontrarse a través del fuego.
—Encuentra a mi "esposa", Marco. Porque después de lo que pasó anoche, Bianca Moretti ya no es una Moretti. Es una Castiglione. Y yo soy el único que tiene derecho a decidir si vive o muere en este mundo.







