El ascenso hacia las montañas de Madonie fue un viaje a través de un paisaje que reflejaba el alma de Alessandro: abrupto, imponente y desolado. Bianca permanecía en el asiento trasero del coche blindado, envuelta en una manta de cachemira que uno de los guardias le había entregado, pero nada podía quitarle el frío que emanaba de sus propios huesos. Observaba por la ventanilla cómo las luces de Palermo desaparecían, siendo reemplazadas por la oscuridad densa de los bosques de pinos y las cumbres de piedra caliza.
A su lado, Alessandro era una presencia magnética y aterradora. No había vuelto a tocarla desde que la subió al vehículo, pero su mirada estaba fija en ella, recorriendo su perfil con una intensidad que la hacía sentir como si estuviera siendo escaneada por un depredador. Bianca cerró los ojos, deseando que el movimiento del coche la arrastrara a un sueño del que no tuviera que despertar.
Finalmente, el vehículo cruzó una pesada puerta de hierro forjado y se detuvo frente a u