El aire de Creta no era como el de los Pirineos; era una mezcla densa de tomillo silvestre, salitre y el calor de una tierra que ha visto nacer y morir imperios. El ferry atracó en el puerto de Heraclión bajo un manto de estrellas que parecían ojos vigilantes. Alessandro y Bianca descendieron entre la multitud, moviéndose con la discreción de las sombras. Habían alquilado un viejo todoterreno destartalado, un vehículo que no llamaría la atención en las carreteras secundarias que serpenteaban ha