El Error de los Dioses

El Hotel Grand Savoia era un monumento al exceso siciliano: columnas de mármol de Carrara, candelabros de cristal de Murano y un silencio sepulcral que solo el dinero de la mafia podía comprar. Bianca caminaba por el vestíbulo sintiéndose como un animal conducido al altar del sacrificio. Su vestido, una seda color champagne que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, era el envoltorio de regalo que su padre había elegido para el barón von Schill.

En una esquina del bar de la planta baja, Sofía observaba a su hermana con una sonrisa ponzoñosa. Tenía una pequeña ampolla de cristal vacía escondida en su bolso. Había sobornado al camarero para que vertiera el contenido en el whisky de malta que se serviría en la mesa privada. No era veneno; era algo mucho más cruel para alguien como Bianca: un potente estimulante diseñado para anular la voluntad y encender un deseo incontrolable. Sofía quería que Bianca se lanzara a los brazos del barón de setenta años frente a los fotógrafos infiltrados que ella misma había contratado. Quería ver a la "diosa" convertida en una ramera a ojos de toda Italia.

Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido.

Alessandro Castiglione cruzó el vestíbulo en ese preciso instante. Iba camino a su penthouse privado para supervisar el asalto final desde las alturas. Al pasar junto a la bandeja del camarero que se dirigía a la zona VIP, Alessandro, impaciente y con la garganta seca por la sed de venganza, detuvo al joven.

—Dame eso —ordenó Alessandro, sin esperar respuesta.

Tomó el vaso de whisky, el mismo que estaba destinado a von Schill, y lo vació de un solo trago antes de dejar el cristal vacío sobre la bandeja. El camarero, aterrorizado por la mirada del Capo, no se atrevió a decir una palabra. Alessandro siguió caminando hacia su ascensor privado, sintiendo casi de inmediato un calor extraño subiendo por su cuello.

Mientras tanto, Sofía interceptó a Bianca cerca de los ascensores principales.

—Papá dice que von Schill ha cambiado los planes —mintió Sofía, con la voz cargada de una falsa urgencia—. No habrá cena en el restaurante. Quiere algo más "discreto". Te espera en la suite presidencial del último piso. Sube ahora, Bianca. No lo hagas esperar o papá se encargará de que te arrepientas.

Bianca asintió, con los ojos empañados. Entró en el ascensor, con los dedos temblándole violentamente. Su mente era un torbellino de terror. Alargó la mano hacia el panel de botones, pero la vista se le nubló por las lágrimas. No marcó el piso de la suite. Sus dedos presionaron el botón dorado en la parte superior, el que requería una llave especial que, por un fallo de seguridad del sistema debido al asalto inminente de los hombres de Alessandro, estaba desbloqueado.

Presionó el botón del Penthouse.

En el piso superior, Alessandro entró en su despacho y se arrancó la corbata. El calor era insoportable. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un animal enjaulado. Sus sentidos estaban alterados; el roce de su propia camisa contra su piel se sentía como fuego. No entendía qué estaba pasando. Él era un hombre de hierro, pero su cuerpo estaba reaccionando a un impulso primitivo y violento que no podía controlar. Sus pupilas estaban dilatadas, transformando sus ojos en dos pozos de oscuridad absoluta.

La sangre le rugía en los oídos. Se apoyó contra el escritorio de caoba, luchando por respirar, cuando escuchó el suave ding del ascensor privado que se abría directamente dentro de su sala de estar.

Nadie tenía acceso a ese ascensor. Nadie excepto él.

Sacó su arma por puro instinto, pero su mano temblaba, no de miedo, sino de una excitación química que lo estaba devorando vivo. Las puertas se deslizaron lentamente.

Allí estaba ella.

Bianca salió del ascensor, confundida por la penumbra del lugar. No era una suite de hotel; era un santuario de lujo oscuro y poder. Cuando sus ojos se encontraron con los de Alessandro, el aire pareció desaparecer de la habitación.

Él no era el barón. Él no era un viejo decrépito. Era el hombre que había visto en sus pesadillas y en sus fantasías más prohibidas: un ángel caído con una pistola en la mano y una mirada de hambre pura que la recorría como si quisiera consumirla.

—¿Quién eres? —susurró Bianca, retrocediendo contra el metal frío del ascensor.

Alessandro dejó caer el arma al suelo. El sonido del metal contra el mármol fue el único aviso antes de que él avanzara hacia ella. La droga estaba en su punto máximo, y al ver a la hija de su enemigo allí, entregada por el error más glorioso del destino, el "Verdugo" desapareció. Solo quedó el hombre.

—Soy el dueño de tu destino, Bianca Moretti —gruñó él, con una voz que sonaba como el crujir de la tierra—. Y hoy, vas a pagar todas las deudas de tu padre.

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