Había pasado una semana desde que las puertas de la fortaleza en las montañas se cerraron tras ella. Una semana de un silencio sepulcral, solo roto por el sonido del viento golpeando los ventanales y los pasos rítmicos de los guardias en el pasillo. Alessandro había cumplido su palabra: le dio espacio. No había vuelto a entrar en su habitación sin avisar, ni había intentado tocarla. Se limitaba a enviarle bandejas de comida que ella apenas probaba y, hace tres días, le entregó una caja con tecn