El despacho de Alessandro en la fortaleza de mármol de Palermo no olía a oficina, sino a ceniza y a metal. No importaba cuántas veces mandara a limpiar las alfombras o cuántas ventanas abriera para que el aire del Mediterráneo entrara; para él, el hedor a pólvora de aquella noche de hace nueve años seguía impregnado en sus fosas nasales.Alessandro Castiglione, con sus treinta y dos años recién cumplidos, observaba las pantallas con una fijeza depredadora. En una de ellas, Bianca Moretti parecía una estatua de sal bajo la luz tenue de su habitación. Era hermosa, sí, una belleza que dolía mirar, pero para él no era una mujer. Era un recibo. Una factura pendiente de cobro.Se llevó un cigarro a los labios, la brasa iluminando brevemente las cicatrices de sus nudillos. Cerró los ojos y, al instante, el despacho desapareció.Tenía veintitrés años. El mundo era suyo. Su padre, Don Vittorio, reía mientras servía vino en la terraza de la villa. Su madre, sofía, acariciaba el rostro de su esp
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