Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl despacho de Alessandro en la fortaleza de mármol de Palermo no olía a oficina, sino a ceniza y a metal. No importaba cuántas veces mandara a limpiar las alfombras o cuántas ventanas abriera para que el aire del Mediterráneo entrara; para él, el hedor a pólvora de aquella noche de hace nueve años seguía impregnado en sus fosas nasales.
Alessandro Castiglione, con sus treinta y dos años recién cumplidos, observaba las pantallas con una fijeza depredadora. En una de ellas, Bianca Moretti parecía una estatua de sal bajo la luz tenue de su habitación. Era hermosa, sí, una belleza que dolía mirar, pero para él no era una mujer. Era un recibo. Una factura pendiente de cobro.
Se llevó un cigarro a los labios, la brasa iluminando brevemente las cicatrices de sus nudillos. Cerró los ojos y, al instante, el despacho desapareció.
Tenía veintitrés años. El mundo era suyo. Su padre, Don Vittorio, reía mientras servía vino en la terraza de la villa. Su madre, sofía, acariciaba el rostro de su esposo con una ternura que Alessandro siempre había aspirado a encontrar algún día. Entonces, el teléfono sonó. Era Giuseppe Moretti. "El cargamento de armas no llegará, Vittorio. Hubo un... contratiempo", había dicho la voz temblorosa de Giuseppe.
No fue un contratiempo. Giuseppe había vendido la ubicación del convoy a una facción rival a cambio de una ruta de petróleo. Sin esas armas, la seguridad de la villa Castiglione era un cascarón vacío. Treinta minutos después, los motores de los coches enemigos rugieron en la entrada. Alessandro recordaba el sonido de la puerta principal siendo derribada, el grito de su madre que terminó en un gorgoteo húmedo y la mirada de su padre, quien en su último aliento, le gritó que se escondiera bajo el suelo falso del despacho.
Alessandro había visto, a través de las rendijas de la madera, cómo ejecutaban a sus padres. No fue rápido. Fue una carnicería por una deuda que ellos no habían causado, sino que Giuseppe había provocado con su traición.
Abrió los ojos. El humo del cigarro nublaba su vista, pero su resolución era más clara que nunca. Se puso en pie, ajustando la funda de su Beretta bajo la chaqueta del traje hecho a medida.
—Nueve años, Giuseppe —susurró, su voz una vibración baja y peligrosa—. Nueve años pagando por tus pecados mientras tú te escondías detrás de tus conexiones.
Su segundo al mando, Marco, entró en la habitación sin hacer ruido. Marco era el único que conocía la profundidad del abismo que vivía dentro de Alessandro.
—Señor, el convoy de Moretti está listo. El barón von Schill ha llegado a la propiedad. Giuseppe está a punto de entregarle los documentos de la dote.
Alessandro se ajustó los puños de la camisa.
—Giuseppe cree que está vendiendo a su hija a un viejo decrépito para salvar su pellejo. Cree que el dinero del magnate limpiará su sangre. No tiene idea de que von Schill es un hombre muerto desde que aceptó ser mi testaferro en esta transacción.
—¿Cuáles son las órdenes para la chica? —preguntó Marco con cautela—. Los hombres preguntan si ella es un objetivo.
Alessandro se detuvo frente a la pantalla donde Bianca se ponía un abrigo, ajena a que su vida como "princesa" terminaba en ese preciso instante. La vio temblar, vio el miedo en sus ojos griegos, y por un microsegundo, algo parecido a la piedad intentó asomarse en su pecho. Lo aplastó de inmediato con el recuerdo del rostro ensangrentado de su propia madre.
—La chica es el pago —sentenció Alessandro con una frialdad absoluta—. Giuseppe le robó a mi familia la posibilidad de un futuro. Yo le voy a robar a él la única cosa pura que le queda. No la maten. La quiero intacta hasta que esté en mis manos. Quiero que Giuseppe vea cómo me la llevo, quiero que sepa que a partir de hoy, su "diosa del Olimpo" pertenece al infierno de los Castiglione.
Alessandro caminó hacia la salida, el sonido de sus botas contra el suelo de mármol resonando como una sentencia de muerte. El asalto no era solo una operación táctica; era una ceremonia. Iba a reclamar lo que se le debía. Iba a violar todos los tratados de paz que las otras familias habían intentado imponer.
Porque para Alessandro Castiglione, no existía la paz sin el cobro de la sangre. Y Bianca Moretti iba a ser la moneda de cambio más cara de la historia de la mafia siciliana.
—En marcha —ordenó a través del intercomunicador—. Que empiece la subasta. Pero asegúrense de que el único postor que salga vivo de esa mansión sea yo.







