Mundo ficciónIniciar sesiónGabriela Rivera lo tenía todo: un imperio energético heredado de sus padres, un matrimonio aparentemente perfecto y una vida construida sobre la confianza ciega. Pero en una sola noche, lo perdió todo: la traición de su esposo Fernando Solano y de su mejor amiga, Carla Vidal, la arrastró al infierno de la cárcel, la humillación pública… y finalmente, la muerte. O eso creyó. Al abrir los ojos, Gabriela descubre que el destino le ha concedido una segunda oportunidad: ha regresado un año antes de su caída. Ahora, armada con el recuerdo de cada engaño, cada documento falso y cada mentira que la condenó, decide que esta vez no será víctima. Será cazadora. Pero vengarse no es sencillo cuando el enemigo comparte tu cama y sonríe frente al mundo como el esposo ejemplar. Gabriela tendrá que usar la máscara de la esposa perfecta mientras teje su propia trampa, moviendo piezas en silencio, infiltrando aliados y recolectando pruebas que, tarde o temprano, se convertirán en la ruina de Fernando y Carla. En medio de este ajedrez de sombras, un hombre irrumpe en su plan: Adrián Rojas, el socio leal de su familia y la única voz honesta que intentó salvarla en la otra vida. Su cercanía despierta en Gabriela emociones que había prometido enterrar, haciéndole enfrentar la grieta más peligrosa de todas: ¿será capaz de vengarse sin perderse a sí misma? En un mundo donde cada sonrisa oculta un veneno y cada firma puede significar una sentencia, Gabriela tendrá que decidir si el poder basta para redimirse… o si el amor puede convertirse en su arma más letal.
Leer másVilla Rivera-Rojas.El sol de la tarde se derramaba como miel caliente sobre las colinas de la Val d’Orcia, tiñendo los viñedos de un verde tan intenso que parecía imposible que fuera real. Los cipreses se alineaban como centinelas antiguos en la carretera de tierra blanca que subía hasta la villa, y el aire estaba saturado de lavanda, romero y el olor dulce y terroso de la uva madura que colgaba pesada de los sarmientos. La casa, una antigua fattoria del siglo XVII restaurada con manos pacientes y amor infinito, se alzaba orgullosa en lo alto de la colina: paredes de piedra dorada que brillaban bajo el sol, contraventanas verdes desvaídas por el tiempo, un patio empedrado donde los limoneros crecían en macetas de terracota y una piscina infinita que parecía derramarse directamente sobre los viñedos. Gabriela estaba sentada en la terraza de piedra, descalza, con un vestido de lino blanco que se adhería suavemente a la curva pronunciada de su vientre de siete meses y medio. El tejido
Jardín de la mansión.El jardín estaba vestido de luz. Cientos de velas flotantes en la fuente central, guirnaldas de luces blancas cálidas entretejidas en los rosales y el viejo roble, y un camino de pétalos de rosa blanca que llevaba hasta un arco sencillo hecho de ramas de olivo y jazmín. No había más de veinte personas: solo familia cercana, los niños corriendo entre las sillas de madera blanca, y el cielo de Houston teñido de un violeta suave que parecía celebrar con ellos.Flor De la Vega esperaba al final del pasillo, del brazo de Gabriela. Llevaba un vestido de seda cruda color marfil, sencillo, sin velo, con una corona de flores silvestres que le caía sobre el cabello suelto. Su vientre de cuatro meses y medio ya se marcaba con una curva delicada bajo la tela. En sus ojos no había sombra alguna; solo una luz limpia, serena, la de quien por fin había elegido sin miedo.Gabriela le apretó el brazo con cariño.—Estás radiante —susurró—. Y esta vez es para siempre.Flor sonrió, l
Mansión de Gabriela.El año nuevo se acercaba como una promesa suave después de tantos meses de cenizas y sangre. La mansión, ahora más hogar que fortaleza, olía a pan recién horneado y a café fuerte; las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando entrar la brisa fresca del invierno texano que agitaba las cortinas blancas como velas de un barco que por fin encontraba puerto.Flor De la Vega se despertó lentamente, envuelta en las sábanas que aún guardaban el calor de la noche anterior. Mateo dormía a su lado, su brazo pesado y protector sobre su cintura, su respiración profunda y tranquila contra su nuca. Habían vuelto a dormir juntos cada noche desde la reconciliación: primero con cautela, después con la urgencia de dos personas que habían estado a punto de perderse para siempre. Cada amanecer era una pequeña victoria; cada caricia, una afirmación de que habían elegido bien.Pero esa mañana algo era distinto.Un mareo suave la recorrió al incorporarse, una náusea ligera que le
La mansión segura de Gabriela se sentía como un refugio temporal en medio de un mundo que aún reverberaba con el eco de la violencia pasada. En el ala este, la suite privada asignada a Flor era un oasis de calma forzada: paredes pintadas en tonos suaves de beige, una cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban al descanso, y ventanales con cortinas pesadas que filtraban la luz de la luna, convirtiéndola en un velo plateado que danzaba sobre el suelo de madera pulida. Pero para Flor De la Vega, esa noche del 23 de noviembre de 2025, la habitación era una cárcel de emociones turbulentas. Se sentó en el borde de la cama, descalza, con las manos entrelazadas en su regazo, el camisón de seda blanca cayendo suavemente sobre sus hombros como un manto de vulnerabilidad. El aire olía a jazmín del jardín exterior, un aroma que solía calmarla, pero ahora se mezclaba con el peso invisible del luto, haciendo que cada inhalación doliera como una espina clavada en el pecho.El dolor
El sótano de la vieja mansión Rivera se había convertido en un horno improvisado, el fuego devorando los libros de contabilidad y contratos con un crepitar voraz que llenaba el aire de humo negro y espeso. Las llamas danzaban en espirales anaranjadas, proyectando sombras erráticas sobre las paredes de piedra áspera, como si los secretos de décadas se retorciesen en agonía antes de convertirse en cenizas. Gabriela Rivera observaba hipnotizada, arrodillada en el suelo frío, el calor de las llamas lamiendo su piel mientras las páginas amarillentas desaparecían. El pendrive de Valeria —el catalizador de esta purga— yacía junto a los restos, su plástico comenzando a derretirse en una masa informe. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas, no de tristeza por lo quemado, sino de un alivio catártico mezclado con el peso abrumador de la verdad que acababa de incinerar. Sus padres, Richard y Eleanor, no eran los visionarios honestos que había idolatrado; eran arquitectos de un imperio cons
El sótano de la vieja mansión Rivera era un mausoleo de recuerdos olvidados, un espacio subterráneo donde el aire se sentía más pesado, impregnado de humedad y el olor terroso de décadas de abandono. La bombilla solitaria que colgaba del techo emitía una luz amarillenta y vacilante, proyectando sombras alargadas que se retorcían sobre las paredes de piedra áspera, como dedos espectrales alcanzando desde el pasado. Polvo flotaba en el aire como ceniza de un incendio extinguido hace mucho, y el silencio era roto solo por el goteo distante de una tubería oxidada, un ritmo hipnótico que parecía sincronizarse con los latidos erráticos del corazón de Gabriela. Ella se arrodilló frente a la caja fuerte abierta, el metal frío del suelo filtrándose a través de su vestido gris ceñido, un contraste cruel con el calor residual de la pasión que había compartido con Adrián momentos antes en el salón de arriba. Aquel encuentro había sido un bálsamo temporal, un arrebato de vida en medio del luto, pe
Último capítulo